En territorio venezolano, el único extranjero que puede poseer o portar armas de guerra, es el ejército de Reino Unido. Limitado -valga la aclaratoria- a desfilar con bayoneta calada, en los actos patrios de cada 24 de junio, Campo de Carabobo, como gesto venezolano de eterno agradecimiento por el respaldo que la “Legión Británica” brindó a nuestra gesta independista contra el yugo colonial español.

El precepto 324 de esa butifarra con el remoquete de Constitución Bolivariana, recoge a regañadientes, la tradición contenida en anteriores constituciones: “Solo el Estado puede poseer y usar armas de guerra. Todas las que existan, se fabriquen o introduzcan en el país, pasarán a ser propiedad de la República sin indemnización ni proceso”.

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Cuando tres aviones militares rusos decolaron, esta semana, en el Aeropuerto de Maiquetía, que sirve a la ciudad de Caracas, el generalote Vladimir Madrino, no padrino, en lugar de menearles la cola, estaba en la obligación de apresar a los intrusos e incautarles las aeronaves.

Pero, ¡qué cosas escribimos! ¿De preceptos constitucionales, cuando en Venezuela la única ley es que, no hay ley? ¿De honor, de decoro marcial, de gentilicio, cuando tales expresiones son malas palabras en el léxico de nuestra alta oficialidad?

En los últimos 20 años, los desgobernantes venezolanos han suscrito con la Federación Rusa, varios tratados de supuesta cooperación “técnico-militar”. Había que darle ropaje jurídico al expolio. Han totalizado 14 mil millones de dólares, en su mayor parte, para sobornos. Los pocos dólares que se han escapado, no han sido más que para adquirir equipos obsoletos. O útiles, si es que puede emplearse el término, para disparar, nada más, contra civiles desarmados. O para entregarles varias decenas de miles de Kalasnikov a la narcoguerrila de las FARC, del FLN colombianos, al hampa común que opera con la ciencia y complacencia de la narcosatrapía de Maduro, bajo el eufemismo de Colectivos de la “Paz”.

En cuanto a los temibles cazas Sukhoi, se encuentran, arrumados, inoperativos, porque las partidas presupuestarias destinadas para mantenerlos, también se las embolsillaron. El único convenio Ruso-Venezolano, en el que no aparece la palabra “dólares” es el aprobado el 25 de septiembre de 2009. Pero fue declarado “secreto” por la mayoría gobiernera de la Asamblea Nacional. Vale decir, es un papel firmado en blanco al también ladrón de Vladimir Putín, para que lo rellene, cómo y en el momento, que le venga en gana.

Cuando la presente crónica sea publicada, lo más probable es que los aviones militares rusos hayan regresado a Moscú. Vinieron en son de paz, dirán los áulicos de siempre. Como si volar a Venezuela, para amenazar, para intimidar a sus residentes, pero sobre todo para cargar con el oro que depredan del denominado “Arco Minero” constituyera misión de paz.

@omarestacio

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