María cruza el polígono cargada de cubos, fregonas y yogures caducados. Pide en las carnicerías los culotes de las chacinas y en las madrugadas mezcla cemento y levanta su propia casa. Con cinco hijos en una carretilla va a la alberca del barrio y los baña junto a las bestias, que chapotean con sus lenguas el pequeño estanque. A la noche conjura un puchero con puerro y patas de gallo y lo esconde para que los críos no lo devasten.
Limpia fábricas de lejía. Con las manos chamuscadas y el destrozo en los pies camina, callo a callo, al otro extremo de la ciudad, dejando las casas de los pudientes como los chorros del oro. De nuevo se abre paso por el extrarradio, con los cubos y las fregonas colgándole de los brazos; saca el puchero de su escondrijo y da de comer a los niños, que se gritan y golpean por la pata de gallo. Luego, esconde el puchero, agarra arena, mezcla cemento y apila piedras.
¡Mariquilla!—le decía su padre–, ¡saca las cartas!— y María, con siete años, sacaba una baraja española y jugaba a la brisca con los tricornios mientras su familia buscaba pan más allá de los encinares.
¿No va la niña mu fresca? —preguntaba el prestañó
No tenemos ni pa’ comer, vamos a tener pa’ tela… —replicaba el padre, y María les dejaba ganar. Y ellos desaparecían entre las encinas. Y así aprendió a sobrevivir: entre sonrisas y descaro.
Ella no necesitaba reloj. Acostumbrada a amanecer con los gallos presentía al alba hasta en sus sueños más profundos. Antes de que el sol tiñera los descampados, María ya atravesaba los terrenos del amoníaco con su tarareo mañanero.
Vino de las montañas, no sabía leer ni escribir, aunque averiguó cómo garabatear las letras. Alguna mañana, una nota en la cocina declaraba “Vian ca la tial arroyo”. Visitaba a sus hermanas, cuidaba de sus hijos y atravesaba el polígono cargada de cubos y fregonas. Tenía tiempo para todos.
El día de la mujer trabajadora es suyo, como lo es también para Maruja Amores, Ani Gómez o Marina Reina. Mujeres costureras, limpiadoras, poetas y hasta campeonas de kung fu. Mujeres que construyen el mundo antes de que amanezca.