En Europa –donde existe un sistema de sanidad universal que cubre incluso a los indocumentados– casi nadie entiende el contencioso del Obamacare.

Es lógico. Hay que haber vivido en Estados Unidos los últimos años para conocer las pasiones que despierta la sola mención de la regulación sanitaria impulsada por Obama. Para los demócratas, constituye un epítome de la visión social, uno de los máximos logros de la historia de la presidencia y lo mejor del legado de Obama. Para los republicanos, es un desastre sin paliativos, una fuente de gastos disparatados y un ataque frontal contra la libertad. Ambas visiones rezuman no poca demagogia e incluso algunas gotas de hipocresía. De entrada, el Obamacare es, sustancialmente, el programa de sanidad que George W. Bush quiso impulsar en un segundo mandato y que naufragó porque lo imposibilitaban dos guerras todavía inconclusas y una crisis económica.

Teniendo en cuenta que el gasto de la guerra de Irak, sólo hasta 2010, hubiera cubierto los gastos sanitarios de toda la población de Estados Unidos durante cincuenta años es comprensible. Fundamentalmente, el programa de G.W. Bush trataba de no tocar el oligopolio sanitario y farmacéutico y cargar los gastos sobre el presupuesto, evitando, como fuera, la creación de un sistema sanitario público de calidad como el que existe en naciones como Francia o tan cerca de nosotros como el Canadá. No tengo la menor duda de que si Bush hubiera logrado presentar su plan, no pocos republicanos lo habrían respaldado. Viniendo de Obama, sin embargo, sólo podía ser un fruto del Arverno.

Por otro lado, es difícil negar –no pocos demócratas lo reconocen fuera de micrófono– que la presentación del Obamacare fue una calamidad indigna de una nación avanzada y que cuesta un dineral precisamente porque pretende conservar los privilegios de la industria médica y, a la vez, extender la cobertura sanitaria al conjunto de los habitantes de Estados Unidos.

Sé que el tema de la obligatoriedad también es materia sensible para millones de norteamericanos, pero creo que no podemos engañarnos. Resulta ridículo clamar contra la obligatoriedad de un seguro médico y aceptar sin rechistar el seguro obligatorio del automóvil a menos, claro está, que se considere que un vehículo es más importante que la salud y la vida de un ser humano.

En realidad, lo cierto es que para muchos pesa más el deseo de no tener que pagar un seguro pensando que no lo necesitan y que, incluso, llegado el caso, si no lo tienen, el hospital acabará asumiendo los gastos al menos de los que tienen menos ingresos.

Esta combinación ha terminado llevando a un callejón sin salida. Por un lado, los demócratas se empeñan en no reformar un más que defectuoso Obamacare como si fuera el Evangelio y, por otro, los republicanos sienten el vértigo ante las consecuencias de quitar la cobertura médica a más de veinte millones de personas. El resultado es que nadie va a apoyar a Trump en su plan de liquidación del Obamacare sin sustituirlo por algo medianamente presentable y la idea de que todo reviente es meramente un disparate. Al final, como siempre, el sistema médico es el que se embolsará el dinero.

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