Hubo un tiempo en que el cuento chino era reconocible a simple vista. Por ejemplo, alguien afirmaba que la fabricante china de chips SMIC había roto el techo de los tres nanómetros sin litografía extrema ultravioleta. Otro aseguraba que una automotriz de Shenzhen vendería cinco millones de vehículos eléctricos en Europa el año siguiente. También se publicaba que un modelo de lenguaje entrenado en un centro de datos de Hangzhou superaba a los occidentales en todos los benchmarks. El lector occidental entrenado desestimaba esos relatos con un gesto mínimo. La maquinaria propagandística china, durante años, padeció el defecto de contar demasiado y probar poco.
Algo cambió porque el cuento chino de segunda generación ya no se parece a sus versiones anteriores. Simula un análisis financiero publicado en hedge funds o fondos de cobertura de Nueva York y los boletines especializados de Londres. Tiene el tono mesurado del consultor que vio demasiado, cita fuentes reservadas en Hong Kong y Singapur, emplea la jerga correcta con términos tales como ingresos anuales recurrentes, poder de fijación de precios, aciertos de caché, dilución de márgenes. Al mismo tiempo, incorpora metáforas cultas, como la comparación de la industria de la inteligencia artificial (IA) con la industria automotriz alemana. Desliza las afirmaciones centrales entre párrafos técnicamente irreprochables, de modo que el lector ya no sabe dónde termina el dato y dónde empieza la narrativa.
Un texto publicado esta semana en Hong Kong ilustra la mutación. La autora, una periodista con sede también en ese puerto chino, escribe para una audiencia occidental sofisticada y entrevista a tres inversores allí. Estos son un banquero en Singapur y ejecutivos no identificados de los laboratorios chinos de IA. El único interlocutor que figura en acta es un directivo de Z.ai; el resto conversa escondido por el anonimato. De esa materia opaca surge el diagnóstico que los laboratorios chinos habrían alcanzado poder de fijación de precios, habrían elegido clientes de calidad por encima de clientes de volumen, crecerían a ritmo de tres dígitos anuales y sus modelos costarían un 70% menos que los occidentales equivalentes. La narrativa se cierra con elegancia. Así, el mercado global de la IA se parecerá a la industria automotriz alemana, y cada laboratorio chino encontrará su nicho entre Rolls-Royce y Volkswagen.
El problema no es que las afirmaciones sean falsas, puesto que algunas son ciertas. La cuestión es que son parciales, están descontextualizadas y omiten los datos que las invalidarían.
El crecimiento de tres dígitos existe, pero parte de una base minúscula. Por ejemplo, la empresa de IA generativa Zhipu facturó en 2022 unos ¥57 millones de yuanes, creció a ¥312 millones en 2024 y a ¥724 millones en 2025. Traducido a dólares, hablamos de alrededor de $100 millones de facturación anual. Anthropic y OpenAI facturan decenas de miles de millones. Similar a Zhipu, MiniMax, cerró 2025 con $79 millones de dólares de ingresos y una pérdida neta de $1870 millones. Su relación deuda-activos supera el 340%. Ningún análisis occidental mínimamente serio omitiría esas cifras al evaluar la fortaleza comercial de la compañía. El artículo de AI Proem las ignora íntegramente.
La comparación de precios tampoco resiste el escrutinio. El modelo GLM-5.1 de Zhipu se compara contra Claude Sonnet 4.6 y queda un 70% más barato en precio de salida. La comparación es conveniente y engañosa. El propio laboratorio de Zhipu, o Z.ai, posiciona internamente su modelo contra Claude Opus 4.6, que es el modelo premium de Anthropic, no contra Sonnet, que es el modelo medio. Elegir el benchmark más caro para medir el descuento es una decisión editorial que nadie declara. Además, el precio oficial de Z.ai de $1 dólar por millón de tokens de entrada se convierte en $1,40 cuando se accede a través de plataformas de terceros; y así es como accede la mayoría de los desarrolladores occidentales. El descuento real es menor que el descuento declarado. Por otra parte, GLM-5.1 no procesa entradas multimodales, mientras Sonnet sí las procesa. Comparar precios sin normalizar capacidades es la operación básica de todo vendedor que exagera.
El silencio sobre el contexto político es todavía más elocuente. Zhipu figura en la Entity List del Departamento de Comercio de Estados Unidos desde enero de 2025 por presuntos vínculos con el aparato militar chino. Ni Zhipu ni MiniMax poseen chips propios ni centros de datos propios. Su cómputo proviene de proveedores de nube expuestos a las restricciones de suministro de semiconductores avanzados. Dos tercios de los ingresos de MiniMax provienen de consumidores individuales, no de empresas, lo cual implica un modelo radicalmente más frágil que el que sugieren las comparaciones con Anthropic. Sin embargo, nada de esto aparece en el artículo.
La captura informativa se acumula, ya que ninguna de las omisiones, tomada aisladamente, constituye desinformación. Sin embargo, la suma configura un género nuevo. Periodistas occidentales con acceso privilegiado a los laboratorios chinos producen textos que reproducen, sin contraste, el consenso de sus fuentes. Los fondos de cobertura que justifican posiciones largas en empresas chinas amplifican esos textos. Las conferencias organizadas en Singapur y Hong Kong, financiadas en parte por esos mismos laboratorios, proveen el circuito de legitimación. Cuando el texto llega al lector, ya pasó por tres capas que lo presentan como análisis independiente. Nadie miente, solo que cada eslabón omite lo mismo.
La sofisticación del cuento chino de segunda generación radica en haber comprendido la psicología del lector occidental escéptico. Este descree de las afirmaciones directas y acepta las implícitas. Es decir, no confía en la propaganda, aunque acepta al periodista. Así, se toma del gobierno chino, pero se cree al inversor de Hong Kong, por lo tanto, deja de lado la estadística oficial china y se lo reemplaza con un ejecutivo anónimo que conversa en un restaurante de Marina Bay.
La pregunta que se abre es cómo leer los próximos cinco años de cobertura especializada. La respuesta exige tratar cada texto como lo que ahora es, un documento producido en un ecosistema donde las fuentes, los canales de distribución y los intereses financieros están correlacionados de maneras que el lector no ve. Ahora, la sospecha deja de ser un gesto paranoico y se vuelve higiene epistemológica básica.
El cuento chino viejo se reconocía porque contaba demasiado, el nuevo se reconoce porque omite con precisión quirúrgica. Lo primero es fácil de detectar, sin embargo, la nueva versión no lo es.
Las cosas como son
Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.