Tres boletos en el primer inning rara vez son el prólogo de una noche histórica. Normalmente indican una corta salida para el abridor, mucho trabajo para el bullpen y un mánager caminando incómodo hacia el montículo porque su plan original se desmorona demasiado temprano.
Pero el béisbol, con todas sus actualizaciones, métricas y cálculos modernos, sigue siendo ese deporte caprichoso que se niega a respetar los guiones lógicos. El lunes volvió a demostrarlo.
Todo el caos en el que se metió el japonés Tatsuya Imai durante el primer episodio apuntaba a una noche larga e incómoda. Tres boletos, problemas para encontrar la zona de strike y una sensación extraña recorriendo el Globe Life Field. Nadie de los allí presentes parecía estar frente a una actuación histórica. Más bien lucía como una de esas aperturas que obligan al bullpen a trabajar antes de tiempo.
Sin embargo, inning tras inning, algo cambió.
Lo más fascinante del no-hitter combinado de los Astros no fue únicamente que los Rangers terminaran sin hits. Lo verdaderamente increíble fue que durante varios minutos aquello pareció imposible. El ambiente dentro del estadio nunca tuvo aroma de no-hitter ni de dominio absoluto. Era más una mezcla de tensión, sorpresa y desconcierto.
Porque el béisbol tiene esa capacidad única de transformar el desorden en historia. Quizás por eso este deporte sigue atrapando incluso en tiempos donde todo parece explicarse mediante probabilidades. Ninguna computadora habría imaginado un no-hitter después de un primer inning así. Ningún fanático de Houston pensaba en eso mientras Imai luchaba consigo mismo desde el inicio. Y probablemente muchos seguidores de Texas tampoco entendían que estaban presenciando algo que terminaría entrando en los registros del juego.
Un no-no con otro valor
Los no-hitters combinados generan debates. Hay quienes sienten que no poseen la misma magia de un juego sin hits completado por un solo lanzador. Tal vez tengan razón. La resistencia física y mental de lanzar nueve innings sigue siendo una de las obras más difíciles del deporte.
Pero este no-hitter tuvo otro valor. Con el bullpen menos efectivo de toda las Grandes Ligas, Imai encontró complicidad en el zurdo Steven Okert y más impresionante aún, en el debutante de la noche, Alimber Santa. Esto recordó que el béisbol no siempre necesita perfección para producir noches memorables.
A veces basta con sobrevivir al caos inicial, mantenerse respirando dentro del juego y permitir que lo improbable haga el resto.
El lunes fue una prueba de eso.