@LuciaCNavarro
@LuciaCNavarro
Desde que Donald Trump anunció que empezará a construir el muro en la frontera, no he dejado de pensar en lo difícil que podría convertirse la convivencia con un vecino como México. Durante décadas la relación entre ambas naciones, aunque no ha sido perfecta, nos ha permitido convivir de la mano con un favorable crecimiento económico para ambos países.
Pero más que la economía de ambos, me preocupa el clima de desconfianza que se ha generado entre ellos. La intención de elevar un muro me parece una puerta muy negra para continuar la que durante años ha sido una relación amistosa, de cooperación y, porque no, de complicidad al enfrentar algunos problemas que nos aquejan. Entre los ejemplos fáciles de recordar menciono el narcotráfico y el tráfico de armas, asuntos que ha cada uno perjudican.
Aunque reconozco que el presidente Donald Trump tiene como primera obligación el velar por los intereses de los residentes de Estados Unidos, me parece que la guerra en redes sociales que libraron los mandatarios hace unos días, dista mucho de mostrar voluntad por negociar en pro de la solución de problemas de interés bilateral.
El tan mencionado muro en la frontera entre ambas naciones no es más que un largo y costoso paliativo para solucionar el añejo problema de migración indocumentada que enfrentan los Estados Unidos. Me parece más bien el pretexto más sencillo para poner una banda adhesiva a una herida que requiere más bien de un vendaje mayor.
Sí es cierto que muchos mexicanos buscan en el norte la solución económica de sus problemas pero, admitamos que muchos de quienes vienen a “la tierra de las oportunidades”, buscan solo un camino para proveer a sus familias de lo más básico, de la casa que no pueden construir con los salarios que se pagan en su país. Pero en el análisis, señor presidente Trump, debe considerarse que un gran número de esos hombres y mujeres que buscan los medios para dar a sus familias una vida mejor, también desean volver a la tierra que dejaron en busca del dinero para proveer a sus familias.
Y creo no equivocarme al decir que el mismo pensamiento lo comparten cientos de miles de centroamericanos que también se aventuran hacia el norte y que, pasando por México, entraron sin el permiso adecuado, a trabajar y ganar el sustento que necesitan sus familias.
No quiero imaginar la pobreza en la que se sumirían las ya de por si golpeadas economías de los países centroamericanos si sus ciudadanos no tienen la oportunidad de venir -o quedarse- para ganar el dinero que les permita enviar ayuda económica para sus familias. Muchos jóvenes en Centro y Sudamérica se quedarían sin escuela por no poder pagarla o por tener que renunciar a ella porque la pobreza aprieta tanto que no les queda más que dejar los estudios para sumirse en el trabajo.
Sin pretender tibieza en el asunto, creo que la prudencia y la cordura serían la vía más juiciosa para enfrentar el problema. Es cierto que Estados Unidos no puede ser visto como el remedio a todos los males que aquejan al hemisferio pero entonces, ¿no será que lo que hace falta aquí es una revisión a conciencia de los métodos actuales para frenarla? ¿Quizá el apoyo que tanto a faltado para eliminar la violencia, para desbaratar las telarañas de corrupción que abundan en tantos rincones de los países al sur de Estados Unidos?
Durante décadas, Estados Unidos se ha olvidado de sus vecinos al sur. Se ha permitido el avance de grupos de narcotráfico, de organizaciones criminales y de grupos que han lacerado la economía de zonas que con frecuencia piden ayuda para mantenerse en pie por sí solas
No digo que Estados Unidos deba dar en “charola de plata” todo a sus vecinos, pero creo que hace falta repartir las culpas entre todos porque, si bien hay países que han logrado crecimiento y cierto grado de bonanza, hay otros en los que miembros de alto nivel de los gobiernos han tratado de abultar sus carteras a costillas de su pueblo.
Recuerdo que por los días en los que ocurrió el horrendo ataque terrorista a Estados Unidos en 2001, los expresidentes George Bush y Vicente Fox, estaban por sentarse a conversar sobre un posible programa de trabajadores temporales que permitiera acceso por un periodo finito a mexicanos quienes, al final, debían regresar a su tierra para permitir el paso ordenado a otro grupo que viniera a trabajar a Estados Unidos.
¿Acaso algo así no sería más benéfico para Estados Unidos y la región? ¿Sería posible recibir a aquellos que, con un buen comportamiento en su país, pudiesen venir aquí a ganar dinero para ayudar a su gente en México, Centro y Suramérica? ¿Acaso eso no sería menos insultante?
Está más que visto que el cerrar las puertas poniendo un muro no propiciará ni relaciones amigables ni la actitud de buen vecino. Si usted señor presidente es tan extraordinario negociador como ha dicho, ¿por qué no negocia algo que proteja a Estados Unidos incluso de la desesperación de quienes abandonan su tierra natal por no tener con qué alimentar a su familia?
Yo llegué a este país hace unos 20 años por la vía legal y he logrado hacer una carrera que también ha sido golpeada por crisis económicas y la recesión de 2008. Eso me hace entender la angustia que deben sentir muchos padres de familia, profesionales como yo que en algún momento han sentido como el elástico del salario no da para más.
Si bien Estados Unidos está en todo su derecho de abrir o cerrar la puerta a quien desee, la prudencia podría ser la mejor aliada. Negociar sin ceder no es negociar, es imponer y ese podría ser el punto que más perjudique su proyecto de “hacer a Estados Unidos grande otra vez”.
