martes 1  de  septiembre 2026
ANÁLISIS

En el banquillo de la historia [III]

Homenaje a Francisco Herrera Luque y Mariana Herrera Terán

Diario las Américas | ORLANDO VIERA-BLANCO
Por ORLANDO VIERA-BLANCO

Releer a Francisco Herrera Luque revela un método de investigación único. Una dinámica que va más allá de la prueba documental. Es la historiografía hecha por sus propios protagonistas, la que nace del oído, los ojos y la palabra de quienes vivieron y sintieron los hechos en carne propia.

En nuestro tributo a Francisco Herrera Luque, a Mariana su niña consentida y a todos sus hermanos: Francisco, Bernardo, Juan Manuel, Martín y a su hermosa esposa, María Margarita Terán Austria de Herrera, he querido contarles su historia, no la leída en sus textos sino la vivida por sus hijos, sus amigos y personajes en su propia casa.

Tengo el honor de haber vivido muy cerca su obra, 16 libros plenos de pasión, precedidos de maratónicas lecturas y vivencias, plasmados con incansable destreza en el papel, en tiempos que no existía ni ordenador ni internet. Un mérito sin igual.

Conversar con Mariana no termina con esta “fábula”. Su legado, su belleza hecha hábitos y movimiento, el amor de un padre por sus muchachos y de ella por los suyos, seguirá plasmado en su fascinación por Venezuela, su pueblo, su mezcla, su linaje, su musa. Una historia que sigue porque no pierde vigencia.

Gracias a los Herrera Luque Terán Austria por tanto. Huella perenne de gentilicio, impronta imborrable de silencio, cuya presencia y ausencia a la vez, nos delata y nos responde por qué somos como somos.

La República y los caudillos de dos colores.

Toca conversar ahora con mantuanos—algunos de dos colores—blancos criollos, pardos y guerreros. Los invito a la mesa: han llegado Simón Bolívar, Manuel Piar, José Tomás Boves, José Antonio Páez, Antonio Guzmán Blanco y Juan Vicente Gómez. Faltan algunos reyes de la baraja.

Señores, les comento iniciando la tertulia:

—Agradeciendo a Mariana y al Dr. Herrera Luque su hospitalidad en la paz de su hogar, hay preguntas que Venezuela todavía no ha terminado de hacerse. No quiero un tribunal de héroes ni una galería de santos. Quiero algo más incómodo: escuchar a los hombres que hicieron la república discutir entre ellos.

—Orlando el honrado soy yo, me responde el Dr. Herrera. Has convocado a casa a la Venezuela entera. Porque este país no se entiende por sus héroes aislados sino por sus contradicciones. Bolivar—serio y conspicuo—interviene.

—El país debe entenderse por sus triunfos y por sus derrotas. Herrera replica: —No olvide, sus instituciones.

Sin haber dicho el orden del día, ya la reunión se me va de las manos. Bolívar le riposta:

—No las olvido. Le toca a Usted ilustrarlas como hombre de ciencias, a mí me corresponde consolidarlas como hombre de dificultades…Y le dice Piar: —¿Y los hombres que fueron sacrificados para que otros pudieran llamarse fundadores? Páez no se queda atrás:

—¿Y los llaneros que hicieron posible muchas de esas victorias? Boves arremete: —¿Y por aquellos que nunca sintieron que la República fuese suya? GÓMEZ—de golpe—baja su tasa, lo cual me alarma al ver que un hombre que poco habla, se aliste: —¿Y quiénes después tuvieron que imponer el orden sobre las ruinas?

Guzmán Blanco, quien ya estaba incómodo por no estar sentado en una esquina, dice frotando las palma [finamente]:

—¿¡Y quienes modernizamos y recogimos los trazos de lo que los guerreros dejaron atrás!?

La cosa comenzó fogosa. El asunto dejó de ser un banquillo ordenado. Mariana nos interrumpe:

—Disculpen pero están llegando otros invitados: Sucre, Betancourt y Bello. Los invito a pasar a la otra sala para acomodarnos mejor[…] Al percatarme que estamos todos, trato de moderar el conservatorio.

—Ahora que estamos ‘más cómodos’, me gustaría reiniciar por el “último en la fila”.

—Que quiere Usted decir, me increpa Bello con determinación.

—Disculpe me refiero al forjador de la última república.

—¿Cuál república? Comenta Sucre, —si acaso hubo otras…Herrera voltea a ver al ‘Rey de Oro´, Don Rómulo Betancourt, y agrega:

—Sigamos la metodología que sugiere Orlando. De lo ocurrido antes a lo que vino después. Me gusta.

—Betancourt fue un hombre adelantado a sus tiempos. Quiso que el sistema sobreviviera al hombre y no al revés. Que la república no siguiese el camino de un reducto de personajes sino a sus instituciones. [Betancourt] tenía claro el rol del petróleo, las alianzas necesarias y los enemigos a vencer, entre ellos, la doctrina. Y pactó con la historia.

—Herrera como que es medio Adeco, susurro, pero [él] me escucha.

—Cuando Lusinchi me pidió militar en el partido, averigüe lo que le contesté. Además no soy hombre de ‘soviets supremos’.

Mariana interrumpe y responde:

—Papá no busca símbolos. Busca entender los hombres y modos de cambiar una época, una casta, un comportamiento.

[…] La descripción de Los cuatro reyes de la Baraja es muy clara: la obra identifica a Páez, Guzmán Blanco, Gómez y Betancourt como los hombres que centran la vida venezolana durante más de siglo y medio. Su interés es el uso y abuso del poder. Betancourt representa algo diferente: la institucionalización. El caudillo dice: “Síganme.” El republicano dice: “Sigan las reglas.”

Ésta es la gran revolución que Venezuela consiguió parcialmente después de 1945 y 1958. El primer intento real de una coalición cívico militar capaz de parir una república liberal.

Sigue Mariana…

—Papá lo veía como creador de una nueva era y un sistema. Y aquí hay una paradoja extraordinaria: Betancourt es un rey cuyo verdadero objetivo histórico fue que Venezuela dejara de necesitar reyes [caudillos pues].

Todos arrugan la cara. El silencio se convierte en bulla. Nadie levanta la mano para hablar porque todos hablan al mismo tiempo.

—Un momentico, un momento por favor, comenta Herrera Luque.—Creo que estamos llegando al llegadero.

—Respetado e ilustre Doctor, dice Bolívar elevando e imponiendo su voz. —Evidencio yo, que ha osado usted caricaturizarnos como naipes, en una mano de montes.

—No libertador, los retrato. Pero Usted no está en ese bacará.

—¿No lo merecía?

—Todo lo contrario. Sigue siendo Usted el primero en ese retrato. No lo dibujo yo, lo hacen otros. Yo a Usted lo desnudo ‘de carne y hueso’ o como lo hace Arráiz Lucca, en su biografía: Bolívar Triunfo y ocaso. No sólo el militar y el político, sino el que ama, el ser humano, el que sueña y baila. Por cierto nadie sabe de sus preferencias por el baile.

—La verdad que le debo esa pasión por el baile tanto a mi protector en Madrid el marqués Jerónimo de Ustaritz [quien me educó y refinó] como a largas noches en París con la hermosísima Fanny Dervieux Du Villars, en cuyos salones conocí a distancia a hombres como Napoleón y de cerca a Alexander Von Humboldt…De pronto Bolívar se empina. Pero no venimos aquí a hablar de la gracia de la danza y los salones parisinos.

—Por qué no, dice Herrera. —Mencionó Usted que bailar es la poesía del movimiento. Hermosa frase. Ese es el Bolívar que muchos quieren conocer. El que además de batallar y ordenar, !canta y baila!

—Si es esencial y sano para el cuerpo. Pero quién lo hace en la mesa, un tornillo le falta. Sigamos por favor.

Ese es el tema con Herrera Luque. Desanudar la historia sin adulancia ni pleitesías. Tomás Straka observó que durante años la frase “eso lo leí en Herrera Luque” producía incomodidad entre historiadores, escritores y académicos. Carlos Sandoval explica que sus novelas pueden leerse de dos maneras: como relatos fascinantes de personajes históricos y “como provocaciones para aceptar o rechazar sus interpretaciones sobre episodios escabrosos de nuestro pasado”

Ramón J. Velásquez vio desde temprano el valor de Los viajeros de Indias. Consideró que estaba respaldado por conocimientos históricos y científicos de primera categoría y que podía provocar un debate útil. Y María Margarita—su esposa—sabía cuál era el centro de aquella obsesión: “La máxima preocupación de Francisco Herrera Luque era el estudio de la violencia, siempre presente en la personalidad del venezolano, para desterrarla”.

—Usted nos ha tratado siempre como caudillos de dos colores, le dice Piar a Herrera. —Y además como hombres de repúblicas portátiles, hechas a nuestra medida, añade Páez.

—Y no ha sido así?, responde el psiquiatra historiador.

—Todos hemos querido establecer una República, honestamente.

—El problema General—asienta Herrera ajustándose los lentes e inclinándose en su butaca de cuero y barroca—es que no terminamos de despojarnos de la ataduras del Convenio de Trento y al costumbrismo de las constituciones sinodales.

—Creo que aramos en el mar cuando pretendemos hacer grandeza, lo que nuestros hábitos no toleraban, comenta Bello parafraseando a Bolívar.

—Al final Páez, Piar y Bolívar son tres caudillos que representan tres realidades hasta nuestros días, sentencia Don Pancho.

Páez es el guerrero que antepone la capacidad de mando, el caudillo fundador. Piar, el rebelde que acabó en el paredón, el caudillo bicolor excluido trágicamente, y Bolívar, el genio que quiso crear una nación para una sociedad—aérea—que no existía; un emperador sin imperio.

Herrera Luque hace una pausa para hablar de Guzmán Blanco.

—Todavía me duele el destino de mi tío el gran Médico Herrera Vegas, quien tuvo que dejar de cuidar a su esposa-convaleciente-para sanar a la mujer de Guzmán. [No fue hasta que [ella] se recuperó que dejaron ir a casa a Herrera Vegas. Al llegar ya estaban velando a su amada mujer].

—Pero es verdad que fue Usted un modernizador, infatigable.

—Señores, calmémonos un poco. Creo que llegó el momento de hacer la evaluación final: quiénes somos y cómo somos.

—Gracias Orlando, me dice Mariana. Te pido por favor que comiences por Boves…

Boves: el espejo que nadie quería mirar

—Entonces Don Herrera ¿Y Boves?. En ese momento, José Tomás Boves decide marcharse.

—Hablad de mi libremente. El médico y psiquiatra sabe muy bien, mi génesis, mi drama, mis desviaciones y mi tragedia.

—Muy bien. Boves no se entiende solamente mirando a Boves.

Ana Teresa Torres recuerda que el proyecto inicial de Boves, el urogallo fue una biografía psicopatológica de José Tomás Boves. Pero el personaje se le fue escapando al médico y entrando en la novela. Herrera Luque comprendió que la historia de los hechos no bastaba: necesitaba la ficción para penetrar aquello que el documento no podía explicar. Por eso Boves no es solamente un individuo. Es un síntoma. [Boves] es la inversión de la hacienda: el capataz que se vuelve caudillo; el llanero que se convierte en juez; la sangre que se transforma en moneda política. ¿Nos resulta familiar?

—Boves fue el más cruel de los tiranos, dice Bolívar. —Pero con una fuerza militar formidable y un extraordinario ascendente sobre los hombres del llano, acota Páez.

—Ese mar de fondo, es Venezuela, asienta Herrera Luque y guarda silencio. En ese silencio está probablemente, la respuesta.

—Pero sin poder contenerme, pregunto ansiosamente:

—¿Por qué Venezuela ha producido tantos liderazgos personalistas? ¿Por qué la autoridad suele encarnarse en una persona antes que en una institución? ¿Por qué el poder seduce tanto? ¿Por qué la violencia reaparece como mecanismo de resolución? ¿Por qué una sociedad puede pasar de la oda al caudillo a la decepción y nuevamente a la fascinación?. Y sobre todo: ¿Cuánto de nuestro pasado seguimos reproduciendo sin saberlo?

Herrera Luque me responde colocando su mano en mi brazo:

—Cálmese y tome un poco de papelón con limón. —A mi esposa María Margarita le respondí hace algún tiempo a la misma inquietud con una frase testamentaria: “educar, educar, educar”.

En medio de humo y una agradable brisa que entraba por el corredor, pregunto:

—¿qué habría que hacer entonces con Venezuela? Él deja el viceroy caer sobre el cenicero.

—Mire Viera-Blanco, lo primero es conocerla dejando de mentir sobre ella.

Mariana abre la puerta.

—¿Café, trufas?

—Gracias hija. Déjame terminar de responderle a Orlando.

—Conocer a Venezuela no significa regresar al pasado.

—Significa mirar el presente con una sospecha más profunda. Significa entender que la historia venezolana no vive únicamente en los próceres, presidentes, en las guerras o en las constituciones. Se vive también en la familia, en el apellido, en el miedo, en la admiración por el fuerte, en el resentimiento del excluido, en el deseo de ascenso, en la obediencia, en el silencio y en la violencia. Vive en una suerte de infrahistoria que no queremos mirar por estar atrapada en fechas y batallas.

—Por eso Doctor—treinta y cinco años después de su muerte—, ¿comenzamos a mirarnos, no en el rostro de nuestros héroes sino en algo mucho menos cómodo, en la verdad de nuestra herencia?

—Que es nuestro incomprendido mestizaje.

—Fíjese Usted, agrega con elocuente movimiento de sus manos.

— Volviendo con Boves, fíjese que él es un espejo roto. No queremos retratarnos con las difíciles decisiones que tuvo que asumir Bolívar, porque sólo queremos concebirlo como el héroe, incapaz de fusilar a Piar o entregar a Miranda. Comprender al hombre en su laberinto, es entender que impronta deja esas dificultades en nuestro plasma originario.

—¿Rencor?

—No, redención, me dice con dulzura y tímida sonrisa Herrera, como el padre que le habla a un hijo.

—Qué dificultad supone comprender la conmiseración, agrega Mariana con igual calidez, colocando sus manos en mis hombros.

—¿Somos poco piadosos?

—El pueblo lo es…Otros no.

—Yo no soy traidor, de pronto sentencia Bolívar empuñando su mano derecha contra la mesa. —Si no disciplinaba a Piar, se embochinchaba el ejército, o lo que quedaba de él. Y lo de Miranda fue un acto político y militar. No fue un acto personal ni moral.

—Pero comandaba su excelencia, el único ejercito que quedaba, riposta Piar.

—Por eso, al servicio de la patria, no sólo de Guayana.

—Y Piar no era sangre de su sangre, dejo deslizar con arrepentimiento[sic];

—Eso dice mí respetado Doctor aquí presente, pregúntele a él Viera-Blanco.

Mariana interrumpe, Herrera asienta y en voz baja, comenta:

—La versión más conocida identifica a sus supuestos padres como Soledad Jeréz de Aristeguieta—joven perteneciente a una poderosa familia mantuana y un príncipe de la Casa de Braganza—, identificado como José Francisco de Braganza.

Piar se levanta súbitamente:

—Soy hijo de Maria Isabel Gómez, partera, curazoleña, y de Fernando Piar Lottyn, honorable marino mercante canario. !No se diga más!

—Disculpe Usted libertador….replica Herrera Luque. Silencio en la sala. Bolívar se incomoda [¿Por qué le dice libertador a Piar si el único es él?].

—Lamento la reseña por inapropiada al sitio y al momento. Muchas veces hay que bajarse del caballo, pues ahora me bajo de él, y bajo la mirada por respeto a su excelencia. En mi propia casa no se incomoda al huésped.

—Ahí tienes la respuesta Orlando, interrumpe Mariana con voz firme y frente en alto.

—Los venezolanos somos un misterio continuo, una hermosa acumulación latente y trepidante, de disputa y nobleza, ofensa y perdón, violencia y redención, honor y refriega. Pero al final somos un océano de pasiones incontenibles, donde basta un gesto para bajar la mirada y estrechar la mano..para compartir un café, una chica o un papelón en sana paz.

—Como si nada pasó

—No. Aún habiendo pasado mucho. Es nobleza. Otro silencio…refrescante.

—¿Por qué tantas repúblicas Doctor Herrera?

—Porque a fin de cuentas nunca ha nacido la que tenía que nacer. Nunca rendimos honor a las actas de Juan Germán Rossio [ni a su talento], el Triunfo de la libertad sobre el despotismo; a los Principios de derechos de gentes de Bello, a la Colombeia de Miranda o las virtudes diplomáticas de Santos Michelena. Hasta la península de la guajira dejamos perder…ni quiero hablar del Esequibo.

De pronto, se para el General Gómez y con tono grave, acento andino y casi susurrando, expresa:

—Mire joven [que no lo soy].

—En mi gobierno—que llaman dictadura—[yo lo llamo orden], se acabaron las montoneras, se fundaron las FFAA y se pagó la deuda externa. De paso se registraron 1.700 medios impresos y nacieron muchos periódicos como EL Universal, La Vanguardia, El nuevo Diario, El Heraldo, la Esfera, La Nación o Fantoches de Leoncio Martinez, muy rebelde este señor…Y hubo mucho menos presos que los que se oyen en estos días. Que nos diga el psiquiatra: ¿No Necesita Venezuela la restauración de un nuevo orden?

Herrera sonríe y le mira, con fijación e interés:

—El país sólo sabia obedecer al miedo General. Usted lo domesticó, como calculador silencioso. Hoy al país le sobra miedo y le falta nobleza, le sobra papel [o redes sociales -sic-las llaman ahora] y le faltan valores. Y concluye:

—Cuando estamos cansados del caos, pedimos autoridad. Cuando estamos cansados de la autoridad, pedimos libertad. Cuando tenemos libertad, nos desesperamos por sus resultados. Y entonces volvemos a buscar autoridad. Éste es un ciclo. Ud. [Gómez] lo completó. Esa es la verdad. Pero el reto es no volver a iniciarlo.

Se escuchan portillos. Todos deciden levantarse y piden chocolate caliente o chicha de maíz.

La identidad venezolana

Venezuela ha tenido una lucha permanente entre el caudillo y el ciudadano. Entre la persona y la institución. Entre la épica y la ley. Entre el salvador y el procedimiento. Entre la refundación y la continuidad. Pienso que en este tema el hombre con mayor aplomo para concluir sobre nuestra identidad es el Mariscal Antonio José Francisco de Sucre y Alcalá. Y Sucre habla:

—No olvidemos que mientras discutimos, hubo que ganar guerras.

—Explíquese por favor Mariscal

—Mi norte siempre fue la paz después de la guerra, la magnanimidad sobre la retaliación. Antes sembrar un pensamiento. Luego sembrar consciencia y finalmente, erradicar la violencia y el odio.

—Agrega Bolívar: “El General Sucre es el mejor general de la República, el hombre de la guerra y la paz, el mejor ciudadano, el padre de Ayacucho, el mejor hombre de Colombia, el redentor de los hijos del sol…Su muerte significó, como si hubiese muerto yo mismo.”

—Cuantos Sucres nos hacen falta, sentencia Herrera, cuántos redentores, cuántos hijos del sol Hyde la patria buena y mixta.

—Mire Orlando:

—Somos fragmentación de castas y privilegios que ahora las llamamos raciales y sociales. Ahí comienza la tragedia.

—La élite criolla hablaba de libertad mientras buena parte de los pardos, negros, esclavos y llaneros preguntaba: “¿libertad para quién?”

Mariana ríe con orgullo, con ojos vidriosos y emocionados. Ella sabe que lo que acaba de concluir su papá, es la gran pregunta sin responder […]

—Tenemos guarapo, café [el suyo con leche General Gómez], papelón con limón y dulce de lechosa [!].

—Je prendrai une Marquise au Chocolat SVP, o un Juan Sabroso con batata, leche de coco, azúcar y papelón [replica Guzmán].

—Bien Sûr, Je vous en prie [Mariana me pregunta si lo dijo bien].

—Absolument…Tout a fait, remata Guzmán.

Todos bajan al comedor al ver el Avila, todos respiran y elevan una oración: Y ahí sigue él [el Avila], el eterno centinela de Caracas, el gran testigo de nuestra gesta, que maravilla, que nostalgia, que clima.

No es una despedida…

He dedicado estas conversaciones imaginarias, a un hombre, a su esposa, hija e hijos, que son representación a plenitud de la belleza de la familia venezolana.

Las 16 obras de Herrera Luque están presentes no sólo en los personajes que la encarnan, sino en nuestra propia sangre. Es la familia Herrera Luque-Terán Austria, un manifiesto de decencia, hermandad y dignidad que supera cualquier huella perenne de fracturas y distancias.

Cada momento tiene su nombre, su hombre y su rostro. Este momento es tuyo querida Mariana. Quedarás siempre en el corazón de quienes te conocimos. Orgulloso de haber compartido destinos…

—Dios los Bendiga, Dios bendiga a Venezuela… nos dice Herrera Luque de pie, con voz quebrada pero alegre, elevando su tinto.

Todos se despiden. Mariana marcha de la mano con su papá, y desaparecen en el jardín…

De pronto la ausencia. Todos se han ido. Me doy cuenta que quien estuvo en el banquillo fui yo.

Amén...Ad perpetuam Memoriam.

Abogado. Ex Embajador en Canadá.

@ovierablanco [email protected]

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