Por donde uno se asome, de todos lados vienen los enemigos de la libertad de expresión. Según los últimos datos divulgados por la SIP, en cinco meses fueron asesinados nueve periodistas, más una periodista desaparecida.

El asesinato de periodistas es la forma más repugnante y dolorosa de ataques a la libertad de prensa. Sin embargo, es la menos efectiva en cuanto a sus fines; pero qué van a entender de eso las bestias corruptas que pretenden no ser denunciadas y desnudadas ante la opinión publica.

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En la práctica se trata, primero que todo, de un asesinato con premeditación y alevosía. En la intención se pretende, con el asesinato del periodista, además de acallarlo, amedrentar a sus colegas y a los medios para privar a la sociedad de una libertad básica, recortándole mediante la muerte y la autocensura la información a que tiene derecho.

Pero no logran su propósito: ni el periodismo se autocensura ni se para la información. Todo lo contrario, se informa sobre el colega asesinado y sobre el porqué, y qué es lo que el periodista sabía e iba a divulgar. Y se publica eso y mucho más.

¿Quién se los hace entender? Son bandas de animales, narcotraficante y unos cuantos gobernadores y gobernantes locales corruptos.

El asesinato de un periodista no significa, necesariamente, que allí donde ocurrió no haya libertad de prensa. Ni tampoco implica que hay libertad de prensa donde no hay periodistas asesinados. Cuba es un país donde no existe la libertad de prensa, cosa sabida y que no lo niegan, y sin embargo no se reporta ningún periodista asesinado, desde hace muchos años. Tampoco los hubo en la era Correa en Ecuador, cuando la libertad de prensa fue violada salvajemente. En realidad, los regímenes neoprogresistas, populistas y autoritarios se cuidan mucho de no caer en las groseras prácticas de las dictaduras del pasado: periodistas presos, torturados y asesinados, diarios y radios clausuradas, periodistas obligados al exilio.

Ahora todo ello se logra por otras vías más sutiles y más efectivas: no renovación de licencias de radio y TV, limitaciones a la importación de papel y otros insumos para la prensa, persecución fiscal, uso de severas normas legislativas reservadas solo para disidentes, del tipo que sean, y en casos para aquellos amigos que un día dejan de serlo y que creen que pueden salirse sin costo de la nomenclatura. Y dos armas más destructivas aún: la publicidad oficial, para castigar a los independientes y premiar a los amigos o los complacientes, y el ataque a los periodistas y la prensa desde la tribuna, por las "cadenas nacionales" y mejor si es desde la primera magistratura por sus efectos multiplicantes.

Correa, Kirchner, el panameño Martinelli, Chávez y Maduro, Evo entre los pioneros del "insulto", con una "pléyade" de seguidores que se renueva y no se acaba, con Trump y Bolsonaro entre los más vistosos y peligrosos.

Y a estos insultadores y desacreditadores de la prensa, cuyo único propósito es recortar y manipular la información que llega al público, le han venido de maravilla las redes.

Veamos lo que dice el informe de la SIP sobre lo que pasa en Brasil: en los últimos seis meses –se dice– ha habido "un aumento creciente de ataques virtuales contra periodistas y empresas periodísticas en las redes sociales". Una encuesta "muestra que en 2019 los medios profesionales sufrieron casi 11.000 ataques diarios a través de las redes sociales, lo que representa siete ataques por minuto".

"Son publicaciones con palabras soeces o expresiones que intentan desacreditar el trabajo de la prensa, producidas por perfiles y sitios web con cierto sesgo ideológico".

"Aunque –se aclara– los ataques virtuales al periodismo profesional se originan en todo el espectro político del país, se evidencia que la mayor preponderancia la tienen publicaciones de la derecha". Y se añade que "en esta ofensiva se destaca la actuación del presidente Jair Bolsonaro y sus seguidores". Además de las redes sociales, "el presidente a menudo emplea discursos y entrevistas para descalificar a periodistas y empresas periodísticas"..., y "acusa y provoca a periodistas" y alienta a sus partidarios que ataquen a los periodistas y a los medios a los que considera enemigos. Bolsonaro además ha recomendado a las empresas que no hagan publicidad en los medios independientes y a sus seguidores a no suscribirse a esos "medios enemigos".

Lo dicho: vienen de todos lados y ahora a caballo en las redes, estas que tanto han servido para el bien en materia de comunicación y pleno ejercicio de la libertad de expresión, se transforman como gremlins siniestros en un arma letal para la prensa y para esa imprescindible libertad.

Trump va en la próxima.

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