El próximo 4 de septiembre se cumplen cuatro años desde que la mayoría silenciosa de los chilenos (62 %) rechazó el experimento constitucional que constituía el diseño arquitectónico y programático del gobierno del Frente Amplio, liderado por el presidente Gabriel Boric.
Desde aquel acontecimiento histórico, diversas fuerzas políticas han intentado constituirse en representantes de esa mayoría silenciosa, la cual desborda con mucho cualquier intento de caracterizarla o encasillarla políticamente.
Pero, sobre todo, es un momento propicio para examinar si el Frente Amplio, después de una derrota de tal envergadura —a la que se añaden un complejo balance de la gestión del gobierno del presidente Gabriel Boric y la posterior derrota electoral—, ha reflexionado sobre la continuidad de sus ideas. Así, cabe preguntarse si el doble fracaso, constitucional y electoral, ha influido en un examen crítico de las tesis que enarbolaba o si no ha significado ningún tipo de maduración al respecto.
Al examinar el texto constitucional rechazado y realizar una rápida comparación con el texto final del Primer Congreso Ideológico y Estratégico del Frente Amplio, que culminó en julio de 2026, podemos advertir que, desafortunadamente, solo cambia la estrategia, pues la matriz ideológica permanece.
El texto final del Primer Congreso Ideológico y Estratégico del Frente Amplio es el resultado de un proceso que se extendió por más de un año y medio. La propia colectividad explica que el trabajo comenzó con la fusión de Revolución Democrática, Convergencia Social, Comunes y Plataforma Socialista; continuó con dieciocho diálogos nacionales, encuentros temáticos, congresos comunales y regionales y una plenaria nacional, y culminó entre marzo y julio de 2026 con un documento que no pretende ser una simple declaración de principios, sino el «mandato político» que orientará la acción del partido durante los próximos años.
Por consiguiente, no estamos frente a un programa electoral redactado para una campaña ni ante una declaración coyuntural destinada a responder a la contingencia. Se trata del documento ideológico que define la identidad, el horizonte estratégico y las prioridades políticas de la principal fuerza de la izquierda chilena.
Los orígenes del Frente Amplio se encuentran en la etapa de las movilizaciones estudiantiles que cuestionaron el modelo de desarrollo chileno. El conglomerado reivindica su nacimiento como una fuerza destinada a construir «una alternativa de cambio de la sociedad chilena». Desde su momento fundacional en 2016 hasta su llegada al gobierno en 2022, presenta una trayectoria marcada por un mismo propósito: disputar simultáneamente la calle y las instituciones para impulsar una transformación estructural del país. Incluso cuando afirma que este Congreso fue un ejercicio de revisión crítica de su historia, el énfasis no recae sobre las ideas que inspiraron ese recorrido, sino sobre la necesidad de «refrescar» estrategias y actualizar el proyecto político.
Basta comparar este documento con la propuesta constitucional rechazada en septiembre de 2022 para advertir una notable continuidad. El texto fruto del Congreso Ideológico vuelve a definir como horizonte un Estado social y democrático de derecho, pero ese concepto aparece inserto dentro de un proyecto mucho más amplio, sustentado explícitamente en el socialismo, el feminismo, el ecologismo y la democracia popular como «ejes emancipadores» destinados a impulsar la redistribución del poder, la desmercantilización de la vida y la transformación del modelo de desarrollo. El objetivo declarado continúa siendo avanzar hacia una sociedad distinta del modelo neoliberal actual mediante transformaciones estructurales de carácter económico, político y cultural.
No es difícil reconocer en esas definiciones el mismo horizonte político que inspiró la propuesta constitucional impulsada durante el gobierno del presidente Boric. La Constitución rechazada no era únicamente un nuevo diseño institucional. Expresaba una determinada antropología, comprensión del Estado, del desarrollo, de la distribución del poder y de la organización de la sociedad. El nuevo documento ideológico confirma que ese horizonte permanece intacto. Cambia el contexto político; no cambian los principios que orientan el proyecto.
La continuidad se aprecia también en la concepción del socialismo que desarrolla el Congreso. El documento sostiene expresamente que el horizonte estratégico del Frente Amplio es socialista, entendido como el tránsito hacia una economía democratizada, orientada al bienestar de las mayorías y crítica tanto del neoliberalismo como de las limitaciones de la democracia liberal. Más aún, afirma que el conflicto social contemporáneo enfrenta a una élite económica capaz de capturar el Estado con una mayoría fragmentada y subalterna, y plantea que corresponde al partido organizar esa mayoría para impulsar transformaciones estructurales.
Lo mismo ocurre con el feminismo. El Congreso no lo presenta como una política pública específica, sino como un principio ordenador del conjunto del proyecto político, inseparable del socialismo y llamado a estructurar la redistribución del poder, la organización de los cuidados y las relaciones sociales. Tampoco desaparece la idea de que el Estado debe asumir un papel cada vez más amplio en la planificación económica, el desarrollo científico, la regulación tecnológica y la orientación del modelo productivo. Se añaden a ello conceptos clave como buen vivir, antropología no binaria, extractivismo, igualdad sustantiva, justicia transaccional y diversidades sexuales, entre otros.
Todo ello coincide con el eje programático que caracterizó al gobierno de Gabriel Boric. Durante esos años, el Ejecutivo impulsó una agenda orientada a fortalecer el papel del Estado, ampliar derechos sociales, instalar transversalmente la perspectiva feminista, promover una transición ecológica y desarrollar políticas de transformación cultural. El proceso constitucional representó la cristalización jurídica de ese proyecto. Su rechazo por un 62 % de los votantes constituyó, por tanto, mucho más que la derrota de un texto constitucional; significó el rechazo ciudadano a una determinada manera de comprender el rumbo que debía seguir Chile.
El documento reconoce errores, habla de revisar estrategias, mejorar el lenguaje político y construir una mayoría social más amplia. Incluso admite la necesidad de comunicar mejor sus propuestas para disputar el sentido común de la ciudadanía. Sin embargo, en ninguna parte aparece una revisión de las definiciones ideológicas fundamentales que inspiraron el proceso constitucional ni una reflexión acerca de si fueron precisamente esas premisas las que terminaron alejando al Frente Amplio de una parte significativa de la sociedad chilena.
Esa ausencia resulta particularmente significativa porque el partido llega a este Congreso después de tres hechos políticos de gran magnitud: el rechazo de la Constitución que expresaba con mayor claridad su proyecto de país, un gobierno obligado a moderar buena parte de sus planteamientos iniciales por la fuerza de la realidad y una derrota electoral que puso término a la etapa política iniciada con la rebelión del 18 de octubre. En cualquier otra circunstancia cabría esperar una revisión profunda de los supuestos doctrinarios que condujeron a esos resultados. Sin embargo, el Congreso frenteamplista reafirma prácticamente sin modificaciones el mismo horizonte estratégico.
Eso no significa que el Frente Amplio no haya aprendido nada. Lo que parece haber aprendido es otra cosa. La enseñanza no consiste en abandonar el proyecto, sino en modificar la manera de impulsarlo. El documento insiste reiteradamente en la necesidad de construir una mayoría social, fortalecer el trabajo territorial, mejorar la comunicación política, organizar nuevos actores sociales y desarrollar una estrategia de largo plazo. Es decir, la reflexión se concentra en las condiciones políticas necesarias para alcanzar los objetivos, no en la conveniencia de esos objetivos mismos.
Allí reside probablemente la principal conclusión que deja este Congreso. El Frente Amplio no parece dispuesto a revisar la matriz ideológica que dio origen a su proyecto político. Las ideas fundamentales que inspiraron la propuesta constitucional de 2022 y buena parte del programa del gobierno de Gabriel Boric permanecen esencialmente inalteradas. Lo que cambia es el camino para llevarlas adelante. Después de las derrotas acumuladas, el partido parece haber concluido que el problema no estuvo en el destino, sino en la velocidad, en el lenguaje y en la estrategia.
Esa es una conclusión políticamente legítima. Pero conviene tener presente lo que significa. Si las premisas ideológicas permanecen intactas, el debate abierto por este Congreso no marca el cierre del proyecto refundacional que el Frente Amplio intentó impulsar durante los últimos años. Marca, más bien, el comienzo de una nueva etapa del mismo proyecto: menos impaciente, más gradual y probablemente más cuidadosa en la construcción de legitimidad política, pero inspirada en las mismas convicciones fundamentales que los chilenos ya tuvieron ocasión de conocer y rechazar de manera contundentemente mayoritaria en las urnas. Ello constituye un desafío relevante para las fuerzas políticas que se presentan como alternativa a la izquierda refundacional.