martes 28  de  julio 2026

¿Habilidad para leer o amor por la lectura?

Sólo hay un modo de despertar el amor por la lectura: darle a cada estudiante ese libro especial adaptado a sus intereses, y para eso hay que conocer al niño

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Los pueblos también son filósofos; o mejor dicho, los filósofos tienden a ser un reflejo (refinado y culto) del espíritu de sus pueblos. Los franceses intentan ser racionales hasta en el amor y por eso parieron a Descartes. Los alemanes surgieron como nación al amparo del estado, y por eso todavía adoran a Hegel. Los norteamericanos son pragmáticos, quieren que todo a su alrededor funcione de la manera más óptima (las máquinas, las instituciones, el sistema de salud) y por eso nos dieron un William James o un John Dewey.
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Desde hace un tiempo, los norteamericanos, como buenos pragmáticos, han resuelto, sobre todo aquí, en la Florida, que sus niños aprendan a leer mejor. Se enteraron de que en Singapur y China los niños alcanzan un mayor nivel de comprensión en la lectura, así que han decidido corregir lo que haga falta. u201cReading skills u201d (habilidades para la lectura) es el concepto que resume ese interés.
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A mí, que tengo un hijo de nueve años, esa obsesión por alcanzar la excelencia en la lectura, me entusiasma sobremanera. Me crié en un hogar donde había libros en todos los rincones, y le atribuyo a esa experiencia temprana los éxitos, pocos o muchos, que alcancé.
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Pero en mi tiempo no se hablaba de u201chabilidades u201d para leer. La frase que escuchábamos era u201camor por la lectura u201d. Y créanme que no es lo mismo. n

Un buen maestro puede conseguir que un niño tome asiento en su pupitre, lea un texto y conteste después un cuestionario para demostrar que alcanzó un nivel de comprensión del 99,9%. No cualquiera logrará, en cambio, que ese mismo niño, además, llegue a su casa y, sin obligación, por puro gusto, se tire al sofá a leer un buen libro.
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El primer niño aprobará el FCAT (esa barbaridad de examen que alguien inventó para torturar a los niños de la Florida), pero podría ocurrir que luego no lea sino estrictamente lo que le impongan como obligación. El segundo, en cambio, leerá toda su vida, aunque nadie se lo exija, estará informado del mundo que lo rodea, y se convertirá en un triunfador.
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Quise comentar sobre estos asuntos porque no necesitamos un conflicto entre ambas alternativas. El FCAT apunta en la dirección equivocada: el estrés que provoca en los niños podría estar matando su amor por la lectura. La misma amenaza veo en el programa Readingplus que utilizan las escuelas públicas: el niño debe leer obligatoriamente a cierta velocidad que él no puede controlar, no hay manera de que retroceda para releer un párrafo que le llamó la atención, y si no le fue bien, la computadora emitirá una alerta roja, señal de su fracaso. Leer así puede resultar muy desagradable.
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Sólo hay un modo de despertar el amor por la lectura: darle a cada estudiante ese libro especial adaptado a sus intereses, y para eso hay que conocer al niño, conversar con él, escucharlo. Eso no lo puede hacer una computadora o un examen tabulado. Se requiere del amor de un maestro muy bien preparado.
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De ningún modo quisiera yo quejarme de la educación que recibe mi pequeño. Mi esposa y yo estamos muy contentos con sus logros. Su escuela y sus maestras han hecho un excelente trabajo. Pero me consta que no todos tienen la misma suerte que yo.

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