El optimismo como doctrina o disposición de espíritu fue una postura que imbuyó a los cubanos, dentro y fuera de la isla, durante las manifestaciones del 11J; sin pensar que, sus acciones, eran genuina expresión del término de etimología latina “optimun”: lo mejor, inspirado en las ideas de Gottfried Wilhelm Leibniz en su obra “Ensayos de Teodicea sobre la bondad de Dios, la libertad del hombre y el origen del mal” (Ámsterdam,1710).

La base del optimismo de Leibniz descansa en la posibilidad de un mundo mejor. Una tesis traspolable al contexto cubano, si se destruye el régimen que la condena a una perenne involución. Por eso, no sorprendió la respuesta castrista al convocar Miguel Díaz-Canel a la represión entre el pueblo (Estado) y el pueblo (sociedad civil). Una imagen que no pudo subvertir, ni aun cuando días después, en genuino acto de manipulación, introdujo en su discurso los términos amor, lucha contra el odio, o escuchar a las personas con necesidades insatisfechas.

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Los medios de comunicación masiva oficialistas quedaron anonadados ante la espontaneidad de las manifestaciones; intentando desacreditar el movimiento de masas al presentarlo como una sucesión de acciones vandálicas y criminales. En una posición inaudita, suplantaron a la entidad jurídica y enjuiciaron a los involucrados en las manifestaciones, reforzando la vulnerabilidad ciudadana, al ajusticiarlos en actos de linchamiento mediático.

El régimen no traducirá las protestas del 11J en un programa de reconciliación nacional. La represión institucionalizada es la única respuesta contra el descontento y la proyección plural de la verdad; de dimensiones tales que, ni las grabaciones de teléfonos celulares, conminaron a la policía a emplearse con moderación; suscitando las imágenes testimoniadas un elevado sentimiento de solidaridad, dentro y fuera del país, aun cuando un “apagón digital” quiso impedir que se viralizaran.

Cualquier análisis matricial descubre a un régimen plagado de debilidades, con una total incoherencia entre modo de gestión - dinámicas institucionales. En su escenario futuro sólo se avizora el reforzamiento de los conflictos sociales internos y el diferendo con EE. UU.

Fue interesante que la base fundamental de los manifestantes del 11J incluyera a individuos sin filiación opositora e insertados en las manifestaciones de manera emocional: movidos, sobre todo, por Facebook. Una parte de ellos, además, no se visualiza como anticomunistas, aunque en la práctica lo son, sino como indignados por las injusticias de su vida cotidiana; demandan canales de expresión democrática y critican el orden político existente. Poseen un amplio nivel de convocatoria, y devendrán catalizadores de las futuras movilizaciones sociales. Usaron las redes sociales para la convocatoria, en un país donde, el acceso a internet está muy limitado. Su capacidad para estructurar una sociedad en red fue, además, una reafirmación de que estos grupos superan al estado, que apuesta por el obsoleto paradigma de la comunicación de masas.

La juventud vertebra el grupo y los principales puntos de explosiones se focalizan en ciudades de la periferia por los elevados niveles de precariedad existentes. Me atrevo, además, a anticipar una plena interacción entre redes sociales - espacio público, como evidencia de dinámicas organizativas que, aunque fueran en una fase incipiente, son un peligro futuro para el régimen.

La presencia de marginales en las manifestaciones, quiso usarse para presentar los sucesos como hechos vandálicos y disturbios sociales; obviando que fuimos testigos de una genuina protesta en defensa de las libertades individuales reprimidas por décadas. Su participación, obedeció a una lógica: es el grupo más desfavorecido de la sociedad y, por tanto, será recurrente su proyección opositora. Ellos, por derecho propio, obligaron al pensamiento sociológico a que reconociera su importancia en el proceso de transformaciones sociales después de la ola revolucionaria global de 1968.

El debate sobre el derecho a manifestarse retoma fuerza en Cuba. Es definido como la libertad a expresarse, asociarse o reunirse, y lo refrenda la Declaración Universal de Derechos Humanos en su artículo 19: "todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión...a la libertad de reunión y de asociación pacíficas". Sin embargo, la Constitución cubana arremete contra él en su artículo 62: "Ninguna de las libertades reconocidas a los ciudadanos puede ser ejercida contra lo establecido en la Constitución y las leyes, ni contra la existencia y fines del Estado socialista, ni contra la decisión del pueblo cubano de construir el socialismo y el comunismo". Según, George Orwell, en el magistral prólogo de la no menos magistral novela “Rebelión en la granja”: “si la libertad significa algo, es el derecho a decirle a los demás lo que no quieren oír”; por eso, no es fortuito que el 11J fuéramos testigos de derechos juzgamos como delitos.

Los cubanos estamos viviendo un momento histórico, al desvanecerse la mitología castrista. El cataclismo de los años de 1990 es el principal referente de la actual generación de jóvenes (7ma de la Revolución), donde los más longevos tienen ahora 20 años, proyectándose afines a las dinámicas de Michel Maffesoli (uno de los fundadores de la sociología cotidiana), sobre las “tribus urbanas”, con un pragmatismo que obvia lo histórico - trascendente, al mantenerlos al borde del abismo social los retos histórico - cotidianos.

El discurso oficial comienza a fragmentarse. Si en 1968 una parte de la propia izquierda intelectual latinoamericana dio la espalda a la “revolución cubana”, el 11J la fuerte represión desatada, las detenciones, los juicios sumarios, y los encarcelamientos por defender sus derechos, mostraron al mundo la abierta represión del régimen. Ahora, urge, desde la politología y la historia, continuar el proceso de reescritura que se inició en los años de 1990 para situar en su justa dimensión el escenario cubano, y deconstruir todo acto de manipulación de lo histórico.

Ejemplificaré con uno de los mitos. Los cubanos están “representados” por el Partido Comunista (PCC): único legalizado en el país. La idea, recurrente en el discurso oficialista, emana de una tesis martiana al fundar el Partido Revolucionario Cubano (PRC), en abril de 1882. Sin embargo, José Martí no la defendió, todo lo contrario; estando consciente de que, una vez lograda la independencia, el país debería ser inclusivo con todos y, en el artículo 6, subraya: “…y sustituir al desorden económico en que agoniza un sistema de hacienda pública que abra al país inmediatamente a la actividad diversa de sus habitantes”.

No imagino al caduco Partido Comunista (PCC) integrando a las diversas corrientes de pensamiento, e intereses que priman en la sociedad cubana. Un partido que, aunque se empeñen en contradecirlo, tiene una base soviética: emanando allí la idea de único. El divorcio del PCC con las dinámicas de cambio eran visibles en los años de 1970; recordemos que, cuando el movimiento comunista europeo decidió luchar por la independencia de la URSS en la Conferencia de Berlín (1976) -conferencia que sienta bases ideológicas para la posterior caída del socialismo- ,y se encamina a lograr una democracia en Europa del Este, integrando, además, a los comunistas italianos, franceses y portugueses, el castrismo estaba obnubilado por sus triunfos militares en África, e imaginaba un imperio cuya base fuera el Movimiento de Países No Alineados: idea legitimada en la Sexta Conferencia, realizada en La Habana en septiembre de 1979.

Entender la actualidad cubana implica situarnos en el ojo del huracán. Es el único modo de realizar una coherente disección de las protestas sociales, equiparadas por la ortodoxia marxista, con los movimientos gestados en Hungría 1956, Checoslovaquia 1968, y el empuje de una disidencia polaca que desarrolló un cuerpo estratégico para contrarrestar al Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS).

En Cuba nos encontramos en el vórtice de una crisis intensificada desde los años de 1990, con un clímax en 2006 – 2007, al llegar Raúl Castro al poder. Algunos, avizoraron el inicio de un período de reformas raigales, pero los lineamientos iniciados en el 2011 devinieron alharaca política. Parecía la génesis de una era alejada del fidelismo, por tanto, de prosperidad; pues Fidel Castro fue una figura sin visión económica, que no trascendió la política como puesto de mando de la economía, y supo enajenar al pueblo desde un pensamiento descabellado y manipulador. Refrescaré la memoria, apropiándome de ideas expuestas por Daína Chaviano en “Cuba: La historia nunca los absolverá”: “Habrá libertad para los que hablan a favor nuestro y para los que hablan en contra nuestro, y nos critican” (discurso de Fidel Castro, 1° de enero de 1959); Yo no estoy interesado en el poder, no lo ambiciono” (3 de enero de 1959); “Nosotros tenemos un país libre. No tenemos censura y el pueblo puede reunirse libremente. Nunca vamos a usar la fuerza y el día que el pueblo no me quiera, me iré” (9 de enero de 1959); “Convertiremos a Cuba en el país más próspero de América. El pueblo de Cuba alcanzará el nivel de vida más alto que ningún otro país del mundo” (13 de marzo de 1959); “Habrá tanta leche que se podrá llenar la bahía de La Habana con leche” (23 de agosto de 1966); “Cuba producirá más naranjas que la Florida” (6 de agosto de 1968); “Cuba, en un breve tiempo, se convertirá en un país exportador de petróleo” (18 de junio de 2008).

Algunos, me preguntan sobre el embargo: ¿qué pasaría si cesara? ¿cuándo será su fin? A todas luces es difícil el análisis, pues la crisis económico – social cubana tiene ya una base estructural, y las acciones para poner fin a la guerra económica entre ambos países serán estériles; pues las medidas impuesta por la Casa Blanca a Cuba, obedecen a un diferendo histórico que, sólo tiene solución, con un cambio de gobierno y que, si tuvo un aparente punto de inflexión el 17 de diciembre de 2014, obedeció a un giro estratégico de la administración Obama (inspirado en las ideas de Joseph Nye) para subvertir el régimen en la isla caribeña, pero perdió valor por la ineficacia de las medidas adoptadas, y el impacto social de las acciones en la era Trump.

El coherente ejercicio del periodismo ciudadano fue una de las fortalezas del 11J. Las redes sociales suplantaron el déficit democrático y de participación (aludo al periodismo ciudadano o 3.0 sin intervención de grupos mediáticos). Si sumamos los likes emitidos en estos días: suman millones. Unos, aprobando la actitud del pueblo que se lanzó a las calles, otros, rechazando la violencia protagonizada por las fuerzas de represión: verdadero descrédito para la izquierda mundial, al ser testigos de la vergüenza en uno de los dos últimos reductos globales del comunismo, ajenos al liberalismo económico (junto a Corea del Norte). No obvio en las dinámicas informativas errores involuntarios (misinformation) y noticias falsas (fake news), uno de los retos globales del periodismo ciudadano en medio de la hipervelocidad e hipercondensación de las redes; una trampa que atrajo hasta a grupos mediáticos que no contrapusieron fuentes o hurgaron en la realidad, ávidos de primicias informativas de alta intensidad. Nada ajeno a las dinámicas periodísticas en el mundo de hoy.

En la actualidad, la represión se cierne, no sólo sobre los participantes en los sucesos del 11J - necesitados de que se visibilice su rostro -, sino contra los opositores históricos, y quienes se articulan en esas organizaciones. El objetivo del régimen es frenar cualquier nueva manifestación masiva, sobre todo, en el contexto del 5 de agosto, aniversario del Maleconazo; algo que pretenden impedir con la militarización del país y desviando el punto focal hacia una matriz de opinión construía alrededor de los Juegos Olímpicos de Tokio.

Ahora, se impone lograr que el pueblo cubano tenga acceso libre a internet, para Mike Pompeo técnicamente posible, trabajar para rescatar las brechas de unidad que fueron secuestradas por las instituciones del régimen, construir espacios públicos de participación plural dentro y fuera de Cuba, y capitalizar el desordenado ordenamiento económico que acentúa la crisis estructural.

A manera de colofón, traigo a la contemporaneidad cubana a José Martí en “Lectura en la reunión de emigrados cubanos en Steck Hall”, Nueva York, el 24 de enero de 1880: “¡Oh! ¡qué pobres pensadores los que creen que después de una conmoción tan honda y ruda como la que ha sufrido nuestro pueblo, puedan ser bases duraderas para calmar su agitación, el aplazamiento, la fuerza y el engaño!”

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