China acaba de presentar un ambicioso Plan de Acción para la Gobernanza Global de la Inteligencia Artificial. Lo hizo en Shanghái, con toda la pompa de un foro internacional, rodeado de discursos sobre cooperación, desarrollo sostenible y justicia tecnológica. Pero detrás de las palabras amables y los conceptos abstractos hay una urgencia muy concreta: China se queda atrás en la carrera real de la inteligencia artificial (IA). No en los discursos, sino en la tecnología que importa. Y este plan no es más que un intento desesperado de disimular esa desventaja con gestos diplomáticos y promesas imposibles.
Para entenderlo, hay que mirar los hechos. China hoy no puede fabricar chips de última generación. Sus fábricas más avanzadas, como SMIC, apenas logran producir chips de siete nanómetros, cuando Estados Unidos y sus aliados fabrican en tres nanómetros con altos rendimientos. Esto no es un detalle técnico: los semiconductores de última generación son los que permiten entrenar y hacer funcionar los modelos de IA más potentes. Sin ellos, no hay IA que compita. Pero China no tiene acceso ni a las máquinas, ni a los materiales necesarios para fabricarlos. No puede comprar las litografías ultravioletas de ASML, no produce suficientes gases nobles como el neón de alta pureza, y depende de importaciones clave que en cualquier momento pueden ser bloqueadas.
Frente a esa realidad, lo que hace China es cambiar el terreno de juego. Como no puede ganar con la tecnología, quiere liderar la conversación sobre las reglas. Propone la creación de un organismo internacional con sede en Shanghái para definir cómo emplear la IA en el mundo. Quiere que otros países adopten sus estándares, sus plataformas y sus modelos. Pero eso es como querer fijar las reglas del fútbol sin tener pelota, camiseta ni equipo.
¿Qué país con capacidades reales va a seguir los estándares chinos? Europa tiene su propio plan, el AI Act. Estados Unidos lanzó la iniciativa Artificial Intelligence Action Plan, que ya obligó a las grandes empresas a informar al gobierno sobre modelos avanzados y a implementar medidas de seguridad. Mientras tanto, el plan chino es una lista de deseos sin presupuesto, sin tecnología propia y sin aliados de peso.
Además, Pekín carga con un problema de reputación. Su historial en acuerdos internacionales es claro: créditos impagables, condiciones opacas y control asimétrico. Países que se embarcaron en proyectos conjuntos terminaron con infraestructura que no pueden mantener o con tecnologías que solo funcionan bajo supervisión china. ¿Quién confiará ahora en un “ecosistema de IA global con características chinas”?
Todo esto ocurre mientras Estados Unidos lidera la innovación real: OpenAI, NVIDIA, Google, Meta, Amazon, Microsoft, todas operan desde suelo norteamericano, con acceso a los chips más poderosos, a los datos y con reglas claras. China puede escribir todos los manifiestos que quiera, pero la realidad es otra: la IA del futuro no se va a decidir en Shanghái ni en foros llenos de slogans, sino en los centros de datos y laboratorios que hoy están muy lejos de su alcance.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.