Hay pesimismo en Washington en torno a las esperanzas expresadas por el presidente, Donald Trump, de alcanzar un acuerdo favorable con Irán, antes de las elecciones de mitad de mandato de noviembre de este año, una posibilidad que parece desvanecerse rápidamente.
El tema es que, el electorado estadounidense, cansado de la guerra, no verá con buenos ojos que el precio de la gasolina suba a consecuencia del conflicto aunado a la creciente frustración en el país, ante la aparente imposibilidad de resolver la confrontación bélica.
Y es que, entre el 57 % y el 64 % de los estadounidenses desaprueban la intervención militar y la forma en que la administración la gestiona.
Según Gallup News, la aprobación pública de los ataques militares iniciales se situó en torno al 34 %, lo que la convierte en una de las intervenciones militares con menor respaldo en las últimas décadas. Paralelamente, un 67 % de los ciudadanos encuestados ha expresado su deseo de que Estados Unidos se retire del conflicto o le ponga fin de inmediato.
El Pew Research Center ,por su parte, encontró que aproximadamente seis de cada diez estadounidenses (62%) desaprueban la gestión de Trump, de la acción militar contra Irán, una cifra incluye a un 45% que manifiesta una fuerte desaprobación. Solo, poco más de un tercio (36%) aprueba dicha gestión.
“Casi seis de cada diez personas (59%) opinan que Estados Unidos tomó una decisión equivocada al utilizar la fuerza militar en Irán, mientras que el 38% considera que fue la decisión correcta. Esta postura tampoco ha variado con respecto a la encuesta de marzo” según el Pew.
A su vez, Elliott Abrams Investigador sénior de Estudios sobre Oriente Medio del Council on Foreign Relations, califica las actuales negociaciones con Irán como “ el arte de ocultar la derrota” más que “ el arte de la negociación” afirmando que “el deseo de Trump de poner fin rápidamente a los enfrentamientos con Irán, para así reactivar el flujo de petróleo y reducir los precios, lo ha dejado sin una posición negociadora real lo que ha sido aprovechado por Irán para reafirmar su dominio sobre la vía acuática y tratar de sacar provecho económico.
Y aunque el alto al fuego oficial, entre ambos países, expiró este lunes, apenas habrá repercusiones, dado que ya había sido violado en numerosas ocasiones.
Para Trump, la negativa del régimen iraní a aceptar las condiciones de paz que él exigía ha supuesto un revés político en casa pues podría perjudicar las posibilidades de los republicanos de mantener el control del Congreso además de dañar su propio legado.
Lo más desalentador es que, antes de que comenzara la guerra el 28 de febrero, Irán no había intentado controlar el estrecho de Ormuz, por donde transita cada año el 20 % del suministro mundial de petróleo y gas natural además de un tercio mundial del comercio de fertilizantes, azufre, un componente importante para la refinación de petróleo y gas; metanol, aluminio, helio, alimentos, textiles, productos electrónicos y la lista continua.
Ahora, en gran medida, como consecuencia de los ataques de las fuerzas armadas estadounidenses e israelíes, Teherán se ha dado cuenta de que, si controla el estrecho, ya sea mediante ataques violentos contra buques o exigiendo tasas a cada embarcación que lo atraviese, está poniendo al mundo entero en jaque.
Esta ventaja estratégica ha llevado la crisis a un punto muerto.
También es cierto que, la Casa Blanca cuenta, con sus propios medios de presión frente a Irán.
No se puede pasar por alto que el mandatario estadounidense restableció el bloqueo naval a todos los puertos iraníes, lo que ha paralizado de facto todas las importaciones y exportaciones de Irán.
Trump espera que el daño a la economía iraní obligue finalmente al régimen de Teherán a admitir la derrota y poner fin a la guerra tras más de cinco meses de conflicto.
El problema es que, hasta ahora, Teherán ha logrado sobrellevar las dificultades económicas y parece decidido a resistir el mayor tiempo posible y ejercer presión sobre Estados Unidos.
El presidente sigue amenazando con lanzar nuevos ataques militares, pero luego se echa atrás en el último momento, con la esperanza de que la amenaza sea suficiente para persuadir a Irán de volver a la mesa de negociaciones, pero hasta ahora ha ocurrido todo lo contrario.
Otro acontecimiento que podría anular cualquier esperanza de un acuerdo de paz es la determinación iraní, según informes de inteligencia, de querer vengarse de Estados Unidos por la muerte del ayatolá Ali Jamenei, el líder supremo, quien falleció en un ataque aéreo durante el primer día de la guerra.
La intención de atacar personalmente a Trump quedó patente cuando se reveló, tras la cumbre de la OTAN en julio, que el Servicio Secreto organizó una maniobra trasladando al mandatario desde el Air Force One, a un avión más pequeño en el aeropuerto de Ankara- Turquía, utilizando un camión de servicio de comida, debido al temor a un ataque iraní.
La represalia no es un buen incentivo para la paz, y es probable que los dirigentes del régimen de Teherán no estén dispuestos a negociar acuerdo alguno mientras Trump ocupe la presidencia.
No son buenas noticias para el partido republicano que luchará contra sus adversarios políticos por conservar sus escaños en el Congreso, en menos de tres meses.