“El capitalismo no es un modelo adecuado para Cuba, ya que pudiera traer consigo desigualdades económicas y sociales.” Miguel Díaz-Canel.
La propaganda de igualdad en Cuba choca con la realidad de dos tipos de pan: el escaso para la libreta y el gourmet para el mercado en divisas, evidenciando la profunda división social.
“El capitalismo no es un modelo adecuado para Cuba, ya que pudiera traer consigo desigualdades económicas y sociales.” Miguel Díaz-Canel.
Hay cosas que deberían ser normales en cualquier país: tener pan. No estoy hablando del foi gras que el Cangrejo quiere que los cubanos puedan comprar en los mercados, ni de salmón ahumado ni del filete Tomahawk que venden en uno de los tres restaurantes de la hija del defenestrado Carlos Lage en ciento catorce dólares. Que al cambio actual serian anos del salario promedio. Hablo de pan. Harina, agua, levadura, sal y un horno. Una combinación que no debería ser una hazaña económica, una operación militar ni una cola de varias horas.
Pero estamos hablando de Cuba.
En el paraíso de los Castro, conseguir un buen pan se ha convertido en una aventura que te puede tomar la mitad del día. El pan de la libreta, cuando aparece, puede llegar duro, pequeño, mal elaborado, con una textura que desafía cualquier definición de alimento fresco. A veces parece que no salió del horno, sino de una excavación arqueológica.
Hay que hacer la cola, esperar. Volver a esperar. Preguntar si llegó el pan. Preguntar cuánto queda. Mirar hacia adelante para calcular cuántas personas faltan. Entonces, rezar para que cuando finalmente llegue el turno todavía quede alguno y no olvidar llevar la javita porque el servicio al consumidor no figura entre los logros de la revolución. En Cuba hasta comprar pan puede convertirse en una prueba de resistencia.
Lo triste es que, mientras el cubano de a pie espera por un pan que muchas veces es más duro que una piedra, en la misma isla han proliferado negocios donde el pan es otra cosa completamente distinta.
Pan caliente. Pan recién horneado. Pan crujiente. Pan dorado. Pan artesanal. Pan elaborado con técnicas que, aparentemente, sobrevivieron al bloqueo, a la crisis económica, a la falta de combustible, a la escasez de harina y a todos los demás males que, según el discurso oficial, explican buena parte de lo que ocurre en Cuba. Será un milagro o un espejismo?
Aparece en restaurantes, cafeterías y nuevos negocios privados donde se sirve como acompañante de platos que el cubano que depende de la libreta de racionamiento difícilmente puede permitirse. Allí el pan ya no es simplemente pan. Se transforma en una pieza gastronómica. Hay panes artesanales, hamburguesas adornadas con esmero, sándwiches enormes, panes rellenos de jamón, tostados, brioche, panes con semillas, croissants desbordados de dulce de leche, chocolate, natilla y todo tipo de combinaciones que parecen pertenecer a otra Cuba.
Una Cuba que, curiosamente, sí tiene harina y hornos, creatividad y panaderos que saben de especialidades para clientes con dólares para poder comprarlos.
No tienes que ir al restaurante, solo entrar en las redes sociales donde verás los videos de restaurantes recién inaugurados y comensales disfrutando la experiencia culinaria, saboreando los olores y colores y algunos hasta chupándose los dedos mostrando platos que parecen sacados de una ciudad donde no existen apagones ni colas. Hasta el servicio diario de entregarlo en la puerta de tu casa. Allí está el pan. Caliente. Esponjoso. Crujiente. Perfectamente presentado. El pan que no llega a la bodega llega al restaurante.
El pan que escasea para el desayuno, pero aparece como acompañante de una comida sofisticada.
El pan que el Estado no consigue garantizar para millones de cubanos aparece convertido en ingrediente de una hamburguesa gourmet.
Y uno comienza a preguntarse si el problema realmente es el pan.
Lo que parece haber desaparecido es el derecho del cubano común a disfrutar de ese mismo producto. Ahí está la verdadera ironía.
Le vendieron la mentira al pueblo que socialismo garantizaría las necesidades básicas de todos. Que nadie tendría que preocuparse por las necesidades esenciales. Que la sociedad sería más justa porque los recursos serían distribuidos de manera equitativa. El pan debía ser uno de esos símbolos de igualdad.
Pero la realidad terminó fabricando dos panes. Está el pan del pueblo:el que se consigue haciendo cola, pequeño, duro y escaso.
Y está el pan de la nueva clase: caliente, abundante, bonito y servido en establecimientos donde una comida puede costar varias veces el salario mensual de un obrero.
El primero se compra porque hace falta llenar los estómagos. El segundo se compra porque hay dólares y esa diferencia cuenta una historia mucho más elaborada que la del pan.
Cuenta la historia de una sociedad donde la escasez no afecta a todos de la misma manera.
Para el cubano que depende de la libreta, el pan es una necesidad. Para quien puede pagar en dólares, es una experiencia gastronómica.
Y, sin embargo, el pan que falta en la mesa familiar aparece mágicamente cuando hay capacidad de pago. Qué curioso concepto de escasez.
Parece que en Cuba hay productos que no desaparecen. Simplemente cambian de dirección. No llegan a la cola. Llegan al cliente que puede pagarlos.
Entonces: ¿cómo es posible que un país que constantemente culpa al bloqueo tenga negocios donde se ofrecen panes artesanales, calientes y crujientes?
La respuesta no necesita demasiada imaginación. El problema no es únicamente producir. Es quien puede acceder a lo producido. Mientras tanto, el cubano que espera su pan mira el reloj. Una hora, dos, tres, tal vez más. Y cuando finalmente llegas a casa con aquella pequeña pieza, posiblemente dura y mal elaborada, hay que agradecer que haya llegado.
En otra parte de la ciudad, alguien corta un pan recién horneado, crujiente por fuera y suave por dentro, y lo sirve de acompañante de una elaborada cena con productos que tampoco llegan por la libreta. Las dos cosas ocurren en la misma Cuba. Esa es quizá la imagen más perfecta de la desigualdad que está produciendo la isla.
Unos hacen cola por pan. Otros hacen negocios con él. Unos cuentan las monedas para comprarlo. Otros lo convierten en una experiencia gastronómica. Unos esperan que llegue, frío y tieso. Otros lo sirven calientico y sabroso.
Mientras tanto, la propaganda sigue hablando de igualdad. Quizás algún día los historiadores que estudien esta etapa de Cuba no necesiten grandes discursos para explicar lo ocurrido.
Les bastará una fotografía. De un lado, una cola interminable frente a una panadería. Del otro, una mesa elegante con, mariscos, carnes o pescado y un pan dorado, recién salido del horno. Dos panes. Una Cuba. Y una sola pregunta: ¿Dónde está la igualdad revolucionaria? ¿Dónde dejaron el marxismo?
Porque aparentemente, hasta el pan aprendió que en el socialismo cubano hay una nueva clase que no tiene que hacer cola para comer buen pan.
