Aviso a todas las unidades. Envíen refuerzos. Tengo a un tipo atascado en el palacio de La Moncloa. No avanza ni hacia delante, ni hacia atrás. Están más de la mitad de los españoles empujando pero se ha quedado adherido al avión oficial presidencial y no hay forma de soltarlo. Prueben a tirar ustedes desde ahí mientas yo empujo desde aquí, a ver si logramos romper el efecto ventosa, pero es difícil porque está pegado justo por los principios, que los tiene de silicona moldeable como las novias de Berlusconi en los 90. Tiren con alegría de la nariz que no rompe, háganme caso, que es Pedro Sánchez; sería capaz de flotar en una piscina sin agua. Desde la primavera del 2018, cuando dio un golpe de censura o una moción de estado o algo así, tiene a España como si la hubiese tiroteado con una pistola Taser. Nada se mueve salvo para extinguirse penosamente; de vez en cuando, la economía, o el empleo, o la corrupción agonizan.

Y entre los estertores, el domingo celebramos elecciones generales por cuarta vez en cuatro años. A los españoles se nos está poniendo cara de urna, pero de urna mortuoria. Menuda papeleta. Y parece que todo va a seguir igual. Sánchez no obtendrá un respaldo lo bastante elocuente como para gobernar ni como para marcharse, lo que podría significar que vayamos a unas nuevas elecciones y así una y otra vez. Estamos en un maldito bucle infinito. Vamos a votar sin descanso hasta que nos salga la democracia por las orejas y admitamos a Sánchez como Emperador, que es su verdadera vocación, toda vez que ya nadie duda que este asunto de la democracia, la libertad y la división de poderes le parece algo menor. Ayer chuleó a un periodista de la radio pública para canturrearle con la mitad de la boca, como castizo en la barra de un puticlub, que la Fiscalía depende del Gobierno. Sospecho que desenterrar a Franco fue en realidad un rapto de envidia freudiana.

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El otro día en el debate electoral en televisión, Sánchez hacía tantas muecas mientras hablaban los demás candidatos que todos pensamos que estaba a punto de estornudar. No lo hizo y fue una pena, porque igual habría expulsado de golpe al prófugo Puigdemont, que es un tipo que dio un golpe de estado en Cataluña, proclamó una república imaginaria, mandó salir a sus abducidos a la calle para liarse a palos con la policía y él se fugó a Waterloo a vivir la vida republicana como un rey, pero como un rey saudí.

Por suerte en España aún somos monárquicos. No es fácil que eso cambie. El recuerdo que tenemos de la república por aquí es algo así como zafio, viejuno, un puntito casposo. En cambio la monarquía luce hoy culta y jovial con Felipe VI. Y entre exhibir al Rey en las visitas de Estado o pasear, qué sé yo, a Junqueras, que es una mezcla entre Shrek y Monica Lewinsky con barba, no hay comparación posible. Además tenemos a la princesa Leonor como heredera, que es una niña guapísima que asombra cuando habla en público con sus 14 años, que es la envidia de todas las monarquías del mundo. Cada vez que se cruza la mirada con un republicano, ¡paf!, lo convierte. No acabo de entender por qué no sale en Frozen 2.

Así que ya ven. A pesar del bloqueo, al menos tenemos Rey. La partida de ajedrez sigue por tanto en marcha. Lo malo es lo de tener a Sánchez encallado en el palacio presidencial, que nos tiene preocupados. Eso y que tenemos agujetas en las manos de tanto votar. Que los españoles hicimos la transición a la democracia en los 70 para votar cada cuatro años, no cada cuatro días. Que tenemos un montón de millennials entre los votantes y esto es muy duro para ellos porque es lo único que no pueden hacer desde una app. Nuestro modo de votación sigue siendo bastante analógico. El sobre. Los papelitos. La cola. El apellido que no aparece. El tipo que tacha en la lista con un boli de tinta azul. El gestito de meter la papeleta en la urna mientras te da un vuelco al corazón porque de pronto dudas si habrás cogido por error la papeleta de un comunista. Es todo como muy vintage. Si el lunes todo sigue igual, yo apuesto por un referéndum de abolición de la democracia y dar por bueno el nuevo Imperio de Sánchez I, lo que sea con tal de que nos dejen pasarnos los domingos de noviembre bajo las mantitas, viendo partidos de fútbol y películas de John Wayne, contemplando melancólicamente desde el ventanal cómo el Emperador surca otra vez el cielo en su Falcon para ir a comprar el pan, y releyendo La crisis de nuestra civilización de Belloc para ilusionarnos con la idea de que tal vez ahora que todo está perdido, no todo esté perdido.

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