Finlandia es el país más feliz del mundo porque los que se arrojan por los balcones no votan en las encuestas. Tal vez alguien debería explicárselo a los del World Happiness Report 2019. Los organismos que rodean a la ONU llevan un mes brillante: primero ensalzan las políticas sociales de Cuba afirmando que es uno de los mejores países del mundo para formar una familia, que supongo que se refieren a formarla en el exilio, y ahora dicen que España es el lugar más infeliz de Europa, peor aún, uno de los más tristes del mundo. Claro, guapi. Y lo llevamos fatal.

Es tal la tristeza que arrastramos que no ha habido ni fiestas este verano. Hay millones de españoles que han salido a bailar, a chillar en festivales musicales y a beber como si fuera gratis, desde el primero de mayo hasta el cincuenta y siete de agosto, pero por el puro vicio de darse a la melancolía. Hasta esas playas del norte, que hasta ayer eran la viva demostración de que Dios pensó en nosotros cuando creó el Paraíso, han cerrado este año por falta de turistas. Ni pisar su límpida y dorada arena queríamos los veraneantes. Ni flotar en sus aguas cristalinas. Ni ponernos hasta las orejas de paella en los chiringuitos. Nada. Con lo bien que se está en casa llorando, mordisqueando zanahoria cruda, y leyendo a Cioran, que es lo que nos gusta.

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Somos un país tan afligido que ya ni vamos al fútbol. La Liga de las Estrellas que la vean los extraterrestres, que la tienen más cerca. ¿Para qué, si siempre es lo mismo? Doce señores en calzoncillos y una pelotita que ya aburre. Todo mal. No nos vamos el fin de semana de visita a nuestro patrimonio histórico, antaño reflejo de belleza secular y faro de la Humanidad, porque está como roto, no sé, se ve viejuno, parece Italia; otro país de un abatimiento insoportable, no hay más que ver a Berlusconi o a Salvini, grandes sufridores. Es tal la situación en mi país que, rompiendo la epidemia del clima mediterráneo, ni siquiera aliviamos nuestra desazón dándonos al ligoteo, porque nos parece una pérdida de tiempo arrancar sonrisas a las españolas guapas y sacarlas de su natural estado de agonía; a los caballeros españoles todo lo que no sea gimotear desgracias nos parece una grosería.

Estamos tan tristes que ya hasta hablamos bajito por las calles, que vamos por el mundo y nos confunden con franceses, pero con franceses en la cola de entrega de un análisis de orina, y si alguien intenta levantarnos la moral haciendo sonar algún éxito de rock internacional, lo quitamos de inmediato y ponemos a volumen bajo esa música de Andalucía, tan lánguida, suave, monótona y deprimente, fiel reflejo de nuestro desapasionamiento, nuestra apatía por la vida y nuestra total comunión con el modelo emocional del mobiliario de Ikea.

Hasta el clima se ha vuelto aburrido. El sol no sale porque le da pereza luego tener que acostarse. Y llueve, pero sin gracia, sin ganas de mojar. Y cuando el termómetro se entrega al calor, ni un tinto de verano nos echamos, porque ya no nos gusta el vino, ahora solo tomamos smothies ecológicos y diuréticos, que nos ayudan a mantener nuestros niveles de tristeza dentro de las recomendaciones de Bruselas y a colapsar los baños en los pubs.

No tenemos amigos, no quedan los humoristas, y todo el mundo se toma en serio el periódico, incluso llaman a la redacción a diario porque no han entendido el chiste de la viñeta del día. Ya ni trasnochamos. Nos acostamos a media tarde como si fuéramos tarados centroeuropeos con miedo a los vampiros, y hemos dejado de fumar, porque queremos salvar el planeta, para que todo el mundo pueda seguir siendo feliz mientras los españoles nos morimos de pena, que es lo nuestro.

Mientras el mundo contempla con inquietud el nuevo atlas de la felicidad, aquí en España todos los ojos están puestos sobre otro mapa, el que realmente nos quita el sueño, el que se ha vuelto viral entre millones de españoles en menos de una hora: el de marcas de cerveza preferidas por regiones. La imagen ofrece a los autores del estudio de la ONU una buena medida de nuestro insoportable nivel de infelicidad. Y en particular, de la mía propia, al saber que mi Estrella Galicia -todo escritor tiene su marca de cerveza y esa es la mía- es ya la favorita en España y está fácilmente disponible en todo el territorio nacional. Me siento tan desolado por esta suma de tragedias que estoy pensando en irme de vacaciones a Finlandia y sentarme en la nieve a contar renos mientras disfruto de un smothie de aguacate. Pero no quiero arriesgar. No me vaya a morir de pasión por la vida.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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