En los hogares de Miami-Dade, generaciones enteras han cargado con el peso del exilio, una nostalgia silenciosa pero inquebrantable por una patria arrebatada por la tiranía. Yo crecí rodeado de ese sentimiento.
En Miami-Dade, comprendemos esta realidad de una forma que pocos pueden hacerlo. Llevamos la memoria, llevamos el dolor y también llevamos la responsabilidad de hablar con claridad y actuar con convicción
En los hogares de Miami-Dade, generaciones enteras han cargado con el peso del exilio, una nostalgia silenciosa pero inquebrantable por una patria arrebatada por la tiranía. Yo crecí rodeado de ese sentimiento.
Como estadounidense de primera generación de origen cubano, me crié escuchando historias de sacrificio. Nuestros padres y abuelos no abandonaron Cuba porque quisieran hacerlo, se vieron obligados a ello. Fueron despojados de sus libertades, de sus propiedades y de su futuro. Llegaron a este país cargando con la pérdida y con lo único que llevaban puesto, pero también con algo más fuerte: la fe. Fe en que la libertad es real. Fe en que cualquier sacrificio merece la pena. Fe en que, algún día, Cuba volvería a ser libre.
Ese anhelo no se desvanece con el tiempo. Se transmite de generación en generación. Se convierte en parte de lo que uno es, junto a una profunda gratitud hacia esta nación que ofreció a nuestras familias lo que Cuba no pudo: oportunidades, dignidad y la posibilidad de construir una vida.
Pero, incluso mientras forjábamos nuestras vidas aquí, una parte de nuestro corazón nunca abandonó la isla. Y hoy, algo se siente diferente.
Por primera vez en décadas, esa esperanza largamente sostenida ya no parece lejana. Se percibe al alcance de la mano. A lo largo de la isla, el pueblo cubano se está alzando, alzando la voz pese a la represión, pese al miedo y pese a las consecuencias de desafiar a una dictadura. Reclaman las mismas libertades que nuestras familias vinieron a buscar aquí.
Y no están solos.
Bajo el liderazgo del presidente Donald Trump y del secretario de Estado Marco Rubio, Estados Unidos ha reafirmado la claridad moral en su enfoque hacia Cuba y el hemisferio occidental, restableciendo la designación de Cuba como Estado patrocinador del terrorismo, endureciendo las sanciones contra entidades vinculadas al régimen y dejando claro que la era de las concesiones unilaterales ha terminado. Durante demasiado tiempo, políticas fallidas dieron cobertura a un régimen que nunca ha merecido legitimidad. Ese capítulo se está cerrando.
Este no es el momento de hacer concesiones. No es el momento de la normalización. No es el momento de aliviar la presión sobre un régimen que continúa encarcelando a disidentes, silenciando a su pueblo y negando derechos humanos fundamentales. Es el momento de la firmeza.
Debemos plantarnos frente a la dictadura que ha oprimido al pueblo cubano durante generaciones y apoyar, sin ambigüedades, al propio pueblo. Eso implica mantener la presión, exigir una rendición de cuentas real y negarse a legitimar la tiranía bajo cualquier forma.
Porque esto no es solo un debate político. Se trata de familias separadas, de personas que han sido asesinadas por exigir derechos humanos básicos, de generaciones que crecieron con una parte de su identidad incompleta y de todo un país que ha esperado demasiado tiempo para vivir en libertad.
En Miami-Dade, comprendemos esta realidad de una forma que pocos pueden hacerlo. Llevamos la memoria, llevamos el dolor y también llevamos la responsabilidad de hablar con claridad y actuar con convicción.
El pueblo cubano está más cerca que nunca de la libertad que merece.
Ahora es el momento de cumplir esa promesa, porque muchos de nuestros padres y abuelos, incluido mi propio padre, ya no están aquí para ver la Cuba libre con la que soñaron durante toda su vida. Se lo debemos. Debemos culminar aquello en lo que nunca dejaron de creer.
