martes 28  de  julio 2026

Chata y feliz

Nunca olvido que soy madre pero también que necesito escribir casi todos los días y si no escribo me siento fatal

Como todos los días, he despertado antes de la hora deseada. No me quejo. Con el tiempo que entendido que es parte de ser mamá. Esta vez ha sido la nana quien me ha despertado a las ocho de la mañana diciéndome que está lloviendo y que afuera todo esta u201cinundado u201d. Me paro de la cama, me paro aunque me he dormido a las cuatro de la mañana. No porque estuve en una fiesta, estuve con él, como todas las noches, conversando hasta tarde sobre cualquier cosa, viendo al genio de Craig Ferguson que nos encanta, o rompiendo la dieta vegetariana abajo en la cocina.

Me paro de la cama y saludo a mi hija con cariño y subimos las tres a la camioneta y estoy tan dormida que choco en los pequeños muros de las esquinas y veo que las calles no están tan u201cinundadas u201d como la nana me dijo, pero no le digo nada. Me quedo callada, porque me da pena regañarla y porque a esa hora solo tengo fuerzas para mandarle besos a mi hija cuando baja del auto para ir al colegio.

Luego he llegado de vuelta a casa y he dormido hasta las doce y media y luego me he puesto en pie para buscar a mi hija del colegio, cosa que hago muy felizmente todos los días, porque ella sale sonriendo, diciendo hola mami, y luego en el estacionamiento, va diciendo todos los colores de los autos que vamos dejando atrás, cosa que me maravilla, porque siento que la amo y que es exactamente la mezcla perfecta entre él y yo.

Hemos llegado juntas, solas, a la casa y nos ha agarrado la lluvia de nuevo, esta vez una lluvia más intensa y esta vez ella se ha querido quedar parada bajo la lluvia. La he dejado hacerlo un rato. Nada más rico que sentir la lluvia, la entiendo. Luego le he dicho que es momento de entrar. Me ha dicho que no. No, no, no, como solo ella lo sabe decir. La he llevado al cuarto llorando y se ha tirado suelo y oh no, la pataleta. He hecho lo que me han dicho que hay que hacer: cuando ella se va para arriba en revoluciones, tú te vas para abajo. He bajado las luces, he cerrado las cortinas mientras ella lloraba a gritos y me agarraba de la pierna y luego de la cara. He tratado de darle paz. Después de unos minutos, lo he conseguido: ella está en silencio y a punto de dormir la siesta.

Luego, mientras ella y él duermen, he ido al súper a hacer las compras de la semana. Al llegar lo he encontrado despierto. Lo he saludado con un abrazo, como casi todas las tardes. He sentido que lo adoro y eso es bueno, supongo. Luego hemos salido los tres a pasear en ese auto pequeño que ella llama u201cazul nuevo u201d, aunque no sea nuevo. Hemos escuchado esa canción que nos encanta y nos hemos reído, nos hemos hecho cosquillas, hemos celebrado que estamos vivos. Que después de tres años viviendo juntos todavía nos une el amor, y eso siempre hay que celebrarlo.

Luego él se ha ido a la televisión y yo me he quedado con ella y la he acompañado a que se duerma. Le he contado cuentos y le he dicho que su papá y yo estamos orgullosos de ella. A las nueve y media se ha quedado dormida y yo he recordado que debo escribir mi columna semanal. Nunca olvido que soy madre pero también que necesito escribir casi todos los días y si no escribo me siento fatal. Siento que me fallo a mí misma, que no soy quien yo creía que soy, así que meto mi computadora en un estuche polvoriento y salgo a un restaurante tranquilo y me siento en una mesa alejada de la gente y abro mi computadora y pido una cerveza y trato de escribir la columna. Escribo algo sobre las fiestas a las que fui y lo mal que la pasé en ellas. He terminado, pero me he quedado con una sensación de que esa no era la columna que quería escribir.

Cuando estoy por irme, dos señoras muy alcoholizadas se sientan en la mesa del lado y conversan a gritos mientras toman algo que no reconozco. Me resultan insoportables, porque fuman y hablan muy fuerte, y porque de pronto una de ellas se pone a hacer planchas a mi lado, frente al camarero, con quien ella y su amiga conversan como si se lo quisieran llevar a la cama.

Entonces dejo de leer mi texto y me quedo sin escribir un rato. Luego viene un camarero y me pide una foto y se la doy porque eso es algo que no ocurre casi nunca, y después de un rato de escuchar a estas mujeres pienso no quiero ser nunca como ellas, quiero ser mamá, conversar hasta tarde con mi chico, tomar cerveza de vez en cuando, pero no quiero nunca necesitar hacer planchas frente a nadie.

Por eso he borrado todo lo que escribí antes y he escrito esto, como si fuese una confesión. Porque estas señoras me han hecho sentir de nuevo que quiero escribir sobre lo que es real, sobre lo que me pasa cada día, aunque mi vida sea muy chata y feliz.

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