Cuando el pasado 30 de abril una persona abrió fuego de fusil contra la embajada del régimen castrista en Washington, la reacción de La Habana fue la usual y retórica calificación de que era “un ataque terrorista”. Sin embargo, la persona arrestada, un cubano americano residente de Pennsylvania, nunca tuvo vínculos con organizaciones patrióticas dentro o fuera de Cuba. Se trata, simplemente, de un compatriota que sufre psicosis.

Los más de 30 disparos que el presunto atacante, Alexander Alazo, realizó contra la sede diplomática castrista en la capital norteamericana, transmiten un importante mensaje que no debe ser ignorado por Miguel Díaz-Canel y su entorno en la cúpula cubana.

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La aparente motivación del atacante, según un pastor del sur de la Florida que lo conoce desde hace mucho tiempo, era la sicósis de que era vigilado constantemente por la Seguridad del Estado de Cuba. Es interesante saber que esa psicosis que padece Alexander Alazo, es extraordinariamente frecuente entre los cubanos que llegan de la isla, especialmente los más jóvenes. Además, es significativo que esos jóvenes que llegan, al igual que Alazo, no participaban de actividades contra el régimen, ni eran miembros de grupos opositores o disidentes. Se trata de personas corrientes pero que han vivido, desde que nacieron, bajo el régimen comunista.

Esa sicosis tan habitual y que podríamos identificar como “de naturaleza colectiva”, tiene su explicación en la realidad cubana donde, prácticamente, todos los ciudadanos viven vigilados: en sus barrios por los Comités de Defensa de la Revolución, en sus trabajos por los sindicatos y el Partido (Partido Comunista, máxima autoridad política), en las escuelas secundarias y universidades por la Juventud Comunista y, hasta en los lugares públicos, por agentes encubiertos. Ni siquiera los funcionarios gubernamentales escapan a la vigilancia. Para ellos está la contrainteligencia.

Con estos elementos de control y vigilancia sobre todos los ciudadanos, aunque no participen de actividades contestarias, es lógico y hasta normal que las personas adquieran el síndrome de estar vigilados constantemente, una sicosis. Además, el propio régimen usa las noticias, los documentales y hasta las novelas televisivas para enviar el mensaje a la población de que “la Seguridad del Estado está presente en todas partes”. La sicosis, en Cuba, es casi “normal” y genera, fundamentalmente, angustia.

Simultáneamente con la vigilancia, cohabita otra serie de problemas que atormentan a la población como: falta de transportes y de combustible, deficiencias con el suministro de agua y a veces de electricidad, escasez de alimentos, precios exhorbitantes para los productos de mayor necesidad, salarios muy bajos, viviendas en muy mal estado, y un largo etc. Estos problemas, cotidianos y de larguísima duración, generan en las personas ira porque saben que la causa de todos ellos es el sistema político que les han impuesto y que, la cúpula del régimen, no pasa esas necesidades.

Cuando se ponen juntas esas dos causas de alteración emocional: la sicosis de la vigilancia constante y la ira, por tantos problemas de escasez y necesidades humanas insatisfechas, es fácil comprender la reacción de Alexander Alazo: “Me voy a quitar de encima esta tension”. El peligro está en que son muchos los cubanos que tienen cargas emocionales potentes por tantos anos de vida bajo esas tensiones.

Hace solo unos días, se produjo en Santiago de Cuba una situación que muestra el grado de explosividad que existe en la población. Un individuo violó a una nina y los vecinos intentaron lincharlo. Vino la policía y, aparentemente, no pudo controlar la situación, por lo que llamaron a las “tropas especiales”, conocidas como “avispas negras”. Pero cuando los vecinos los vieron llegar, en lugar de contenerse, comenzaron a lanzarles piedras y cuanto encontraban a su alrededor. Bajo la tension, la ira superó al temor y la pobación liberó sus rencores. Las tropas especiales se retiraron y, dias después, cuando la tension había bajado, procedieron a arrestar a los que agredieron a las tropas especiales.

Para el régimen, que ha fundamentado su control sobre la población en el temor a sus aparatos represivos, ese acontecimiento debió ser una alarma de que una explosión social puede estar más cerca de lo que ellos piensan. Por esas razones, lo acontecido en Washington, debe ser tomado muy seriamente en cuenta y entender el mensaje que eso implica: los cubanos están perdiendo la paciencia y en cualquier momento pueden tomar la iniciativa para deshacerse de las causas que los han atormentado por tantos años.

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