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Orlando López-Selva

Washington ha dado una respuesta contundente y sorpresiva al régimen autoritario de Pekín. El departamento de Estado ha informado que Estados Unidos venderá 66 aviones F-16C/D block 70 a su aliado Taiwán.

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La medida, aunque generará reverberaciones, en varios frentes, entre Washington y Pekín, sigue confirmando que Estados Unidos tiene recursos superiores.

Esto, sin dudas, desconcertará e irritará al círculo de poder chino.

Mi punto. Donald Trump está demostrando que su país no es una potencia menguante. Xi debe haberse sorprendido al ver a su adversario occidental abrirle otro frente. Washington está armando bien a Taiwán. ¿Quedan superadas las negociaciones across the strait? Taipéi no es un exo-planeta; y con Japón y Corea del Sur, conforman la pared de contención insular que defiende la democracia y la libertad en el Este asiático. La diplomacia china ha sido golpeada sutil y dolorosamente.

China no debe seguirse comportando como un forajido internacional. Si está reprimiendo en Hong Kong, además, debe saber que Washington ve a Taiwán como un asunto serio, importantísimo, estratégico para occidente.

Los 66 aviones a venderse comportan un número sugerente. Pekín no debe usar la fuerza malignamente en toda transacción internacional (más bien, vecinal); incluso con otros chinos, que sustentan otros valores o ideología.

Cierto; desde el punto de vista militar, que Taiwán tenga más aviones de combate no intimida a Pekín. Pero sí le preocupa, porque no estará en capacidad de impedir posteriores ventas.

Acá la simbología de la acción demuestra que Estados Unidos tiene suficiente poder y recursos para contener a cualquier adversario, en cualquier momento. Taiwán es un aliado estratégico, top-listed para la Avenida Pennsylvania; aunque lejos, y sin vínculos diplomáticos formales.

EEUU y China viven una guerra mundial: la IV; la III fue la guerra fría. Esta es una guerra en múltiples frentes: comercial, financiero, cibernético. Y si no ha habido enfrentamientos militares entre ambos colosos, no han faltado los peligrosos incidentes navales en el mar de China.

Washington subió la parada. Si bien las advertencias del presidente Trump y del secretario Pompeo habían sido para que no escalare la represión en Hong Kong ―donde ya hay miles de manifestantes dispuestos a no dejarse arrebatar sus derechos y libertades básicas―, Taipéi salió favorecido.

En la política internacional toda crisis genera posibilidades para hacer, lo que antes se pensaba inoportuno.

¿Este golpe compensa por todos los despojos diplomáticos que el régimen de Pekín le hiciera reciente a Taipéi, quitándole aliados?

¿Cómo medir impactos? Pero sí, ésta acción es contundente por ser inesperada.

Hay otro mensaje subyacente para el señor Xi Jin-Ping: aunque ambas potencias mantengan un relación diplomática cordial (léase, irregular), Washington se decanta por aquel con quien comparte valores, y yace en el mar de China.

Es difícil creer que la reacción china será moderada o limpia.

Las diferencias comerciales de EEUU con China yacen en que, el régimen autoritario solo quiere beneficios sin reciprocidad. Está en la OMC pero no quiere someterse a las reglas internacionales del comercio justo. Asume el proteccionismo como un principio nacionalista innegociable. Entienden el capitalismo, como: “Te vendo sin restricciones; te compro con mis condiciones”.

China se ha desarrollado, extraordinariamente, gracias a tres factores, que nunca se pensó, convergerían hoy: 1) el siempre apoyo oportuno de EEUU ―incluso, Mao Tse-Tung recibió ayuda militar para enfrentar a los japoneses; 2) cuando Nixon y Kissinger decidieron en 1972, ayudarle a que se levantara de sus postración (claro, también para que Moscú supiera que una alianza entre dos grandes adversarios le crearía recelos), Pekín comenzó reformas de mercado); 3) la decisión de Deng Xiao-Ping de volcarse al capitalismo, sabiendo que tenían controlados los poderes del Estado, garantizó la intocabilidad de los capitales norteamericanos en suelo chino.

Todo imperio creciente busca mayores espacios. Rusia, teniendo 17.5 millones de kilómetros cuadrados, no se inhibe: las Kuriles, Crimea, Osetia, el Ártico…

¿China después de Macao, Tíbet, Hong Kong, seguirá frenéticamente tras Singapur, Malasia, sin importar derechos, creencias?

Ahí yace el problema.

Si nos enfocamos en los aspectos territoriales, todos los enclaves chinos en disputa en sus costas ―islas Spratly, Paracel, Scarborough Shoal― lo tienen enfrentado a Japón, Malasia, Filipinas, Vietnam, Taiwán. Ya no digamos el gran destape de Pekín: abrieron una base militar en Djibouti, en el cuerno del África.

Pekín impulsa una política exterior territorial agresiva. ¿Pero quiere ir más allá, no solo con pretensiones comerciales ―nacidas con la Ruta de Seda o la exploraciones al África, bajo la dinastía Ming―, sino apropiándose de todo ser de ojos rasgados?

El mundo no se puede homogenizar solo por los rasgos genéticos. No. (¡Eso sería anti-darwiniano!). Deben prevalecer los valores e ideales que los hombres civilizados comparten.

Incluso, hay mensaje para un tercero. Washington, al venderle aviones de combate F-16 a Taiwán, le está advirtiendo a Moscú: “No permitiremos que intimiden a nuestros aliados. Les estamos dando armas para que se defiendan. Y, también, los vamos a defender”.

El señor Xi enfrenta a un adversario con superiores recursos. No se puede amenazar a todo el mundo y vivir sin leyes. Mucho menos, sin reciprocidad para las cosas buenas.

¿Comprendido el mensaje, señor Xi?

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