Convivir con la muerte hoy en día es algo sencillo, sin mucha tarea.
Narraciones que combinan vivencias y ficción con un claro propósito reflexivo
Convivir con la muerte hoy en día es algo sencillo, sin mucha tarea.
El flujo continuo y frío de cuerpos por cable, antena o redes, ya es costumbre y casi letanía. Resulta rutinario sazonar el almuerzo, incrustar la cuchara contra el arroz, masticarlo, engullir después el millar de granos blancos sin, si quiera pensar, en el cruento fierro que acabó con tales vidas, o en la sangre que salpicará nuestros nutrientes. Da igual si fue hígado, pulmón o córnea lo que atravesó la bala, puñal u hoja, da igual edad, hora o lugar en que transcurrió la parca y, por supuesto, no nos interesa el nombre.
Ayer, transitando las callejas del Borne, vi un ‘cadáver’. Estaba desnudo, acurrucado sobre un montón de escombros que seguramente le sirvieron de colchón, los dedos entrelazados entre añicos de falanges, el cuello torcido y la nuca limpia, en posición fetal, delgada y pálida, como aborto sin vientre. Sólo el amarillento olisquear de algún que otro perro percató el aroma a morgue ensartándose por las profundas y negras fosas de su hocico. Pero se negaban a mearle. Y esa fue su mayor atención: el esquivo pis de los chuqueles.
No era un cadáver cualquiera, tenía voluntad. Pertenece a esa rama de la muerte denominada suicidio. Ítaca era la asfixia, desangre o destrozo del cuerpo, y el camino a Ítaca la soga, cuchilla o azotea antes del salto. Nada más que la muerte, nada menos que morir.
Tras largas horas de gestos pudibundos y hondos días de lóbrego sedentarismo, el cuerpo, ya en descomposición, brotaba moho por entre las uñas, la piel se adhería al alquitrán, formando hirvientes charcos de brea y sangre; el hedor a podrido se escondía entre las basuras del barrio, y el pulcro que reciclaba los desperdicios de su hogar, había de evitar aquel fiambre acurrucado, dándole la importancia de mendigo europeo, de resto orgánico.
Hoy, amanece Barcelona y las palomas, en sus curruqueos y arrullos, han descubierto el cadáver. Las gaviotas no pasan del pellizco, sus picos naranjas, secos y agrietados se arrugan del asco; los gorriones, curiosos e inocentes, brincan por la piel verdosa. Luego de segregar sus últimos fluidos, cucarachas, urracas y gatos muertos acuden para libar los deshechos de una vida que, a falta de ser útil, acabó consigo misma.
La hedionda labor del muerto siempre ha sido destacar ante la vida, por lo que siguió enfriándose cada vez más, sudándose de alquitrán, pues al día el sol arde y escarba al rostro, las moscas abarrotan sus cuencas y hurgan en los lagrimales, atestan sus oídos con zumbar de larva alada, hay arañas en las encías y gusanos en los párpados.
De pronto se retorció.
Un espasmo helado y vertical atravesó el cuerpo, deformando su silueta fetal. Otro espasmo lo colocó boca arriba, una marabunta de moscas salió de su boca cual vaho estertóreo. Volvió a retorcerse, esta vez los brazos, descuajados, se estiraban hacia el cielo, crujiendo falange a falange, arreciando sus dedos mohosos, rozando de aire lúgubre las uñas rotas. Dirigió sus manos y palpó su rostro, una faz escabrosa con huellas de muerte blanca, fue entonces, que agarró sus mentones y, con la mismísima violencia del séptimo infierno ¡crac! recolocó sus cervicales destrozadas.
El cadáver se puso en pie, se sacudió el polvo, y lijó con restos de uña los hongos que habían bebido de su carne. Encontró su portal abierto, subió a su antiguo hogar, y aún con menos fe en la humanidad que la de un suicida primerizo, se arrojó de vuelta al vacío, contra los escombros de su primera muerte, sin esperar nada de nadie.
