Antes de perder la vida el 17 de marzo de 2026, el iraní Ali Larijani dejó tres libros publicados sobre Immanuel Kant. Uno sobre el método matemático en su filosofía, otro sobre la metafísica y las ciencias exactas y un tercero sobre la intuición y los juicios sintéticos a priori. Fue, por formación y por producción académica, un especialista en el pensador que puso la dignidad humana en el centro de la ética occidental. Desde enero de 2026, según The New York Times, Larijani es el hombre que efectivamente gobierna Irán. Y fue él quien estuvo a cargo de aplastar, con fuerza letal, las protestas que pedían el fin del régimen islámico.
El dato es un diagnóstico. Kant construyó el imperativo categórico sobre una premisa que consideraba irrefutable: nunca tratar a un ser humano como un medio para un fin, sino siempre como un fin en sí mismo. Es la base de toda su ética. Larijani la conocía con precisión técnica y la analizó en detalle. Y la violó de manera sistemática cada vez que ordenó un ataque contra ciudadanos que salían a la calle.
Ahí está el núcleo del problema porque la filosofía kantiana no es inocente en este punto. Kant construyó un sistema de una complejidad extraordinaria, con una arquitectura que permite al intérprete moverse con libertad dentro de sus categorías. El deber no se deriva de las consecuencias sino de la forma de la máxima. La ley moral cubre el universo, pero su contenido concreto requiere interpretación.
El reino de los fines es un ideal regulativo, no una descripción del mundo real. Un lector hábil, con motivaciones determinadas, puede encontrar en Kant un andamiaje para justificar casi cualquier cosa que se presente como obediencia a una ley superior, como sometimiento a un orden que trasciende las preferencias individuales o sacrificio de lo particular en nombre de lo universal.
Larijani no llegó al autoritarismo a pesar de Kant, sino que hay razones para pensar que llegó a través de él.
La elección filosófica de estos hombres no es aleatoria. El filósofo del régimen no estudió a John Locke, cuya teoría política arranca del individuo y sus derechos naturales. No estudió a Adam Smith, para quien el mercado es el resultado emergente de millones de decisiones individuales descentralizadas. Tampoco profundizó en John Stuart Mill, que puso la libertad de expresión y la tolerancia como condiciones de cualquier sociedad decente. Estudió al filósofo que construyó la ética como obediencia a la ley racional, que desconfió del sentimiento y de la experiencia como fundamentos morales, que pensó el deber en términos de universalidad abstracta antes que de consecuencias concretas para personas reales.
La filosofía continental, en su rama más austera, ofrece algo que las tradiciones empíricas y liberales no ofrecen, como la posibilidad de elevar la propia certeza al rango de ley universal. El que cree tener acceso a lo que la razón exige puede, desde esa posición, tratar el disenso ajeno no como una opinión legítima sino como una desviación de lo racionalmente necesario.
Esa estructura de pensamiento es funcional al poder autoritario de una manera que el pragmatismo anglosajón, con su desconfianza de los grandes sistemas y su apego a los resultados verificables, no lo es.
Kant no es responsable por Larijani, sino que ciertos sistemas filosóficos son más instrumentalízales que otros. La filosofía del sentido común, la tradición analítica, el empirismo político, tienen resistencias internas contra el mesianismo. Están construidas sobre la duda, sobre la revisión, sobre la primacía de los hechos sobre las categorías. La filosofía kantiana en manos de alguien que ya tiene una conclusión, y esa es que el régimen islámico encarna una ley superior, provee el lenguaje técnico para revestir esa conclusión de necesidad racional.
Larijani no fue un hipócrita que aprendió ética para después ignorarla. Fue algo más perturbador, un intelectual que usó una tradición filosófica sofisticada para construir la arquitectura conceptual de su propia convicción. El régimen no es para él una preferencia política. Es, con toda probabilidad, una derivación de algo que percibe como racionalmente obligatorio. Y esa certeza es lo que lo hace peligroso.
Los hombres que matan por ideología son peligrosos. Los hombres que matan porque están convencidos de que la razón misma los obliga a hacerlo son otra cosa, porque son inapelables.
No hay argumento que los alcance porque esto ya está incorporado al sistema que los sostiene. Cualquier objeción es, desde adentro de esa estructura, simplemente una manifestación de razonamiento defectuoso o de interés particular que se disfraza de principio.
Tres libros sobre Kant no atenuaron lo que Larijani hizo, lo explica.
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