miércoles 1  de  abril 2026
RELATO

Gaviotas en Madrid

Narraciones que combinan vivencias y ficción con un claro propósito reflexivo

Por Claudio Reina

Es domingo en Madrid, día de misa y rastro y jornada del cocido, que bajo este frío, asienta sus tropezones en el estómago de los turistas y presagia largas siestas. En Ribera de Los Curtidores, vía principal del mercado callejero, están todavía las ropas colgadas de los burros, los relojes doradamente falsos y las antigüedades expuestas como símbolos del pasado, tratando de ocultar su reciente pretérito de basura. También hay bares abarrotados de guiris, madrileños y cañas servidas con la elegante y roja compañía de los mejillones en escabeche. De pronto, ¡¡trac!! el picotazo de una gaviota arrancó un bivalvo de su salsa, otra pajarraca se posó en una de las perchas de donde colgaba un abrigo de pieles falsas como leopardos mentirosos. Una sombra inmensa oscureció la calle, junto al ruido de mil mazos de cartas barajándose, eran los aletazos de una bandada de gaviotas entoldando al rastro con su umbría de litoral.

Cada vez son más, reidoras y sombrías, las aves que arañan los cielos de la capital española, urbe sedentaria en la meseta, que demuestra su extrañeza ante este tipo de pájaros, pues en sus tejados siempre anidaron urracas, cigüeñas, golondrinas, incluso halcones, pero jamás, nunca (y he de jurarlo bajo sentencia avial), fue Madrid ciudad de especies marinas. Yo, que provengo de una localidad costera, hogar del bienestar mediterráneo, he crecido junto a las gaviotas. Hartas de mojar el pico en tirabuzones para la suerte del boquerón, se najaban a los patios escolares, haciéndose auténticas carroñeras del desayuno de niños y adolescentes, plagando el recreo de sacudidas y picotazos en las basuras, hambrientas por la ausencia de pez y atraídas por la facilidad del resto orgánico. Y qué hablar de los espigones y orillas, Hitchcock pasó un verano en la playa de Huelin, amenazado por gaviotas al atardecer (aunque no lo juro bajo sentencia avial).

¿En qué momento abandonaron estas pájaras su hogar mediterráneo y se adentraron en la sequedad madrileña?

Por la misma razón por la que acudían a los recreos: el mar escasea de peces y la basura es asequible. En los traspatios de las franquicias, entre los albales de la comida chatarra y las sobras de los guiris. En los contenedores, en las puertas de los bares y la pudredumbre del extraradio, en una ciudad con tantas personas como residuos, se avistan las aves migrando hacia la roña, cambiando su naturaleza de mar por el vicio de la cochambre.

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