sábado 26  de  septiembre 2026
OPINIÓN

Dentro del socialismo estadounidense: quiénes son, qué quieren y cómo buscan el poder

Hablar de “socialismo estadounidense” como si se tratara de una sola corriente conduce a error. Bajo esa etiqueta conviven socialistas democráticos, marxistas, marxistas-leninistas, trotskistas y grupos abiertamente revolucionarios

Por FRANK ZIMMERMAN

El socialismo ha dejado de ser una palabra marginal en la política estadounidense. Está en campañas electorales, sindicatos, universidades, movimientos sociales y organizaciones que buscan transformar el sistema desde dentro o reemplazarlo por otro.

Hablar de “socialismo estadounidense” como si se tratara de una sola corriente conduce a error. Bajo esa etiqueta conviven socialistas democráticos, marxistas, marxistas-leninistas, trotskistas y grupos abiertamente revolucionarios. Comparten una crítica al capitalismo, pero discrepan sobre el Partido Demócrata, las elecciones, el mercado, la propiedad privada, la organización del poder y, sobre todo, sobre cómo avanzar hacia una sociedad socialista. Entender esas diferencias permite ver un fenómeno mucho más amplio, fragmentado y complejo de lo que suele sugerir el debate público.

Para entender este entramado, el mejor punto de entrada es el Democratic Socialists of America, DSA. En julio de 2026, el DSA anunció haber alcanzado los 120.000 miembros y se presentó como la mayor organización socialista estadounidense. No es formalmente un partido: combina campañas electorales, actividad sindical, organización comunitaria y acción directa. Su concepción del socialismo democrático no se limita al Estado de bienestar: el DSA sostiene que el capitalismo debe ser reemplazado y propone formas de propiedad colectiva sobre sectores económicos fundamentales, al tiempo que afirma rechazar los modelos autoritarios y reivindica una “vía democrática al socialismo”.

El DSA funciona como una gran carpa de caucuses con posiciones diferentes sobre estrategia, estructura partidaria y objetivos. El Bread & Roses, por ejemplo, se define como socialista marxista, coloca la lucha de clases y el movimiento sindical en el centro de su proyecto y propone construir un movimiento de masas capaz de arrancar concesiones a las élites económicas y, eventualmente, desplazarlas del poder.

Otras corrientes utilizan un lenguaje más próximo a la tradición revolucionaria clásica. El Marxist Unity Group plantea como horizonte una sociedad sin mercado, fronteras ni clases, que identifica con el comunismo, y propone además abolir la Presidencia, el Colegio Electoral y el Senado. El Reform & Revolution se define como marxista y pretende convertir al DSA en una fuerza capaz de realizar una revolución socialista, “desmantelar” el Estado capitalista y construir un Estado de trabajadores. Entre sus referentes menciona a Marx, Engels, Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky.

Esto no significa que esas corrientes rechacen las elecciones. La clave es distinguir entre participar en las instituciones existentes y considerarlas el destino final. Para algunos, conquistar cargos permite obtener reformas; para otros, las elecciones sirven además para construir organización y capacidad política con vistas a una transformación posterior. El desacuerdo no siempre consiste en participar o no, sino en determinar para qué se participa.

Ahí surge una discusión central: qué hacer con el Partido Demócrata. La estrategia del dirty break propone utilizar temporalmente su línea electoral mientras se construye una organización socialista independiente capaz de separarse en el futuro. El party surrogate busca que el DSA asuma funciones de un partido propio, aunque sus candidatos sigan compitiendo en primarias demócratas. El realignment apuesta por desplazar al Partido Demócrata hacia la izquierda. Otros sectores favorecen una ruptura más rápida y la creación de un partido socialista independiente.

Existe además la estrategia del dual power, vinculada principalmente a corrientes libertarias y anarquistas. Su prioridad no es conquistar cargos, sino fortalecer sindicatos, cooperativas y otras estructuras capaces de acumular poder social fuera de las instituciones tradicionales. Para unas corrientes, el sistema electoral es el principal vehículo de transformación; para otras, una herramienta provisional o apenas uno de varios terrenos de lucha.

Fuera del DSA, el panorama de organizaciones socialistas y revolucionarias en Estados Unidos es aún más amplio. El Party for Socialism and Liberation, PSL, declara que existe para luchar por el socialismo en Estados Unidos y propone un “gobierno socialista revolucionario” que reemplazaría al actual y asumiría la planificación de la economía. El Revolutionary Communists of America, RCA, constituido en Filadelfia en julio de 2024, afirma que busca organizar una fuerza capaz de conducir a la clase trabajadora al “derrocamiento revolucionario del capitalismo”. Junto a ellos actúan otras corrientes marxistas-leninistas, trotskistas y feministas.

El resultado es una constelación que comparte una crítica profunda del capitalismo, pero mantiene desacuerdos sustanciales sobre democracia, partido, centralización, elecciones y velocidad del cambio. Sería incorrecto convertir al socialismo democrático, al marxismo-leninismo y al comunismo revolucionario en una sola doctrina, pero también presentarlos como mundos herméticamente separados cuando algunas de esas corrientes conviven dentro de una misma organización y debaten cómo construir poder político.

Por debajo de esas diferencias aparece un lenguaje común que ayuda a entender por qué movimientos distintos terminan encontrándose en causas similares. La crítica anticapitalista se cruza con la política identitaria, el feminismo interseccional y, en sus expresiones más radicales, con propuestas como la abolición de la policía y de las prisiones. No todas comparten esas posiciones, pero buena parte de ese universo interpreta la sociedad mediante una matriz recurrente: opresores y oprimidos. La clase económica es una dimensión, pero no la única; raza, sexo, género e identidad pueden incorporarse a un entramado de relaciones de poder que la interseccionalidad pretende explicar de manera conjunta.

Desde esa perspectiva adquieren sentido discursos sobre la “blanquitud”, el cuerpo, los privilegios y la transformación de estructuras culturales que supuestamente reproducen esas jerarquías. Esa capacidad de ofrecer una explicación general de la sociedad —con categorías de dominación, privilegio, culpa, conciencia y emancipación— lleva a algunos críticos a comparar esta cosmovisión con una suerte de religión política, más que con un simple programa económico.

Al recorrer ese mapa aparece otro hilo que, para alguien que viene de Cuba, resulta difícil pasar por alto.

La relación de sectores de la izquierda radical estadounidense con el régimen cubano comenzó mucho antes de que existiera el DSA. En 1969 nació la Venceremos Brigade, impulsada por activistas vinculados a Students for a Democratic Society, SDS, y otros sectores de la Nueva Izquierda. Su primer contingente viajó a Cuba durante la zafra de 1969-1970 para cortar caña y conocer directamente la Revolución. Durante la década siguiente, varios miles de activistas estadounidenses participaron en esos viajes.

Lo significativo es que ese vínculo reapareciera bajo nuevas organizaciones y generaciones. En 2019, la Convención Nacional del DSA aprobó una resolución de solidaridad con la “lucha socialista cubana”, condenó el embargo estadounidense y ordenó profundizar la cooperación con organizaciones de solidaridad con la isla. Actualmente, el Cuba Solidarity Working Group del DSA continúa promoviendo campañas contra el embargo y las sanciones.

El acercamiento tampoco es puramente retórico. En octubre de 2025, el DSA envió a Cuba una delegación de 40 dirigentes electos y miembros de capítulos de distintas partes del país. Según el propio informe de la organización, los participantes visitaron instituciones cubanas, se reunieron con trabajadores, médicos y funcionarios, entre ellos el viceministro de Relaciones Exteriores Carlos Fernández de Cossío, y agradecieron a la agencia Amistur y al Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos, ICAP, por facilitar el viaje.

Ese vínculo adquirió una dimensión adicional en 2026. El 4 de junio, Estados Unidos incluyó al ICAP y a Amistur en la lista de entidades sancionadas, identificando al primero como una agencia o instrumento del gobierno cubano. Dos meses después, el Departamento de Estado sancionó además a tres altos dirigentes del ICAP y acusó al gobierno cubano de utilizar redes vinculadas a intercambios educativos y culturales para identificar, captar y radicalizar simpatizantes en Estados Unidos.

Las medidas adoptadas por el gobierno estadounidense añaden un contexto relevante a las relaciones que el propio DSA documentó con esas instituciones. Al mismo tiempo, conviene hacer una distinción: oponerse al embargo no equivale, por sí solo, a respaldar el sistema político cubano. En 2014, por ejemplo, el DSA declaró su apoyo a la “plena democracia y los derechos humanos” en Cuba y defendió explícitamente el derecho a disentir y a formar asociaciones y partidos políticos libres. Esa posición forma parte de su registro público y debe leerse junto con sus posteriores declaraciones de solidaridad con la Cuba socialista.

No todas las organizaciones de este mapa miran hacia La Habana de la misma manera, ni esos vínculos demuestran que pretendan reproducir en Estados Unidos el sistema cubano. Lo que sí documentan es una continuidad histórica: desde sectores de la Nueva Izquierda de los años sesenta hasta corrientes del socialismo estadounidense actual, Cuba ha conservado un lugar singular como referencia política, destino de delegaciones y objeto de solidaridad ideológica.

Por eso, quizá la pregunta menos interesante sea la más repetida: “¿son socialistas?”. Ellos mismos suelen responderla con claridad. Las preguntas más reveladoras comienzan después: ¿qué entienden por socialismo?, ¿qué instituciones quieren transformar?, ¿qué lugar reservan al mercado y a la propiedad privada?, ¿qué relación imaginan entre poder económico y poder político?, ¿qué límites establecen al Estado?, ¿y mediante qué estrategia concreta pretenden alcanzar sus objetivos?

Al abandonar las etiquetas y examinar programas, facciones, alianzas y métodos aparece el verdadero mapa del socialismo estadounidense.

Frank Zimmerman es asesor estratégico y productor ejecutivo de Contracorriente en el Adam Smith Center for Economic Freedom de Florida International University.
Consultor y comentarista político, es autor de 12 mitos sobre Cuba y de numerosos artículos sobre libertad, democracia y autoritarismo en América Latina.

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