Lo percibíamos, todos, de antemano. Olía muy mal en la Dinamarca de las presentes generaciones incapaces de caminar por la vida, una modesta acera incluida, sin ir adosados de manera compulsiva a sus móviles. Enviando y leyendo, con urgencia extrema, los mensajes más banales, de los últimos 30 segundos. O que, en lugar de un buen chapuzón con la compañera o compañero de sus predilecciones, prefieran pasar el tiempo de un esplendoroso día de playa interactuando en sus, Facebook, WhatsApp o Instagram.

Tres semanas atrás, el reconocido “The Wall Street Journal”, había dado la clarinada. Una serie de reportajes basados en papeles internos del mencionado grupo de empresas proveídos por una enigmática informante, se constituyeron en el ojo de la tormenta.

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Hasta que, el domingo pasado, en horario estelar de la T.V. norteamericana, se desveló el misterio. La denunciante era, nada más ni nada menos que, Frances Haugen, ingeniero de datos, Gerente de Productos, por casi dos años, del equipo de Integridad Cívica de Facebook y sus referidas subsidiarias. Hastiada, según dijo, de las prácticas poco éticas que presenció durante ese tiempo, la señorita Haugen, renunció a su cargo llevándose, consigo, millares de tesoros documentales que comprometerían la probidad de su exempleadora.

Lo que vino a continuación se movió a velocidad de película muda con sus correspondientes espasmos. El lunes siguiente, los servicios de Facebook y sus filiales, alrededor del mundo, registraron un apagón de ocho horas consecutivas y a las 24 horas, es decir, el martes siguiente, las acciones de ese gigante empresarial se desplomaron en la NY Stock Exchange. Tan solo, el paquete de participaciones de Mark Zuckerberg, consejero delegado, del mencionado consorcio, sufrió una depreciación de cinco mil millones de dólares americanos (“¿Ocho horitas y cinco mil millones de dólares nada más?” -se habrían dicho, para sus adentros y sus afueras, Nicolasón y Nicolasito, Diosdedos, el generalote Madrino y pandilla al enterarse de la noticia, para llegar a las siguientes conclusiones: “¡Bancarrotas e interrupciones de servicio, las nuestras, que tenemos sumida a Venezuela, en un solo apagón de 22 años, sin solución de continuidad y que le hemos desaparecido 16 ceros a su signo monetario a causa del saqueo, a cielo abierto, con fractura y escalamiento desde, varias centrales hidroeléctricas hasta los más humildes, tomacorrientes, pasando por cables de alta tensión, torres de transmisión, cajetines, medidores, chips, con sus etcéteras y etcéteras.”

Ese mismísimo martes, la dama referida en primer término, compareció ante el Subcomité de Protección al Consumidor del Senado de EEUU. De inmediato se multiplicaron los consabidos factoides: El mega apagón, antes mencionado ¿lo habrían desencadenado, con premeditación y alevosía, uno o varios, de los robots de inteligencia y moral artificial, “trabajadores” al servicio de Facebook y sus asociadas? ¿Habrían sido, los propios hombres-máquinas, emisores de los mensajes que enajenan la salud mental, mayormente, de todos los jovencitos del Planeta, quienes sabiéndose descubiertos manos en la masa (en la masa encefálica de sus víctimas), resolvieron, por su sola cuenta y riesgo darle una patada a cualquier mesa de diálogo, para ponerles fin a sus desmanes?

Alguien, hasta acusó al mencionado, Zuckerberg, de haberles dado a sus hombres-máquina, directamente, tal tipo de instrucciones, todo para especular con las bajas y alzas bursátiles o advertirles a los centenares de millones de sus suscriptores, lo que les espera, si Facebook y sus compinches, perdón, sus asociadas, deciden “bajar la santamaría”. Los agoreros que, nunca faltan, por el contrario, predijeron la quiebra indetenible de todas las corporaciones propiedad del referido magnate.

Así sería el impacto de la citada sesión del subcomité del Senado, que demócratas y republicanos, sin importar lo trumpistas o bidenistas que fuesen, en insólita convergencia, dados estos tiempos de recalcitrante polarización, estuvieron de acuerdo aunque sea en algo: Reformar la Sección 230 del Estatuto de 1996, que releva a las plataformas de la Internet de la responsabilidad por las publicaciones de sus usuarios. La señorita Haugen, opinó que sería una medida plausible, pero exigió que tales empresas, se hiciesen responsables de los algoritmos envenenados, con los que les sorben el seso a grandes y chicos, porque nadie está a salvo de transmutar en robot de carne, hueso, con sangre en las venas, pero autómata y consumista compulsivo, después de navegar, aunque sea horas, por esas redes sociales infestadas del afán de lucro de quienes las manejan.

Quiere decir que, hasta demostración en contrario, hemos presenciado la impotencia del Estado, como hasta ahora lo conocíamos, ante el creciente poder de las grandes corporaciones trasnacionales. Se diluye aquélla institución que otro tiempo, garantizaba a las personas –al menos en teoría- la posibilidad de resolver de manera homogénea los distintos problemas que se suscitaban. Las ideologías y los partidos políticos, en tal escenario, dejan de tener relevancia y, con ello, toda apelación a los valores compartidos que, permitirían al ciudadano, sentirse como parte de un todo. En tales circunstancias, hoy día, el único asidero para el individuo, es el consumismo desenfrenado y el ansia de visibilidad, en el que, para no vegetar en un insoportable anonimato, se hará cualquier cosa a cambio de notoriedad o el reconocimiento de un colectivo. Allí entran las desenfrenadas adicciones inducidas Instagram, por Facebook, WhatsApp, por no mencionar a sus competidores, tan retorcidos como las susodichas.

Mientras más conozco las redes sociales, más añoro a mi celular modelo “ladrillo”.

@omarestacio

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