martes 16  de  junio 2026
OPINIÓN

El fin del corredor de hipotecas

Un análisis preciso para contar las cosas como son

Por Mookie Tenembaum

Durante un siglo entero la compra de una vivienda fue el acto más solemne de la vida económica de una persona corriente. El cliente acudía a un intermediario llamado corredor de hipotecas. Este comisionista conocía los productos, las tasas y las exigencias particulares de cada banco; luego cobraba un porcentaje por orientar al solicitante hacia el préstamo más adecuado. Su autoridad descansaba en un saber acumulado durante años de trato con las entidades. Sin embargo, hoy ese oficio se aproxima al final de su historia.

El fenómeno no ocurre en un país aislado. En el Reino Unido funcionan 18.500 firmas dedicadas al corretaje hipotecario y una sola persona compone casi la mitad de estas. En Estados Unidos trabajan unos 25.000 corredores. El sector aporta cifras semejantes en Australia, Canadá y los grandes mercados europeos. La estructura siempre fue la misma. Una multitud de pequeños intermediarios que viven de la comisión sobre cada operación cerrada.

La pregunta de fondo es simple, ¿para qué sirve un corredor de hipotecas? Este procesa información que el cliente no tiene tiempo de trabajar, conoce las particularidades del catálogo de cada banco, interpreta documentos financieros y anticipa el resultado de una solicitud. Todas esas tareas son tareas de información y es exactamente lo que los nuevos sistemas de inteligencia artificial procesan mejor que cualquier humano.

Los datos del último año describen una migración silenciosa. Una encuesta de TD Bank publicada en marzo de 2026 reveló que el 55% de los consumidores norteamericanos ya recurrió a sistemas de inteligencia artificial para tomar decisiones financieras. Doce meses antes esa cifra era del 10%. Entre los menores de 30 años el porcentaje trepa al 77%.

Ernst & Young midió el fenómeno en 23 países y encontró que casi la mitad de los consumidores globales consultaron sistemas automatizados en los últimos seis meses para decisiones sobre ahorro e inversión. Una firma de datos inmobiliarios llamada Cotality publicó en abril que el treinta y dos por ciento de los compradores de vivienda usaron inteligencia artificial para investigar hipotecas. Por su parte, otro 48% planeaba hacerlo en lo que resta del año.

La cifra decisiva pertenece a un sondeo británico realizado por Lloyds Bank. Más de uno de cada cinco encuestados consultó sistemas automatizados para asesoramiento hipotecario directo. No para informarse sobre la mecánica del préstamo, sino recibir consejo sobre cuál tomar. Esa frontera era el patrimonio exclusivo del corredor.

La defensa del gremio se apoya en tres argumentos y conviene examinarlos uno por uno.

El primer argumento sostiene que los sistemas automatizados cometen errores y recomiendan productos inexistentes o ignoran requisitos particulares de los bancos. Así, engañan al cliente con sugerencias inviables. El argumento describe una realidad presente, pero proyecta un futuro inverosímil porque los corredores humanos también tienen fallos. Nadie midió la tasa de equivocación del comisionista promedio frente a la tasa óptima del mercado. La calidad de los sistemas mejora cada trimestre, pero la del corredor humano permanece estable desde hace décadas. El choque de curvas es matemáticamente previsible.

El segundo argumento sostiene que la inteligencia artificial carece de empatía y no detecta la vulnerabilidad del cliente al no interpretar las señales sutiles sobre planes familiares o aversión al riesgo. Este es un atributo real, pero confunde el rol del corredor con el rol del terapeuta. El comprador de una vivienda quiere una hipoteca conveniente, y la empatía del corredor jamás formó parte del valor económico del servicio, fue siempre un adorno gratuito.

El tercer argumento sostiene que las regulaciones impedirán la sustitución completa. Los bancos deben justificar sus decisiones y los algoritmos funcionan como cajas negras imposibles de auditar. El argumento confunde el estado actual con el futuro de la normativa. La autoridad financiera del Reino Unido autorizó en abril una segunda tanda de firmas para probar aplicaciones de inteligencia artificial, entre ellas figuran Barclays, Lloyds y Experian. Los reguladores no construyen muros contra la tecnología sino marcos para administrarla.

Sin embargo, la verdadera condena del oficio no proviene de la regulación ni del cliente. La aritmética interna del negocio se impone. Un corredor de hipotecas vive de la comisión sobre cada operación cerrada y la mayor parte de su volumen procede de operaciones simples. Préstamos estándares para compradores con ingresos verificables y propiedades convencionales, esa es la masa estadística que sostiene al gremio. Si los sistemas automatizados absorben ese segmento, el ingreso bruto del corredor se derrumba, y sólo quedarán los casos complejos.

Las tareas quedarán limitadas a préstamos para trabajadores autónomos, propiedades irregulares y situaciones financieras enmarañadas. Un nicho minúsculo no puede sostener una estructura de 18.500 firmas en un país con 25.000 profesionales.

La velocidad del fenómeno también merece atención. Goldman Sachs estimó que la inteligencia artificial ya reduce el empleo norteamericano en unos 16.000 puestos por mes. Esa cifra mide el promedio actual. El Foro Económico Mundial proyectó la desaparición de 85 millones de empleos hacia el final de la década. Los corredores de hipotecas no figuran en los titulares de esos informes porque son demasiado pocos para alterar la estadística agregada. Son la víctima silenciosa del proceso, y cuando los grandes bancos lancen los servicios automatizados que actualmente prueban en programas piloto, la sustitución se producirá en cuestión de meses.

El lector ajeno al sector financiero puede preguntarse por qué le interesa el destino de un oficio remoto. La respuesta es geométrica ya que el corredor de hipotecas no es un caso particular. Toda profesión cuya actividad consiste en procesar información, comparar opciones y recomendar una decisión enfrenta el mismo destino. Los asesores de seguros, los agentes de viajes que sobrevivieron a la primera ola digital, los consultores fiscales para particulares, los orientadores académicos y los analistas de crédito; aunque la lista se prolonga.

Cada uno de esos oficios cumple la misma función que el corredor de hipotecas, y es la de reducir la complejidad de un catálogo a una recomendación personalizada. Con la nueva tecnología esa función se automatizó.

La frase que mejor describe el momento histórico es una frase comercial. Los grandes prestamistas hipotecarios pasaron del 15% al 38% en uso de inteligencia artificial entre 2023 y 2024. Los bancos no esperan al gremio de los corredores, sólo construyen sus propios sistemas. Cuando estos estén listos, el corredor sobrará y el cliente irá directo a la institución financiera. Y el banco le hablará con la voz de una máquina entrenada para anticipar sus necesidades.

Queda una pregunta final, ¿qué harán los corredores? La respuesta sincera es incómoda porque algunos se reciclarán como auditores humanos de decisiones automatizadas, una minoría conservará la cartera de casos complejos, sin embargo, la mayoría buscará otro oficio. El proceso será doloroso pero breve.

La historia económica enseña que las profesiones intermediarias no envejecen lentamente, desaparecen de golpe cuando aparece el sustituto adecuado. Los telegrafistas, los tipógrafos, los operadores de centralita ahora suman al corredor de hipotecas con discreción. Casi nadie notará su ausencia. El comprador de la próxima vivienda hablará con una pantalla y firmará un contrato, sin echar de menos al hombre que ya no estará en la oficina contigua.

Las cosas como son.

Mookie Tenembaum aborda temas de tecnología como este todas las semanas junto a Claudio Zuchovicki en su podcast La Inteligencia Artificial, Perspectivas Financieras, disponible en Spotify, Apple, YouTube y todas las plataformas.

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