El presidente Barack Obama y el presidente electo Donald Trump, están enzarzados en un ingenioso enfrentamiento sobre las políticas internas y externas de Estados Unidos.

Faltando poco para terminar su mandato, Obama pareciera ansioso por demostrar que tiene la fuerza necesaria para tomar decisiones políticas ante Trump, quien ha adelantado que va a cambiar el pasado, lo que ha creado confusión entre lo que son políticas de Gobierno y políticas de Estado, y ha obligado a líderes mundiales a esperar por la llegada del nuevo inquilino de la Casa Blanca.

Nadie como el presidente Putin, quien, en un golpe magistral la semana pasada, se negó a reaccionar ante como todos esperaban, ante la medida de Obama de expulsar a 35 diplomáticos rusos (en realidad oficiales de inteligencia), en represalia por los comprobados ataques cibernéticos rusos al Comité Nacional Demócrata durante la campaña presidencial.

Putin ha indicado que no le preocupa nada de lo que haga Obama y que esperará por su sucesor, una vez que tome el poder el 20 de enero.

¿Podría Trump revertir la decisión de Obama y dar la bienvenida a los funcionarios rusos expulsados?

Esto sería una acción sin precedentes pero parece que ese es el cálculo del Kremlin, al no aplicar el principio de reciprocidad, una jugada insultante para Obama y desafiante para Trump.

En todo caso, mientras Obama trata de establecer su legado presidencial, Trump pareciera empeñarse en sabotearlo.

Por ejemplo, Trump dijo estar en contra de la decisión de Obama de no vetar una resolución del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que condena a Israel por sus asentamientos habitacionales en Cisjordania y la Franja de Gaza, a la vez que prometió respeto para los israelíes, una vez sea presidente.

Con esta declaración tanto el líder israelí Benjamin Netanyahu como Putin están en una cómoda posición que le permite simplemente ignorar a Obama.

Para el presidente Obama fue un movimiento extraordinario, pues estando próximo a dejar el poder, decidió jugársela a último minuto con un asunto que seguramente tuvo en mente durante mucho tiempo pero que hasta ahora le parecía diplomáticamente imprudente.

El futuro del campo de detención de Guantánamo, también los tiene enfrentados.

Obama ha dicho que quiere sacar al mayor número posible de reos del penal, antes de que Trump asuma el poder, planteando transferir unos 20 reclusos a otros países antes del 20 de enero, lo que dejaría en menos de 40 la población penitenciaria.

Desde que asumió el cargo en 2009, Obama aprobó la transferencia, repatriación o reasentamiento de 179 presos de Guantánamo, que con más de 2.000 militares encargados de su vigilancia le cuesta a Estados Unidos 445 millones de dólares, incluyendo los 7,5 millones por cada detenido.

A Trump, en este caso, le sería difícil justificar ese gasto para tan pocos presos, aunque los 40 restantes sean considerados demasiado peligrosos para ser liberados. De estos, sólo diez han sido acusados y están a la espera de juicio ante los tribunales militares.

Es políticamente imposible que Obama cierre Guantánamo en las próximas semanas, pero incluso si consigue rebajar el número total a unas tres docenas de detenidos, las posibilidades de que Trump socave todos sus esfuerzos son muy altas, si decide mantener sus puertas abiertas para albergar a futuros sospechosos de terrorismo.

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