jueves 8  de  octubre 2026
MÚSICA

Antonio Rodríguez Delgado: El gran maestro de la nueva escuela cubana de guitarra

Este gran maestro se suma, además, a la larga lista de músicos cubanos que emigraron y terminaron haciendo cátedra en otras partes del mundo

Diario las Américas | YALIL GUERRA
Por YALIL GUERRA

Cuando hablo de la nueva escuela cubana de guitarra me refiero, fundamentalmente, al movimiento guitarrístico desarrollado en Cuba durante la segunda mitad del siglo XX. Cuba ha sido históricamente una gran productora de músicos y la guitarra no constituye una excepción. Sin embargo, cuando se habla de los grandes maestros, se tiende a recurrir siempre a los mismos nombres, como si detrás de las figuras más visibles no hubiese existido toda una generación de pedagogos, intérpretes y gestores que ayudaron a construir aquello que hoy conocemos como escuela cubana de guitarra.

Uno de esos grandes maestros es Antonio Alberto Rodríguez Delgado, conocido por varias generaciones de guitarristas como Biki.

A Biki lo conocí cuando comencé mis estudios de guitarra en La Habana, alrededor de 1987. Fue precisamente él quien me realizó el examen de admisión para ingresar en la Escuela Nacional de Arte. Se acababa de abrir una posibilidad dentro del nivel elemental y pude entrar a estudiar.

Recuerdo bien aquel momento porque anteriormente había intentado ingresar en otra institución. Allí, las supuestas dificultades de plazas impidieron mi entrada. Rodríguez, en cambio, vio algo. Quizás talento, quizás posibilidades, quizás simplemente aquello que distingue a un verdadero maestro: la capacidad de mirar más allá de un examen y descubrir lo que un niño todavía no sabe que puede llegar a ser.

Nunca olvidé eso.

Cuando ingresé en la ENA, Rodríguez era jefe de la Cátedra de Guitarra Clásica. Supervisaba un departamento lleno de jóvenes guitarristas, muchos de ellos extraordinariamente talentosos. Bajo su guía, aquella cátedra floreció y sostuvo un nivel académico notable. Rodríguez había dirigido además la Escuela Nacional de Música y durante más de una década estuvo vinculado a la formación guitarrística en Cuba.

Posteriormente dejó de trabajar en nuestra escuela. Los alumnos lo sentimos. En aquellos años, no siempre entendíamos las razones por las cuales determinadas figuras desaparecían de una institución. A veces había circunstancias que poco tenían que ver con la música. Para nosotros solo quedaba la ausencia.

Con los años comprendí mejor la dimensión del maestro que había tenido delante.

Antonio Rodríguez nació en Holguín, Cuba, en 1949. Se graduó de guitarra en la Escuela Nacional de Arte y posteriormente obtuvo la Licenciatura en Música, especialidad de Guitarra, en el Instituto Superior de Arte. Su formación incluyó estudios de contrapunto y fuga, análisis musical, filosofía, apreciación de las artes plásticas y pedagogía. También recibió clases magistrales del destacado guitarrista y compositor venezolano Antonio Lauro.

Como intérprete, fue solista con importantes orquestas cubanas, entre ellas la Orquesta Sinfónica Nacional, la Orquesta Brindis de Salas y las sinfónicas de Matanzas y Santa Clara. Su trayectoria profesional se extendió también a la administración cultural: fue director de la División de Música del Instituto Cubano de Radio y Televisión, ocupó responsabilidades en la EGREM y asesoró durante años al Instituto Cubano de la Música.

Pero una de sus contribuciones fundamentales fue su participación en la creación y desarrollo del Concurso y Festival Internacional de Guitarra de La Habana, uno de los acontecimientos más importantes de la guitarra cubana contemporánea.

Aun así, creo que su legado mayor se encuentra en la enseñanza. Rodríguez pertenece a esa rara categoría de profesores cuya obra termina escuchándose a través de las manos de sus alumnos. Entre sus discípulos aparecen nombres como Joaquín Clerch, Marco Díaz Tamayo, Ernesto Díaz Tamayo, Tomás Guzmán y Alí Jorge Arango, todos representantes de distintas generaciones de la guitarra cubana con importantes trayectorias internacionales.

Sus estudiantes obtuvieron decenas de premios nacionales e internacionales. Pero una pedagogía no puede medirse solamente por trofeos.

Una de las ideas esenciales de Rodríguez fue comprender que la formación de un guitarrista debía concebirse como un proceso continuo. Durante las décadas de 1970 y 1980 defendió la articulación de los tres niveles existentes de enseñanza: elemental, medio y superior. Para ello desarrolló un modelo que permitía comenzar la preparación técnica y artística desde edades tempranas, con una visión de continuidad. Tomás Guzmán, los hermanos Díaz Tamayo y Joaquín Clerch representan algunos de los mejores ejemplos de ese sistema.

Rodríguez entendía, además, que cada estudiante debía ser considerado como un “programa en sí mismo”. Esa idea resulta particularmente importante. No basta con aplicar un método igual para todos. Cada alumno posee características físicas, psicológicas, musicales y expresivas diferentes. El maestro debe ser capaz de reconocerlas y adaptar su enseñanza.

Ahí está una de las diferencias entre enseñar y verdaderamente formar. Un profesor transmite información. Un maestro descubre posibilidades.

En 2002, Rodríguez dirigió en La Habana una enorme orquesta infantil integrada por más de cien estudiantes de guitarra de las escuelas elementales de la ciudad durante la gala inaugural del Festival y Concurso Internacional de Guitarra. Aquella presentación fue reconocida por la prensa cubana como uno de los acontecimientos culturales destacados del año. La imagen tiene un simbolismo especial: un maestro rodeado de niños con guitarras.

Tal vez esa escena resuma mejor su vida profesional que cualquier lista de cargos.

Con el tiempo, Rodríguez adquirió la nacionalidad mexicana y desarrolló durante décadas una importante carrera pedagógica en México. Fue profesor de guitarra clásica en la Escuela Nacional de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México y en el Conservatorio Nacional de Música. Impartió además cursos, diplomados, seminarios y clases magistrales en numerosas instituciones de México y otros países.

Su trabajo pedagógico se extendió igualmente a la elaboración y perfeccionamiento de programas académicos. Participó en planes de estudio en Cuba, Colombia y México, y fue invitado como profesor, conferencista y jurado a festivales y universidades de distintos países.

En 2007 presidió el jurado del Concurso Internacional de Guitarra de Alessandria, Italia, uno de los certámenes históricos del instrumento.

También desarrolló una amplia labor como compositor y escritor. Ha creado más de doscientas obras didácticas, instrumentales y canciones, y ha publicado libros dedicados a la guitarra, la enseñanza musical y otros temas culturales.

Destacan sus conciertos “Fantasía Cubana”, para coro, guitarra y orquesta y la Suite Erótica, para guitarra y orquesta sinfónica. De sus libros resaltan “La biblia del músico”, “La huella indeleble del sonido” y “Los secretos de la guitarra clásica”.

Su trayectoria ha recibido numerosos reconocimientos, entre ellos distinciones al mérito pedagógico, la Medalla Raúl Gómez García y el Premio de Honor Cubadisco 2012.

Figuras fundamentales de la guitarra como Leo Brouwer, Pepe Romero y Manuel Barrueco han reconocido públicamente su trabajo. Brouwer llegó a destacar especialmente su capacidad de hacer “maravillas con sus alumnos”.

Su nombre aparece en las Enciclopedias de la Música Cubana del investigador Giro y la Enciclopedia de la Música Iberoamericana de la SGAE.

Y quizás sea precisamente ahí donde debemos buscar la verdadera medida de Antonio Rodríguez Delgado.

La historia de la música suele recordar con facilidad al intérprete que recibe el aplauso, pero muchas veces olvida al profesor que durante años corrigió una digitación, una posición de la mano, una frase o una manera de escuchar.

Yo fui uno de aquellos niños que un día pasó frente a Biki para realizar un examen de admisión. Quizás para él aquello fue simplemente otro día de trabajo. Para mí significó entrar por una puerta que cambiaría una parte importante de mi vida.

Décadas después comprendo que aquella puerta no la abrió solamente una institución.

La abrió un maestro.

La historia de la guitarra cubana no puede escribirse únicamente desde los escenarios. También tiene que escribirse desde las aulas y desde aquellos hombres y mujeres que construyeron silenciosamente las condiciones para que otros alcanzaran esos escenarios.

En esas páginas, Antonio Rodríguez Delgado, Biki, merece un lugar importante.

Este gran maestro se suma, además, a la larga lista de músicos cubanos que emigraron y terminaron haciendo cátedra en otras partes del mundo. Otro talento que nuestra tierra perdió, porque una parte considerable de su obra pedagógica, de su experiencia y de su conocimiento tuvo que florecer y ser compartida en otras latitudes.

Porque los grandes maestros no siempre son aquellos cuyos nombres más se repiten.

A veces son aquellos cuyos nombres continúan viviendo en las manos de sus alumnos.

Por Dr. Yalil Guerra

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