Regresa sobre la alfombra del COVID-19, acaso estimulada por la larga cuarentena que le cobra medio año de vida útil a la Humanidad y a sus sectores más necesitados, la violencia social disoluta e indiscriminada.

Occidente ve afectados a millones de sus habitantes y ofrenda en Holocausto a varios centenares de miles de estos bajo la pandemia. Al término trilla otra vez con el fenómeno del Joker. Es la otra enfermedad que conoce el mundo hasta el instante en que la bacteria del coronavirus se les escapa a los chinos de sus laboratorios.

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El encierro, la parálisis global es apenas la pausa. Es el intermedio que separa las dos partes de una misma película que se inicia en los escenarios de Santiago de Chile, Bogotá, Quito, París, Hong Kong, y continúa ahora en Estados Unidos. Unos y otros, casualmente cuentan con gobiernos ajenos a las prédicas del progresismo, la corrección política, el integrismo ecológico, la subordinación cultural judeocristiana al islamismo, la lucha entre razas como sustitutiva de la lucha entre clases y sus pretensiones globalizadoras.

Antonio Pulido escribe sobre el Joker, que “pasa de ser el villano más o menos interesante de las películas de Batman a tener una entidad propia, revolucionaria, que lo eleva por encima del multimillonario justiciero” a quien le sobran motivos para su lucha, como lo fuera el asesinato de sus padres. Pero aquél le supera – “es imposible no empatizar” con su revuelta, dice el comentarista – pues viene de “una vida de miseria y dolor”. Todo lo ha intentado “de verdad, pero siempre se han reído de él y le han hecho sufrir”, hasta le han hecho víctima de abusos sexuales y acoso.

En el filme – comprometido ideológicamente como “Los dos papas” y protesta contra el capitalismo – es al personaje de marras a quien siguen “los precarios, los marginados que han intentado pertenecer a la sociedad, pero esta, especialmente sus clases más altas, los ha excluido de ella”, reza la crónica.

La violencia hace metástasis, pero pierde su razón de ser por la misma razón de ser que esgrime cada congregado e “indignado” cuando acude a las calles ante cualquier noticia o realidad de conveniencia. La movilización se le hace desahogo, sin que sea la respuesta exacta a una narrativa elaborada desde antes y compartida. Atizada por las redes o plataformas convocantes, que la guía como a un banco de sardinas, al término los móviles individuales congregados amagan al sobreponérseles el “derecho humano” emergente de los más violentos: ¡Destruyo porque me da la gana!

Hasta antes de la pandemia, arguyéndose la insensibilidad social de los gobernantes de turno y en las ciudades mencionadas se arremete contra los símbolos de la modernidad –instalaciones de transporte rápido metropolitano– y los religiosos, como vestigios de una civilización milenaria que, según el propio Vaticano, declina. No falta el saqueo de los comercios, el robo que se sublima o legitima siendo extraño a la legalidad y que mejor resume Hugo Chávez, en 1999: ¡El que roba tiene hambre, no comete delito!

Pues bien, lo evidente es que las manifestaciones de rabia e impotencia social en curso parten siempre de una verdad irrefutable, como la inaceptable y amoral muerte de un negro por ser negro a manos de un policía blanco o de un blanco preterido por otro blanco prepotente. Más tal verdad deja de serla cuando se la hace medio para la misma violencia, que es negación de la Justicia.

En los meses transcurridos desde el inicio de la pandemia las narrativas que circulan las agencias noticiosas y por las redes tienen como objetivo compartido fracturar el prestigio de la Casa Blanca, censurarla sin tregua, obviándose el federalismo institucional norteamericano. Antes como hoy, las verdades a media o descontextualizadas (Fake News) hacen de las suyas. El elevado número de enfermos y de muertes se usa como prueba diabólica de la incapacidad e irresponsabilidad gestionaría del presidente Donald Trump. Se omite que él ordena el cese de tráfico aéreo con Europa el 12 marzo pasado, para cuidar de sus compatriotas, sufriendo de la iracunda reacción europea en su contra. Se silencia, o poco se dice cuando la España de Podemos, el México de López Obrador, la Cuba de Diaz Canel, la Nicaragua de la pareja Ortega, o la Venezuela del felón Maduro, adoptan iguales medidas, pero con semanas de retraso. Sin respeto por el distanciamiento social y agrediendo a la prensa a fin de manipular las cifras de letalidad.

El Grupo de Puebla, fundado en 2019, logia de perseguidos por la Justicia, como la Internacional Progresista de Sanders se afanan recordando, en la ocasión, que la libertad del colectivo, cesadas las “prisiones domiciliarias” impuestas, habrá de sujetarse a las leyes y dictados evolutivos de la Pachamama, que grita y se muestra exuberante. Nos hacen ver, además, que bajo las democracias liberales han ocurrido más muertos por la pandemia que en los regímenes “paternalistas” de Corea o de Cuba.

La violencia como las frustraciones explicables del Joker, de consiguiente, seguirán presentes y vigilantes tanto como la práctica de la “dictadura constitucional”. Así lo exigirá, según aquellos, el conjurar el desempleo y la “gran depresión” de las economías que siguen, culpas de “las fuerzas gobernantes de derecha”, jamás del inexpugnable Instituto de Virología de Wuhan.

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