La noticia que más impacta, tras las jornadas dedicadas a la cuestión de Ucrania en la inauguración del Foro Económico Mundial en Davo, es la del salto tecnológico anunciado por los Barones de un declinante Occidente judeocristiano y de las leyes (Ex Occidente Lex). Seguiría a la del Gran Reseteo, de la memoria, propuesto en 2020.

Se celebró que pasará el ordenador o PC que hizo posible el Internet para dar lugar a otro, en el que el ciudadano digital podrá vivir la “experiencia virtual tridimensional”. Le será posible situarse en el “metaverso”, donde predomina lo sensorial. Cada persona, dejando de ser razón y corazón, despersonalizándose, pues no caben allí los principios y las valoraciones éticas, interactuará socialmente en un marco imaginario. Sus constructores lo definen como la “metáfora del mundo real”.

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Cada internauta desde ya, lo sabemos, se asume como una suerte dios bajado del Olimpo. Ha dado por muerto al Dios de los hebreos y los cristianos, también al de los musulmanes y, como tal, cree tener poderes omnímodos. Y piensa que los tiene hasta para cambiar su propia naturaleza. Se ve libre de asumir identidades varias, hacer parte no sólo de un género X y hasta volverse Avatar, objeto disponible para el transhumanismo.

Desde hace 30 años, desde su ingreso a las revoluciones digital y de la inteligencia artificial, aceleradas con el COVID-19 (1989-2019), protesta difusamente para disponer de la vida desde sus inicios y hasta de la muerte, para cuando se le haga insoportable. Nada le ata, y así se comporta. No acepta que le retengan ni el Estado, ni la nación o la familia, ni la fe y menos la razón, o unas tradiciones que juzga de «lenguas muertas». Tumba estatuas y quema iglesias o las profana como pateando al cadáver que simbolizan.

Luego de Davos, este Homo Twitter será sustituido por el Deus ex machina de Esquilo, Sófocles y Eurípides, sostienen sus proponentes. Le apresará y manejará sus sentimientos, a discreción, a través de algoritmos. Entre tanto, desde Pekín el Oriente ha mostrado su carta al mundo el pasado 4 de febrero: “Como potencias mundiales con un rico patrimonio cultural e histórico, tenemos tradiciones…, que se basan en miles de años de experiencia en desarrollo”. La suscriben China y Rusia, en vísperas de la guerra.

En la sede del Foro se ha instalado un museo de las atrocidades y crímenes que ocurren en la medieval Rus de Kyiv o Kiev, ante una audiencia que ha olvidado la ejemplaridad del Holocausto judío y el orden que se modelara a partir de 1945. Al gobernante chino, Xi-Jinping, se le invita y escucha con atención. Les dice cómo su nación se conduele de ellos y del mundo, tras la pandemia originada – no lo menciona – en sus laboratorios. Nada comenta sobre la guerra. Se distancia tácticamente de Rusia, pero condena a Estados Unidos: “El corte de suministros y las sanciones en aras de separación y aislamiento artificiales, solo traen al mundo la división y la confrontación. Un mundo dividido no es capaz de afrontar a los retos comunes de la humanidad, y la confrontación solo nos conduce a un callejón sin salida.”

Anuncia, sí, su presencia en la gobernanza de la globalización: “China participará de manera más activa en la gobernanza económica global, para llevarla hacia un rumbo más abierto, inclusivo, de beneficio generalizado, equilibrado y de ganancia compartida.” Y Henry Kissinger, creyendo poder romper la asociación entre esta y los rusos, habla de la ingenuidad heroica de los ucranianos y les pide entregar parte de su territorio, para que vuelva la paz a los negocios.

La excanciller española, Arancha González Laya, en mensaje a García y desde el mismo Davos se suma a la prédica realista. Piensa que tanto en comercio como en política lo que cuenta es la “eficiencia”. No hay que romperse la cabeza ante el absurdo de querer plantear un dilema inútil, como escoger entre China y Estados Unidos, sugiere. E incluso, sin esperar, le pide al gobernante chino actuar de seguidas con el peso que se ha ganado: “Guie la globalización ecológica”.

En la ciudad suiza, sus invitados sostienen que han sido el COVID-19 y la guerra los que han ralentizado la marcha de la globalización económica: digital y ambiental – “la globalización está en pausa”, ha dicho el jefe de la Procter & Gamble – y, no pocos, concluyen que el poder se ha vuelto un rompecabezas en Occidente; pero no por falta de armas. Según González Laya “nuestro concepto de riesgo se ha expandido”, por lo que pide, sumándose al catecismo de Beijing, regulaciones para las tecnologías digitales que globalizan “todo”, desde el terror, el odio y la desinformación…”.

“La Iniciativa Global sobre Seguridad de Datos, propuesta por la parte china y apoyada, en principio, por la parte rusa, proporciona … respuestas a las amenazas a la seguridad de los datos y otras amenazas a la seguridad internacional de la información”, a tenor del documento que comparten Vladimir Putin y Xi-Jinping.

Occidente, pues, se debate confundido en Davos. Casi que se dice culpable del deterioro económico ruso, la crisis alimentaria europea, el no haber frenado “responsablemente” la guerra en Ucrania, cuya reconstrucción pesará sobre todas las economías. No escuchan lo que les explica el jefe de la OTAN: “La libertad importa más que el comercio… La protección de nuestros valores es más importante que el beneficio”. “Las relaciones económicas con regímenes autoritarios pueden crear vulnerabilidades” y debilitan la resiliencia cuanto controlan sobre infraestructura crítica, como el 5G”, finaliza.

Los asistentes estaban en sus Metaversos, cuyo éxito lo apunta una tecnología de dominio chino. Huían de la banalidad del mal, del museo sobre Ucrania, y borraban así las escenas del asesinato de niños escolares en Texas, recibidas en tiempo real. Al término, se trata de asuntos nacionales, ajenos a una moral global como lo han dicho Putin y Xi-Jinping.

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