La Cuba revolucionaria es una enorme oscuridad tiránica, que quiere opacar con la desesperanza y mediante la represión aplastar el deseo de libertad del pueblo cubano. La gran mayoría de la gente afirmada en su fe resiste pacíficamente a esa cruel tiranía, convencida de que la justicia y la libertad reinarán pronto en el país.
El régimen castrocomunista usó la violencia brutal para apabullar a manifestantes pacíficos el 11J, con el objetivo de reducir al silencio las justas demandas de la población. En una sociedad libre no es un crimen exigir justicia, libertad y bienestar a través de la esencia natural de la persona, su libertad de expresión.
El títere tirano Miguel Díaz-Canel Bermúdez dio la orden de combate a sus secuaces revolucionario del Partido Comunista, las Brigadas de Respuesta Rápida y las organizaciones procastristas, ambas paramilitares vestidas de civil, dirigidas por la policía política o Seguridad del Estado (DSE).
La represión gubernamental cubana ha ido en incremento, sobre todo, después de los disparos de armas de fuego y palizas brutales en públicos, se agregó los tratos crueles e inhumanos y torturas en los centros de detención y las cárceles del país a los manifestantes pacíficos bajo la custodia oficial. Pero para silenciar el amplio descontento popular en el país, iniciaron los juicios sumarios sin garantías procesales y sin el debido proceso, demostrando que no solo por teoría legalista social, sino en la práctica, el sistema judicial está controlado y subordinado al poder ejecutivo, entiéndase bien, al pequeño grupo del Buró Político del Partido Comunista de Cuba (PCC).
Tan desesperado y frágil está el régimen castrocomunista, que para sostenerse por un poco más de tiempo en el poder del país, impuso sanciones elevadas de entre 15 y 30 años a los manifestantes pacíficos, el uso desproporcionado e incluso más arbitrario del calificativo penal de sedición, para amedrentar al pueblo cubano y siga aceptando en sumisión la voluntad tiránica de los cabecillas comunistas y su sociedad de miedo.
El pueblo cubano en las manifestaciones pacíficas del 11J puso al desnudo la esencia violenta y despreciadora de los derechos humanos del régimen castrocomunista y quitó las máscaras y disfraces de la buena voluntad y bondad a los tiranos Raúl Castro y Díaz-Canel y sus secuaces partidistas. Estos se mostraron como al inicio de la usurpación del país, donde fusilaron a muchos por disentir e inclusos menores de edad y una feroz persecución que incluyó a sacerdotes y personas de fe, con destrucción de la sociedad libre y abolición de la palabra Dios de la historiografía constitucional cubana de 1901 y 1940.
Las nuevas leyes revolucionarias impusieron primero la Ley Fundamental de 1959, ya sin Dios como guía del pueblo cubano, e introdujo la ateísta Constitución de 1976, un engendro estalinista y no cubano, más bien un reglamento del Partido Comunista, colocado a sangre, fuego y lágrimas a la nación cubana como norma suprema en el país. En la reforma de la ley suprema de 1992 se declara el estado laico para agradar a las Iglesias y continua así con los cambios de 2019.
Sin embargo, algo nuevo después de las manifestaciones populares del 11J y la conveniente coexistencia pacífica de la tiranía castrosocialista con las iglesias cubanas y del mundo, iniciada en 1992, durante 29 años aseguró el apoyo de estas iglesias, ahora ante su ideología comunista decadente, moribunda y nada influyente en el pueblo y por temor del fortalecimiento de este en los valores y principios bíblicos, el régimen declara a través de su órgano oficial, el libelo Granma, que “El síndrome del pecado original atraviesa toda la cultura occidental”; cuando es una gran realidad que a través de la enseñanza judeocristiana, que estructura al mundo occidental, hace que el hombre y la mujerse beneficien en la práctica diaria del amor, la libertad, la justicia y la verdad del Dios Bíblico.
Sin bien, por un hombre entró el pecado al mundo, por otro hombre la salvación de la humanidad; y por el gran amor y la misericordia de Dios de enviar a su hijo Jesucristo como salvador de la raza humana, para todos, hombres y mujeres. Pero los dejo en el pensamiento del apóstol cubano José Martí, quien mencionó en su obra a Jesús en 177 ocasiones, a Cristo, 135; Nazareno, 8, Salvador 2 y Crucificado 1. Martí dijo que “Un pueblo irreligioso morirá, porque nada en él alimenta la virtud. Las injusticias humanas disgustan de ella, es necesario que la justicia celeste la garantice”.