Álvaro está convencido de que Trump no se va a “tirar en Venezuela”, que los buques de guerra frente a las costas venezolanas no pasan de ser un paripé, aunque todos coincidan en que la flotilla tiene de cabeza al régimen de Nicolás Maduro.
Vivencias que toman forma de relatos y conllevan a la reflexión
Álvaro está convencido de que Trump no se va a “tirar en Venezuela”, que los buques de guerra frente a las costas venezolanas no pasan de ser un paripé, aunque todos coincidan en que la flotilla tiene de cabeza al régimen de Nicolás Maduro.
Según la visión de este autodeclarado analista político, los barcos terminarán regresando; sin lanzar un misil y solo habrán servido para que Maduro remueva el hormiguero interno y ponga a todos los rivales dentro del país a bailar la cuerda del nacionalismo, y a cerrar filas ante la supuesta invasión yanqui.
“Todos los dictadores hacen lo mismo en cuanto aparecen las cañoneras en el litoral”, me dice este profesor de secundaria de Miami quien dedica su tiempo libre a beberse cuanto libro o documental de historia le quede a su alcance. “Esa clase se la pueden dar a Maduro desde La Habana, pero también desde la dominicana de Balaguer a la muerte de Trujillo, o el PRI mexicano que siempre ha tenido al San Benito norteamericano para entretener al pueblo”.
Mientras, José Antonio cree que la cosa es más seria, “estamos viviendo de nuevo la historia de Noriega, que jugó con la droga y terminaron sacándolo de la embajada del Vaticano en Panamá, sin importar que fuera agente de la CIA, ¡se pudrió en la cárcel!”.
Álvaro vuelve a defender su posición, pero cargando contra Trump, “se sabe la música, pero no la letra”, dice burlonamente y recuerda los submarinos que supuestamente el Presidente envió a Corea del Norte en su primer mandato, o los submarinos que confirmó posicionados frente a Rusia hace tan solo unos días, “puro juego propagandístico, al final no hace nada”.
En el grupo hay un reconocido exembajador que toma distancia tanto de Álvaro como de José Antonio, “no hay forma de comparar Panamá con Venezuela, ni lo que se hiciera contra Noriega en 1989 con lo que se puede hacer contra Maduro ahora”, todos callan, el anciano consiguió la atención general. Según el embajador, en Panamá había que meterse a como diera lugar, “estábamos a diez años del traspaso del canal a los panameños y bajo ningún concepto podíamos dejarlo en manos de ese loco narcotraficante”.
Según su explicación Panamá era además el país perfecto para la intervención, un territorio pequeño con el mar muy cerca por ambos lados y con presencia militar estadounidense desde hace muchos años, “además los panameños nos querían”. Por el contrario, el antiguo diplomático opina que Venezuela es inmenso lo que necesitaría una planificación de mayor envergadura y costo, “sobre todo costo” dice el exembajador,
“Y Venezuela no tiene ni canal ni nada que le interese a los Estados Unidos” interrumpe Álvaro, además allí sí hay tierra para esconderse, no como Noriega que no tenía un hueco donde meterse”.
José Antonio discrepa, a bordo de los barcos hay misiles con precisión quirúrgica, no se necesita invadir, “paseando en su limusina Maduro puede vivir sus últimos minutos sin darse cuenta”, con su mano derecha imita el cohete que cae mientras que con la zurda, (oportunamente la mano izquierda), imita el auto donde se desplazaría el dictador venezolano, “¡buum!” casi grita mientras imita un revolico con ambas manos, “y ahora que el chofer de guagua es un terrorista internacional más fácil todavía, el que delate la posición se gana los cincuenta millones que ofrecen por su cabeza”.
Para el exembajador el asunto es más complejo que lanzar un misil, él cree que la apuesta de Trump es crear inseguridad, que los barcos provoquen dentro de la cúpula de los militares de Maduro un conato interno, “que algunos se le viren con ficha y terminen por derrocarlo, entregarlo o matarlo”.
“No hombre, no”, replica José Antonio, “nadie se gasta millones de dólares para asustar a unos militares del narco, aquí hay cohetes o aviones sin pilotos de esos que te dejan ciego sin darte cuenta”.
Álvaro le insiste que se ponga al día, porque Maduro prohibió los drones por los próximos treinta días, “ni comprarlos deja, así que tus aviones sin pilotos no pueden ni armarse ahora mismo”. De paso recuerda la movilización anunciada por Diosdado Cabello de cuatro millones y medio de reservistas para esperar la supuesta invasión, “que no van a ver un marine pero que sirven para reprimir a los opositores, ya tienen justificación para meterle mano a María Corina”.
“Compadre, que en el cuento tuyo siempre gana el malo” le dice José Antonio molesto. La discusión se interrumpe porque la enfermera le dice al exembajador que pase a la consulta del médico, lo que provoca la reacción airada de José Antonio, “señorita por favor dígale al doctor que cuele a este”, dice señalando a Álvaro, “que no me deje solo con él en la sala de espera”, Álvaro sonríe, “estás jodido, ahora mismo soy tu drone, así que agárrate que voy a estar volando a tu alrededor por los próximos treinta minutos”.
