El dilema sobre si es la política o la economía la que prima, parece ser una discusión superada pues si bien cada una opera de manera diferente, conforman una relación interdependiente, aunque a veces tensa.

La política generalmente responde a ideologías partidistas en busca del poder, mientras que la economía obedece a tres principios fundamentales: escasez, eficiencia y soberanía.

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La escasez es el valor económico dado por la falta de algo, a diferencia del valor intrínseco que está determinado por la necesidad.

Por ejemplo, el aire es valioso para la vida, pero no tiene valor económico a menos que sea escaso o tan contaminado que haya que pagar por un aire limpio.

La eficiencia por su parte implica que cada recurso sea utilizado de la mejor manera, minimizando el desperdicio.

La soberanía finalmente es la libertad del comprador para escoger sin presiones, aunque es innegable el papel de la publicidad para condicionar esa libertad, creando nuevas necesidades.

El gran enemigo de la soberanía económica puede ser también el endeudamiento excesivo, pues incide en la estabilidad económica y la credibilidad futura.

“La deuda nacional de Estados Unidos vuelve a hacer sonar las alarmas, pues el gasto masivo en respuesta a la pandemia de COVID-19 ha llevado el déficit presupuestario a niveles no vistos desde la Segunda Guerra Mundial”, sostiene el Council on Foreign Relations en un artículo escrito por James Mc Bride y Anshu Sinpurape.

El endeudamiento masivo debido a la pandemia ha aunado a los grandes planes de gasto del presidente Joe Biden, que han renovado el debate sobre la conveniencia o no de seguir usando el crédito para financiar políticas públicas.

Si bien es cierto que la pandemia ha aumentado el endeudamiento global, se estima que solo en 2021 Estados Unidos incurrirá en unos 5.8 billones de gastos y tendrá 3.5 billones de ingresos, lo que supone un déficit de 2.3 billones, de acuerdo a la Oficina de Presupuesto del Congreso.

Para financiar esa diferencia, el Departamento del Tesoro toma dinero prestado, emitiendo deuda.

Sin embargo, para Mc Bride y Sinpurape, la alta demanda del dólar ha ayudado a Estados Unidos a financiar su deuda, ya que muchos inversores valoran la posesión de activos de bajo riesgo como, letras, pagarés y bonos del Tesoro estadounidense, como principales instrumentos financieros que emite el Gobierno para financiar sus gastos.

La demanda constante de acreedores extranjeros, principalmente los bancos centrales, que aumentan sus reservas en dólares, han servido a Estados Unidos para obtener préstamos con intereses bajos, colocándolo en una posición crediticia privilegiada con respecto a otros países.

Los optimistas confían en que el Gobierno federal puede continuar expandiendo su deuda muchos años más con pocas consecuencias, gracias a la confianza en la economía estadounidense por parte de los inversores.

Otros sostienen que esto es simplemente demasiado arriesgado.

“La deuda no importa hasta que importa”, dice Maya Mac Guineas, presidenta del Comité bipartidista para un Presupuesto Federal Responsable, agregando que "si nos aprovechamos de nuestra posición privilegiada en la economía global, es muy posible que la perdamos".

Durante esta crisis económica, la Reserva Federal aumentó drásticamente sus compras de deuda estadounidense como parte de su plan estabilizador.

“El apoyo masivo de la Reserva Federal (FED) ha disparado las acciones y bonos estadounidenses y ha enriquecido a los inversores desde que los mercados casi colapsaron al inicio de la pandemia. Ahora, la fiesta puede estar terminando, sostiene un artículo de Victoria Guida y Ben White publicado en POLÍTICO.

Y es que el Banco Central planea retirar pronto su asistencia extraordinaria a la economía y la Reserva Federal estadounidense ha mandado señales de querer aumentar las tasas de interés el próximo año, mucho antes de lo esperado, impulsados por los temores de que las demoras en la producción y distribución continúen alimentando la inflación.

Los precios subieron un 4,2% en julio en comparación con el año anterior y según la FED es el mayor aumento en tres décadas.

También el precio del barril de petróleo Brent se disparó hasta los 80 dólares, gracias a la creciente recuperación de la económica mundial, pero despertando el temor de que contribuya a un aumento de precios que merme aún más la capacidad del consumidor, y eso siempre tiene consecuencias políticas.

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