Hubo momentos en la historia estadounidense en que, sin importar el color político o quien estuviera en la Casa Blanca, había consenso en la línea a seguir en aras del interés nacional.
Hubo momentos en la historia estadounidense en que, sin importar el color político o quien estuviera en la Casa Blanca, había consenso en la línea a seguir en aras del interés nacional.
Uno de esos ejemplos ocurrió durante la Segunda Guerra Mundial, cuando legisladores republicanos estaban en contra de una participación prolongada de Estados Unidos en Europa, una vez que terminara la guerra.
Entre ellos el senador republicano por Michigan Arthur Vandenberg (1928 - 1951).
Ante la creciente polarización entre demócratas y republicanos, sobre el papel de Estados Unidos en el ámbito internacional, pero reconociendo la amenaza de una Alemania y un Japón remilitarizados, Vandenberg se dirigió al Senado en 1945 y declaró que ningún país podía "aislarse" del resto del mundo y ofreció su cooperación al entonces presidente demócrata Franklin D. Roosevelt para adelantar una estrategia posguerra, que finalmente definió el liderazgo global de la nación estadounidense.
Años después, Vandenberg resumió su visión de la política exterior bipartidista: "En una palabra, simplemente busca la seguridad nacional antes que la ventaja partidista". La política, "se detiene en la orilla del agua".
Ahora, una vez más, la polarización se interpone en los objetivos de Estado, pero está vez alentada por un mismo partido.
El presidente Joe Biden debería haber llegado a Europa con una victoria legislativa bajo el brazo, pero no todos los congresistas demócratas parecen querer apoyar a su líder.
En lugar de presentar un programa multimillonario sobre cambio climático, aprobado por el Congreso, tuvo que admitir ante sus pares internacionales, durante la reunión de Glasgow, en Reino Unido, que todavía luchaba en casa por obtener el número necesario de votos.
Es una de las facetas inevitables de la democracia estadounidense: el que los legisladores no necesariamente deban seguir incondicionalmente a sus líderes.
Si bien esa relación tirante entre el Ejecutivo y el Legislativo es uno de los objetivos centrales de la Constitución estadounidense, la legislación sobre cambio climático y bienestar social que Biden ha estado promoviendo y ha entrado en terreno rocoso porque hay demócratas que luchan por sus propias causas, poniendo en riesgo el programa, separado pero vinculado, con el plan para reconstruir la infraestructura de la nación.
Es decir, algunos demócratas no están dispuestos a comprometerse por salvar al mandatario de una humillación pública.
Habría sido beneficioso globalmente que Biden llegara al encuentro con medidas que no solo demostraran el compromiso de Estados Unidos ante las crecientes amenazas que plantea el cambio climático, sino que también que lideraran el camino.
Además, su promesa triunfal de invertir 3.5 billones de dólares en programas sociales y en el cambio climático se ha reducido a 1.75 billones de dólares, y aunque continúa siendo una suma enorme, ha expuesto al Presidente a luchas internas entre demócratas progresistas que esperan que sus proyectos sobrevivan y los centristas que se oponen a ellos.
Era de esperarse que está situación haya repercutido en sus índices de popularidad, que siguen a la baja.
Para un presidente de Estados Unidos, quizás más que cualquier otro líder internacional, la popularidad puede marcar la diferencia cuando se trata de desafíos de políticos internacionales, especialmente ahora que el país quiere recuperar el terreno perdido agregando peso a su liderazgo internacional.
En un mundo con líderes autocráticos, como el presidente de China Xi Jinping o el presidente de Rusia Vladimir Putin, quienes parecen proyectar fortaleza en el escenario mundial, aunque sea a costa de las libertades públicas de sus ciudadanos, son necesarios los contrapesos.
Biden por lo pronto, no ha podido todavía lograr los principales objetivos políticos de su campaña presidencial: poner fin a la pandemia de coronavirus, una legislación para transformar la infraestructura del país e introducir mayores reformas de gasto social cuya vigencia todavía data de la época del presidente Lyndon Johnson, en la década de 1960.
La caída en la popularidad de Biden debería haber persuadido a los demócratas a unirse detrás de su líder, pero los progresistas ven una oportunidad de oro para impulsar sus programas de bienestar social y no están dispuestos a retroceder, poniendo en peligro no solo el legado del presidente Biden sino el papel clave de Estados Unidos.
