El término, “el color de la ley”, o Color of Law” en inglés, se refiere a una apariencia legal o la pretensión de que una acción se realiza al amparo de ésta, pero que en esencia es ilegal. Es como el intento de ajustar lo estipulado de acuerdo a las circunstancias, y darle una apariencia lícita a un acto que no la tiene.

Según el Departamento de Justicia, el color de la ley se refiere a actos no solo realizados por funcionarios federales, estatales o locales, sino también actos realizados más allá de los límites de la autoridad legal de este funcionario. En estatuto incluyen policías, carceleros, jueces y funcionarios públicos.

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Según la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos, el “ color de la ley’ es un delito porque valiéndose de la autoridad conferida por una institución, una o más personas utilizan esa autoridad para privar a otra de un derecho establecido en la Constitución o las leyes.

Individuos de todas las razas, etnias, edades o géneros han sido sometidos a alguna forma de violencia policial que implica uso excesivo de fuerza física, falsos arrestos, intimidación, abuso sexual o racismo.

La violencia policial, aunque no es generalizada, tiene una larga historia en muchos países y también en Estados Unidos.

Durante los años 1920 en ciudades como Nueva York y Chicago se utilizaron tácticas ilegales en contra de comunidades de inmigrantes italianos, a fin de combatir el crimen organizado.

De igual manera, en 1943 oficiales del Departamento de Policía de Los Ángeles fueron cómplices de ataques contra de mexicanoestadounidenses en los llamados disturbios de Zoot Suit, y en Nueva York el acoso regular a homosexuales y personas transgénero terminó prácticamente con los disturbios de Stonewall en 1969.

Igualmente, musulmanes han sido hostigados luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, pero la mayoría de las víctimas que han perdido la vida en manos de agentes de la ley han sido afroamericanas.

El último suceso tiene que ver con un video que ha dado la vuelta al mundo y muestra a George Floyd, de 46 años, luchando por respirar mientras un agente de la ley presionaba su rodilla sobre su cuello hasta quitarle la respiración y la vida.

Su muerte, bajo custodia policial, abrió nuevamente una caja de Pandora que condujo a manifestaciones que comenzaron en Minneapolis, donde tuvo lugar el incidente, y se extendieron a otras 50 ciudades, incluyendo Washington DC.

Sin embargo las protestas pacíficas en contra de la violencia racial y la discriminación en general, impulsadas por el ansia de cambio, fueron eclipsadas cuando grupos de infiltrados dejaron a su paso destrucción y caos.

La violencia desatada llevó al fiscal general William Barr a decir que “las voces de protesta pacífica estaban siendo secuestradas por elementos radicales violentos".

Por lo pronto, uno de los cuatro oficiales involucrados en los hechos de Floyd, Derek Chauvin, fue arrestado y acusado de asesinato y homicidio involuntario en tercer grado.

Apartando estos condenables hechos de vandalismo, es difícil obviar que el sesgo racial,persiste en pleno siglo XXI.

Aunque la Guerra Civil abolió oficialmente la esclavitud, no logró poner fin a la segregación contra los afroamericanos, especialmente en el sur del país.

Los movimientos pro derechos civiles tuvieron su momento culminante durante las décadas de 1950 y 1960.

En Georgia, por ejemplo, uno de los epicentros tradicionales de la cultura sureña, los derechos civiles representaron tanto un desafío como una oportunidad.

Figuras públicas, como el reverendo Martin Luther King, Jr., lograron darle un sentido nacional a la lucha pacífica por la igualdad de derechos.

Cuando en 1964 el presidente Lyndon B. Johnson firmó la Ley de Derechos Civiles, se consideró un gran avance pues prohibía la discriminación en base a raza, religión, sexo u origen en escuelas, lugares de trabajo e instituciones públicas, gracias a una secuencia de eventos que tuvo su punto de partida en la decisión de la Corte Suprema al declarar que la segregación en las escuelas era inconstitucional.

Ahora, la muerte de George Floyd ha avivado las pasiones, pero igualmente ha demostrado que la solidaridad aun en momentos difíciles sigue presente.

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