En España solo hay un único sanchista. Y es Pedro Sánchez. Porque eso que algunos pretenciosos han calificado de sanchismo no es una doctrina política sino cosmética y no es colectiva sino personal. El verdadero programa de Pedro Sánchez, el lugar en el que ha encontrado su mina de oro, es su propia imagen; una imagen que, para su desconsuelo, está siendo vertiginosamente calcinada en tiempo récord.

No es casualidad que los medios internacionales apodaran al principio al nuevo presidente de España como Mr. Handsome. También la prensa española publicó que la campaña de imagen personal de Sánchez era algo "al estilo Obama". Algunas muestras: las primeras fotos oficiales en la residencia presidencial de La Moncloa: con su perrita Turca y en ropa de deporte; las imágenes en el avión oficial Falcon inspiradas una famosa fotografía de JFK –su afición desordenada a utilizar el avión oficial para desplazarse incluso a ver un concierto de The Killers le ha valido el apodo de Falconetti, ingeniado de por Federico Jiménez Losantos-; o las decenas de fotografías de primeros planos de sus propias manos distribuidas a la prensa tras su reunión con Angela Merkel.

En Twitter, en la cuenta oficial de La Moncloa, junto a las fotos de las manos de Sánchez agregaron este mensaje: “Sánchez evalúa sus recientes encuentros con líderes europeos tras visitar esta mañana a Angela Merkel en Berlín. Las manos del Presidente marcan la determinación del Gobierno”. No es broma.

En pocos meses aquel prometedor Mr. Handsome se ha convertido en Falconetti y en Doctor Fraude, por el escándalo de plagio en su tesis doctoral, que recibió un “cum laude” que, a la luz del texto, podríamos considerar un ejercicio de finísima ironía por parte del tribunal.

El declive comenzó con los azarosos y tempraneros contratiempos de su imagen pública: Sánchez tuvo que abrirse paso a empujones hasta Donald Trump para forzarle a hacerse una foto con él en la cumbre de la OTAN en Bruselas. El Gobierno había pactado un breve saludo con Trump, pero éste se desentendió del asunto y, en los corros de autoridades se dedicó a picotear como una abeja deteniéndose solo con aquellos que le resultan simpáticos. Típico de Trump. A Sánchez no lo vio –hay quien dice que aún no conocía su cara- o no lo quiso ver –lo más probable-. Y el nuevo presidente de España pasó un mal rato hasta que logró la fotografía, zigzagueando entre presidentes para alcanzar al de los Estados Unidos como si fuera un fan tras un déspota estrella de rock. En la foto, el gesto de ambos no puede ser más hostil. La conversación duró unos cinco segundos y los testigos aseguran que las palabras que dijo Trump fueron “ininteligibles”. Al minuto, Pero Sánchez consiguió la foto y la subió a Twitter en la cuenta oficial del Gobierno como quién exhibe un trofeo. Es esencialmente un instagramer.

Él y su Gobierno cuidan cada detalle mediático. Pero a veces sale mal, cada día peor. Hace un par de meses la Ministra de Defensa tuvo que borrar un mensaje publicado en el Twitter oficial de su Ministerio. En el mensaje aparecía una fotografía de la Ministra, sonriente y natural, regando unas plantas con una jarra de agua. El texto: “Margarita Robles, una amante de la vida sana”. Las críticas fueron feroces. A la hora de decidir borrar el mensaje no sé si tuvieron más peso las críticas por emplear una cuenta del Gobierno para promocionar “la vida sana” de la Ministra o las carcajadas que provocó el hecho de que los maceteros, tal y como se aprecia en la foto, disponen de un maravilloso sistema de riego automático. La anécdota define a todo un Gobierno.

Llevan poco más de cien días en el poder y no hay un solo ministro de Sánchez que no esté abrasado por los escándalos: la ministra de Sanidad dimitió el mes pasado por haber plagiado en su trabajo fin de Máster, a la de Justicia le han sacado unas grabaciones de años atrás en las que se ríe y compadrea cenando con un policía mafioso que le confiesa que ha creado un prostíbulo para obtener información de políticos y personalidades a través de las chicas –la ministra entre risas señala: “¡éxito asegurado!”; y ahora hemos sabido que al Ministro de Exteriores fue sancionado por vender acciones de Abengoa teniendo acceso a “información privilegiada”.

Buscando la tranquilidad de la aprobación de los presupuesto generales, el presidente del Gobierno se ha arrodillado ante las extravagantes peticiones de su principal socio, los comunistas de Podemos, haciendo que el borrador de Presupuestos Generales 2018 se mueva entre la comedia y la tragedia: lo primero porque contempla alucinógenas medidas que parecen ideadas por Dave Barry a la salida de la Fiesta de la Cerveza, y lo segundo porque pretenden que esas medidas las paguemos de nuestro bolsillo los españoles. Brillante anécdota. En el primer borrador de este acuerdo presupuestario enviado a la prensa, en una línea referente a la ley de violencias sexuales, ingeniada por los comunistas, se han olvidado de borrar un entusiasta comentario de Podemos sobre ese aspecto de la negociación con el Gobierno: “nos la cogen entera”. Imagino que se refiere a la ley.

Visto con cierta distancia, si Sánchez hubiera mantenido su de impacto mediático inicial, sin los escándalos, podría lograr mantenerse como Presidente del Gobierno en las próximas elecciones. No es poco. Es un panorama que hace 30 días antes de su asalto al poder era impensable. Si no fuera porque tras los atentados del 11 de marzo de 2004 se produjo un vuelco político similar en España (y en la misma dirección), diría que lo que ha logrado Sánchez es algo inédito e inesperado en la historia española.

Cerca del Congreso de los Diputados, horas después de la moción de censura que llevó a Sánchez al poder, dos políticos compartían cerveza y análisis de actualidad a pocos metros de mi mesa. Se me quedó grabada esta conversación:

- Sánchez no es más que un gilipollas –decía el primero.

- Me temo que Sánchez es cualquier cosa menos un gilipollas. –replicó el segundo-.

- ¿Tú crees?

- Mira esto: Logró ser concejal y diputado sin que nadie lo votase. Logró ser secretario general del PSOE por segunda vez después de haber sido apartado por su propio partido. Se deshizo de todos sus enemigos. Ejerció como líder de la oposición al Gobierno sin tener silla en el Congreso. Y ha llegado a presidente del Gobierno cuando lo dábamos por muerto y, una vez más, sin que nadie lo haya votado en unas elecciones. Será lo que quieras… ¡pero está claro que no es simplemente un gilipollas!

Y el primero asintió sin poder evitar un gesto meditabundo y desencajado en su rostro, un ademán, no sé, como, como… de gilipollas. En realidad, esa es la cara que se les queda a sus adversarios cuando examinan la impredecible trayectoria del ex Mr. Handsome, actual Falconetti o Doctor Fraude.

Es tan improbable que haya llegado a la presidencia del Gobierno que su futuro solo puede predecirse mediante un canon: el de lo paranormal. Al fin y al cabo, Sánchez es un fantasma.

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