La transparencia y la honestidad son la moneda que hacen de los Estados Unidos la mejor democracia del mundo. Y se da por hecho que la falta de transparencia permite a los políticos de mala fe abusar del sistema para obtener beneficios a costa de los contribuyentes.

La semana pasada, en un gesto de transparencia y buena fe, tanto Hillary Clinton como su compañero de fórmula, Tim Kaine, publicaron sus declaraciones de impuestos. Este gesto no solo se inscribe en la tradición moderna de todos los candidatos presidenciales desde la década de los años 60s, sino que se apunta a la pauta establecida por los Clinton de hacer públicas sus declaraciones de impuestos de los últimos 40 años. Han demostrado así que no tienen nada que ocultar, algo que no puede decirse de Donald Trump.

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Es importante resaltar que la difusión de las declaraciones de impuestos no es una práctica exclusiva de los demócratas, ni cabe esperar que se restrinja a estos. Un grupo de republicanos han expresado su preocupación al respecto, incluyendo al prominente simpatizante de Trump, el senador Mitch McConnell, quien ha aludido al asunto con toda claridad: "Durante los últimos 30 ó 40 años, todos los aspirantes a la Presidencia han dado a conocer sus declaraciones de impuestos; y creo que Donald Trump debería hacerlo también".

Pero, en vez de hacer lo que dicta la costumbre y lo que le aconsejan sus partidarios más influyentes, Trump ha dado marcha atrás no en una sino en múltiples garantías que dio en el pasado de que revelaría sus declaraciones de impuestos. Cuando irrumpió en la escena política como un anacrónico líder de tintes racistas cuestionando de forma irresponsable la ciudadanía del Presidente, Trump aseguró que difundiría sus declaraciones de impuestos si Obama mostraba su certificado de nacimiento. Trump no cumplió. En la campaña electoral del año pasado, Trump prometió varias veces que en algún momento lo haría. Y ahora, cuando solo distan tres meses de las elecciones, de repente ha cambiado de opinión y, amparándose en una dudosa una auditoria del IRS, pretendió sacudirse el compromiso cuando un periodista le inquirió acerca de las devoluciones. “No es asunto suyo”, le respondió Trump.

Pero se equivoca. Sus ingresos y pago de impuestos sí son asunto que deben conocer los ciudadanos, incluso para valorar sus posibles conflictos de interés en la formulación de políticas públicas. Por eso su empeño en ocultarlos ha puesto en marcha varias interrogantes: ¿Qué hay en la billetera de Donald Trump? ¿Qué es tan comprometedor que ha optado por violentar más de 40 años de tradición, además de sus propias, reiteradas, promesas? Cuanto más tarde en quitar el velo a sus declaraciones de impuestos, más podemos sospechar que allí se oculta una caja de Pandora política. Varios observadores han asomado una serie de posibles explicaciones: ¿los reportes impositivos de Trump podrían evidenciar sus presuntos vínculos con los oligarcas rusos? ¿Está tributando la cantidad apropiada sobre su "enorme" fortuna (o, peor, ningún impuesto en absoluto)? ¿Será que sus niveles de responsabilidad social y filantropia no se corresponden con lo que ha proclamado a viento y marea?

Es perfectamente legítimo esperar que Trump muestre esa declaración. Y pronto. No solo por el bien de los votantes, que deben ejercer ese derecho con conocimiento de causa, sino también para evitar el pernicioso precedente que podría sentarse, de cara a futuras elecciones, si la sociedad le tolera ese desplante a Trump.

Las finanzas de los candidatos a la Presidencia es asunto de interés nacional. Eso no está en discusión ni debe dejarse librado a los vaivenes de la diatriba electoral. Hillary Clinton lo sabe y ha actuado en consecuencia. Nos queda recordárselo a Donald Trump con la firmeza que el asunto requiere.

@lecumberry
*Board Chair of the Latino Victory Project

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