El viernes pasado, justo el día que el Gobierno estadounidense exigió a las escuelas públicas que los alumnos transexuales usaran los baños que prefirieran, me reuní con un grupo de amigas que vinieron de Washington. En la cena salió el tema y me sorprendió escuchar la historia que contó una de ellas. Su hija Violeta, de 7 años, tiene una amiga, llamada Alexis, que tiene una peculiaridad muy especial: nació siendo varón.

La mamá de Violeta me contaba que Alexis tiene el pelo largo, le gusta usar lazos, diademas, vestidos, se pinta los labios y disfruta haciendo lo mismo que las demás. A la hora de ir al baño entra con sus compañeras de clase al de niñas con absoluta naturalidad. “Mi hija me cuenta que en ocasiones Alexis se mira en el espejo del baño y les pregunta: '¿Qué ven ahí?'. '¡Una niñaaaa!', le responden a coro. 'Y entonces, ¿quién se equivocó?'. '¡No sabemosssss, pero eso no importaaa!', le contestan espontáneamente".

Los padres de la pequeña, según me cuenta mi amiga, han tomado bien la situación y la psicóloga les explicó que deben aceptar y apoyar a Alexis en su elección, ya que está muy definida. Así que a los 9 años tienen pensado someterla a un tratamiento hormonal para evitar que le crezca el pelo y otras señales de masculinidad.

Al escuchar esta historia durante la cena, no pude evitar comentarle lo que muchos padres argumentan al respecto, que permitir a varones acceder a los baños de las niñas podría generar situaciones comprometidas. “¿No te preocupa?”, pregunté. Su respuesta fue muy clara y firme: “Para nada, los baños de niñas están cerrados y quien quiera hacer daño lo hará independientemente de su condición sexual. Alexis es una amiguita más de mi hija y si ellas están felices, nosotros, los papás, también. Lo bueno es que en su colegio les explican esto con toda normalidad”.

Una respuesta muy similar a la que me dio una psicóloga y sexóloga el pasado viernes, cuando hacía el reportaje para América Noticias: “Si pasara algo inadecuado estaríamos hablando de la perversión, del agresor, del violador, no de un transgénero”.

Si bien este punto de vista es compartido por muchos, otros consideran que la medida solo generará problemas a futuro y se prestará a situaciones de abuso, tipo bullying, y bromas fuera de lugar. "Vamos, que ahora si un niño de 16 años dice: 'me siento niña', ¿podrá entrar al baño con ellas? ¡Wow!, creo que muchos chicos van a sacar partido de esto y no me gustaría que mi hija estuviera ahí", me comentaba Luis, residente de Doral.

“Un baño es un baño y punto”, replicaba otra mujer. “Muchos bares y restaurantes solo tienen uno y ahí no pasa nada, van hombres, mujeres y niños. En mi trabajo a veces uso el baño de hombres para lavarme los dientes porque el otro está ocupado y no por eso me desperté siendo varón”.

La realidad es que poco importan ya las quejas al respecto puesto que la instrucción gubernamental, aunque no tiene rango de ley, debe ser cumplida por las escuelas bajo la amenaza de perder fondos federales o incluso enfrentarse a demandas gubernamentales. La decisión fue tomada, según la Casa Blanca, para asegurar que no se discrimine por razón de sexo.

Más allá de las opiniones, todas respetables, lo que sí me parece interesante resaltar es el conflicto que genera este tema entre adultos, mientras los niños ni se lo plantean. ¿Se imaginan lo que sería obligar a una niña como Alexis, de 7 añitos, a entrar con vestidos y lazos a un baño de varones? ¿Qué culpa tiene ella de haber nacido en un cuerpo que no le corresponde? A todas las familias, por más conservadoras que sean, les puede pasar. Solo quedan dos opciones: mirar al otro lado o apoyarlos con todas las consecuencias, entre ellas dejarles elegir el baño que les parezca.

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