martes 11  de  agosto 2026
OPINIÓN

La hora de Skinner

Una serie de Netflix, una novela de 1948, una película maldita y el mayor premio de la informática cuentan, sin saberlo, la misma historia: la de un psicólogo que creíamos superado y el siglo XXI devolvió al primer plano. ¿Por qué retorna B. F. Skinner?

Diario las Américas | EDUARDO MORA BASART
Por EDUARDO MORA BASART

Lacie sonríe antes de dar el primer sorbo. No porque el café lo merezca, es que alguien la observa. Después de morderla, coloca la galleta junto a la taza; fotografía y sube la imagen. En segundos llegan las estrellas. Su puntuación aumenta, y con ella el ánimo.

En el mundo de “Nosedive” —el episodio que abrió la tercera temporada de Black Mirror— cada gesto cotidiano recibe una nota, de una a cinco estrellas, y esa cifra lo decide todo: el trabajo, la casa, quién te sonríe en la calle. Lacie cree que elige cómo comportarse. En realidad, está inmersa en una arquitectura invisible donde se premia unas conductas y castiga otras, y la moldea sin que se dé cuenta.

El episodio se estrenó en 2016. Para entonces, Burrhus Frederic Skinner llevaba muerto veintiséis años. ¿Y si una de las mejores metáforas para entender el siglo XXI la escribió el psicólogo nacido en 1904?

La comparación no es un adorno. Cuando Instagram probó ocultar los “me gusta” para aliviar la presión sobre los más jóvenes, su responsable, Adam Mosseri, reconoció que le rondaba la cabeza un episodio de Black Mirror —el que casi todos identificaron con “Nosedive”—. Una ficción sobre la conducta humana estaba rediseñando una de las redes más influyentes del planeta. Para entender cómo llegamos hasta allí, hay que retroceder mucho antes de 2016.

De la utopía a la pesadilla

Sesenta y ocho años antes de “Nosedive”, Skinner imaginó una sociedad organizada alrededor de una idea similar, aunque con una intención opuesta. No era guionista. Era psicólogo.

En 1948, en plena posguerra, publicó una novela: Walden Dos. Describía una comunidad que usaba el conocimiento científico de la conducta para diseñar el ambiente social y favorecer la cooperación, la creatividad y la alegría en lugar del castigo y el miedo. Para él era una utopía luminosa: si el entorno nos moldea de todos modos, más vale cambiarlo con cuidado, y hacia el bien.

No todos vieron una utopía. La misma idea —que la conducta puede diseñarse— tenía un reverso de pesadilla, y la cultura lo encontró enseguida. En 1962, Anthony Burgess publicó La naranja mecánica; en 1971, Stanley Kubrick la llevó al cine. Su protagonista, Alex, es sometido a la “técnica Ludovico”: un condicionamiento forzado que le arranca la capacidad de elegir. Durante décadas, esa imagen —coerción, control, voluntad anulada— quedó atada al nombre del conductismo como una sombra.

Entre Walden Dos y La naranja mecánica quedó atrapada, durante medio siglo, la imagen pública de Skinner. Para unos, halló las herramientas para construir un mundo mejor. Para otros, abrió la puerta a un universo donde alguien decidiría por nosotros. La historia, sin embargo, tomó un camino que ninguno de los dos relatos previó.

No llegó Frazier, el fundador de Walden Dos. Tampoco el médico que reprograma a Alex. Llegó el algoritmo.

La conducta en tu bolsillo

Vuelve al presente, y a tu bolsillo. El teléfono vibra. Lo miras. Subes una foto. Llegan unos “me gusta”. Vuelves. Deslizas: nada. Deslizas otra vez: nada. Y de pronto, algo que te atrapa. Sigues.

No hace falta nombrar una teoría. Basta con reconocerse. Skinner dedicó su vida a una pregunta de apariencia simple —¿por qué repetimos lo que hacemos?— y buena parte de su respuesta estaba fuera del individuo, en lo que ocurre después de cada acto. Lo llamó selección por consecuencias: las conductas seguidas de un resultado favorable tienden a repetirse; las demás se apagan. Descubrió algo más sutil: no solo importa qué consecuencia sigue a una conducta, sino cómo se distribuye en el tiempo. Cuando el reforzamiento aparece de forma intermitente, una conducta puede persistir durante muchas respuestas aunque cada una, por separado, no produzca nada. Las máquinas tragamonedas llevan esa lógica al extremo; los feeds digitales le añaden una versión mucho más compleja y personalizada.

Ese es el diseño del scroll infinito de Facebook. La pantalla que nunca termina —la que se recarga sola y borra cualquier punto natural de parada— no es una comodidad de la interfaz: es una técnica conductual, atribuida a Aza Raskin, que años después dijo arrepentirse. Cada deslizamiento funciona como la palanca de una tragamonedas —a veces nada, a veces algo que recompensa—, y esa incertidumbre reproduce los programas intermitentes de reforzamiento que Skinner describió en sus palomas: sobre todo los de razón variable, que sostienen una conducta muy resistente a la extinción. La red no inventó un principio nuevo. Tomó uno viejo, formulado en un laboratorio, y lo puso en cada bolsillo.

Pero las consecuencias no lo explican todo. Falta el cuándo. Una luz verde no obliga a avanzar; un cartel de “abierto” no arrastra a entrar; una notificación no fuerza a abrir la aplicación. Y, sin embargo, gobiernan la conducta. Lo hacen porque, a lo largo de nuestra historia, señalaron los momentos en que ciertas respuestas encontraban consecuencias. Skinner llamó a esto control de estímulos, y es uno de los pilares del análisis de la conducta. El punto rojo de una notificación, el icono de una aplicación, el vibrar del teléfono, el “tres personas están escribiendo…” no son premios: son señales que aprendieron a mover nuestras manos porque anuncian que quizá llegue el premio.

La batalla por la siguiente respuesta

Existe otra pregunta que el reforzamiento, por sí solo, no responde. La rata de los primeros experimentos tenía una palanca; nosotros tenemos muchas a la vez, y buena parte de la conducta consiste en decidir cuál pulsar.

En 1961, Richard Herrnstein, alumno de Skinner, midió esa elección: cuando hay varias alternativas, los organismos reparten su conducta en proporción al reforzamiento que obtienen de cada una. La llamó ley de igualación. La pregunta ya no es “¿por qué hace esto?”, sino “¿por qué elige esto y no aquello?” —por qué pasamos veinte minutos en una aplicación y dos leyendo—, quizá la gran cuestión económica y tecnológica del siglo XXI.

De la elección nace otro hallazgo: el valor de una consecuencia disminuye cuanto más lejos queda en el tiempo. Ese descuento temporal ayuda a explicar desde la impulsividad hasta el ahorro, y describe bien una asimetría del mundo digital: un “me gusta” llega en segundos; leer un libro, terminar una carrera o preparar la jubilación recompensa mucho después. La balanza favorece lo inmediato.

El premio que no dijo su nombre

Nada de esto se quedó dentro de la psicología. Mientras la disciplina discutía la muerte de Skinner, principios asociados al aprendizaje reaparecían en otros campos. Kahneman y Thaler devolvieron el contexto y la arquitectura de la elección al centro de la economía; la ciencia de las consecuencias convirtió señales y recompensas en tecnología persuasiva. No era conductismo en sentido estricto. Lo significativo no es la identidad, sino la convergencia.

Fuera de la psicología, el conductismo no sobrevivió como escuela: lo hizo en su dimensión tecnológica.

La escena más reciente ancla todo en la actualidad. En marzo de 2025, la Association for Computing Machinery entregó el Premio Turing —el galardón que muchos llaman “el Nobel de la informática”, dotado con un millón de dólares— a Andrew Barto y Richard Sutton por sentar las bases del aprendizaje por refuerzo.

Esa técnica está detrás de hitos que muchos recuerdan aunque no sepan su nombre. En 2017, AlphaZero aprendió a jugar al ajedrez sin una sola partida humana, solo jugando contra sí mismo, y venció con contundencia a Stockfish, uno de los motores más potentes que existían. En esencia, la misma estructura de siempre: una acción, una consecuencia y el ajuste de la siguiente.

El acta del Premio Turing lo dice sin rodeos: Barto y Sutton empezaron a formular esa idea, en los años ochenta, “motivados por observaciones de la psicología”. La palabra recompensa, reconocen los textos del campo, está “tomada de la psicología y la neurociencia”. Su raíz es la vieja ley del efecto de Thorndike y el condicionamiento operante que Skinner convirtió en ciencia: un agente actúa, recibe una señal sobre el resultado y ajusta la siguiente acción. Y el loop —ciclo de acción, resultado y ajuste que se repite— cierra de un modo revelador: en los años noventa se descubrió que ciertas respuestas de las neuronas dopaminérgicas mostraban una semejanza asombrosa con la señal de error de predicción que emplean esos modelos —algo se dispara cuando el resultado supera lo esperado—. La máquina ayudó a iluminar el cerebro que la inspiró.

El mayor premio de la informática coronó una idea con profundas raíces en la psicología del aprendizaje, pero en la fiesta brillaron las máquinas, los algoritmos y, a lo sumo, Thorndike y sus animales. El hombre que convirtió la selección por consecuencias en ciencia quedó al margen del hito, y devolverle su lugar exige partir de esa ausencia.

Skinner no terminó en Skinner

Y, sin embargo, lo más injusto no es que se olvide su nombre en un premio. Es creer que su ciencia se detuvo con él. No fue así. Hizo lo propio de toda ciencia viva: creció y respondió, una tras otra, preguntas que Skinner apenas dejó planteadas.

Donald Baer, Montrose Wolf y Todd Risley (1968) fijaron siete dimensiones para que el estudio de la conducta saliera del laboratorio sin dejar de ser ciencia: debía ser aplicado, conductual, analítico, tecnológico, conceptualmente sistemático, eficaz y capaz de generalizar. Ahí nació el análisis conductual aplicado, el ABA moderno. Ya no bastaba con producir un cambio observable: debía probar que importaba para la vida de la gente, medirlo con fiabilidad, demostrar que la intervención —y no otra variable— lo causaba, y comprobar que duraba y se extendía. Y aunque su nombre se asociaría cada vez más al autismo, esos mismos principios entraron también en fábricas, hospitales, escuelas y programas de salud pública, integrado en la gestión conductual de las organizaciones.

Pero sus herederos no se limitaron a repetirlo. Cada uno tomó una de las preguntas que Skinner dejó entreabiertas: ¿por qué una conducta se repite? ¿qué significa explicar lo que ocurre dentro de una persona? ¿cómo se aprende a hablar? y la devolvió al laboratorio y a la clínica para responderla con datos. Lo que viene son algunas de esas respuestas.

¿Por qué este niño hace esto?

Un niño se golpea la cabeza contra la pared. Una y otra vez. Durante décadas, un informe escribiría una sola palabra —autolesión— y, acto seguido, la pregunta de siempre: ¿cómo la detenemos? Brian Iwata y su equipo cambiaron la pregunta. En lugar de juzgar la conducta, la investigaron. ¿Qué ocurre justo antes y después de cada golpe? Manipularon las condiciones una a una: cuando el niño recibía atención, cuando se le pedía una tarea, cuando estaba solo, cuando no pasaba nada. Y de ese experimento emergió algo invisible hasta entonces: la función. La misma conducta —golpearse— podía servir en un niño para escapar de una tarea y en otro para conseguir atención. Idénticas por fuera; opuestas por dentro.

La conducta desadaptativa dejó de eliminar a comprender algo con Iwata. Cuando las condiciones lo permiten, el análisis funcional manipula las variables para identificar qué mantiene una conducta.

El hallazgo de Iwata tuvo una consecuencia práctica de una dimensión conmovedora. Si una conducta difícil cumple una función —se repite porque permitió lograr atención, escapar de una tarea, etc.—, no basta con suprimirla: debe enseñarse otra manera, más segura y eficaz, de obtener lo mismo. Edward Carr y V. Mark Durand lo formularon a mediados de los ochenta como entrenamiento en comunicación funcional. Una misma función, nueva respuesta. El niño que se golpeaba porque le permite escapar de una tarea aprende a pedir un descanso; el que grita para lograr atención aprende a llamar con una palabra o una imagen. La conducta problemática se convierte en innecesaria. Es, quizá, su giro más humano.

Otro heredero, Jack Michael, aguzó todavía más la mirada con las operaciones motivadoras: un vaso de agua no es un gran premio para quien acaba de beber; lo es, y mucho, para quien lleva horas con sed. El valor de una consecuencia no es fijo: cambia con el estado del organismo y con el contexto. Skinner puro, y más fino que los primeros laboratorios operantes.

Su verdadera radicalidad

Vale la pena detenerse aquí, porque es fácil un acercamiento reduccionista a Skinner: el hombre del premio y el castigo. Su aportación fue más profunda. Antes de él, explicar una conducta consistía en buscarle una causa interna: se huye “por miedo”, se estudia “por motivación”. Skinner señaló la trampa: si el miedo es justo el conjunto de fenómenos que todavía debemos explicar, nombrarlo no explica nada. Su giro fue cambiar la pregunta: no “¿qué entidad interna causa esto?”, sino “¿de qué historia entre el organismo y su ambiente emerge esta conducta, y bajo qué condiciones cambia?”.

Contra la caricatura más persistente, el conductismo radical no negó el mundo interior. Pensar, recordar, sentir miedo o hablarse a uno mismo son también hechos del organismo, y Skinner los incluyó dentro de una ciencia natural de la conducta. No expulsó la mente: expulsó la costumbre de convertir el nombre de un fenómeno en su explicación. Con ese solo gesto dejó una caja de herramientas mucho mayor que la palanca y la rata.

Ese giro abre una pregunta que va más allá de Skinner y late, callada, bajo todo lo siguiente: ¿qué es explicar de modo científico una conducta? La respuesta obliga a cuatro distinciones que casi nunca se hacen en voz alta. Describir no es explicar: decir que alguien “huye por miedo” puede ser solo ponerle nombre a lo que aún falta por entender. Correlacionar no es causar: que dos cosas aparezcan juntas no dice cuál mueve a cuál. La eficacia no es el mecanismo: una terapia puede funcionar sin que su teoría acierte con por qué funciona. Y el mecanismo no es la etiología: un fármaco puede aliviar un síntoma sin demostrar el origen del trastorno. Estas distinciones deciden qué cuenta como prueba. Lo que Skinner dejó, más que un catálogo de respuestas, fue una exigencia: no confundir el nombre de un fenómeno con su explicación, ni observar una mejoría con comprender por qué ocurre.

El problema que dejó abierto: el lenguaje

En 1957, Skinner publicó Verbal Behavior —Conducta Verbal—, donde proponía estudiar el lenguaje no como una facultad mental aparte, sino como conducta: atendiendo a cuándo hablamos y a las consecuencias sociales que sostienen ese hablar. Dos años después, un joven lingüista, Noam Chomsky, publicó una crítica de enorme influencia, y durante años se instaló la impresión de que cerraba el caso: el conductismo servía —aseguraban— para palomas que picotean, no para la mente humana.

Desde la tradición conductista se objetó que la crítica de Chomsky atribuyó a Skinner supuestos apegados al conductismo metodológico de Watson y Hull —dejaba fuera lo mental— que al conductismo radical, donde el pensar estaba incluido y el sentir dentro de una ciencia natural de la conducta. Kenneth MacCorquodale desarrolló esa réplica en 1970, la que el propio Skinner nunca se molestó en escribir: buena parte de aquellas objeciones, sostuvo, erraban el blanco teórico.

La divergencia era más profunda, y solo ahora se ve con nitidez: Chomsky atribuía un papel decisivo a una dotación biológica innata; la tradición skinneriana privilegiaba una explicación seleccionista, en el sentido de Darwin, donde la conducta —también la verbal— se moldea por variación y consecuencias, no por una esencia previa. La ironía es que el siglo XXI convirtió esos sistemas de aprendizaje por consecuencias en protagonistas de la inteligencia artificial, justo lo que durante décadas se juzgó insuficiente.

Pero la respuesta más importante no fue polémica: la tradición se ensanchó desde dentro. Murray Sidman mostró en el laboratorio que las personas derivan relaciones que nadie les enseñó —la equivalencia de estímulos—. Y a partir de ahí, ya en el siglo XXI, Steven Hayes, Dermot Barnes-Holmes y Bryan Roche formularon la teoría del marco relacional, una explicación pos-skinneriana del lenguaje y el pensamiento: aprendemos a relacionar cosas —igual que, distinto de, más que, opuesto a— con tanta flexibilidad que, una vez aprendida una relación, emergen otras sin entrenamiento. De esa línea surgieron, además, algunas de las terapias más usadas hoy, como la de aceptación y compromiso.

Una gran idea se reconoce en la capacidad de sus herederos para refinarla sin destruir su núcleo. Y esa es la paradoja entera: fuera de la psicología, esos principios reaparecieron con otros nombres; dentro de ella, el análisis de la conducta no se quedó en Skinner, sino que durante medio siglo amplió sus métodos, evidencia y campos. Por eso el ABA contemporáneo ya no es un regreso a Skinner: es una ciencia aplicada que siguió evolucionando después de él.

¿Control o libertad?

Esa evolución tampoco se quedó en el autismo. Contra la depresión, la activación conductual reprograma el contacto con un ambiente que vuelva a ofrecer consecuencias, en vez de discutir los pensamientos, y los ensayos la sitúan a la altura de tratamientos más complejos. En el terreno de la emoción, la terapia de aceptación y compromiso no combate el pensamiento: le cambia la función; la dialéctico-conductual persigue algo emparentado desde una arquitectura propia. El mismo aire de familia, ahora aplicado al sufrimiento.

Aquí aparece la diferencia decisiva, la que separa la consulta del feed— flujo continuo de contenido de una red social—. Parte del mecanismo es común —señales, contingencias, consecuencias que moldean la conducta—; lo que cambia de raíz es el fin. La terapia pone ese proceso al servicio de la persona: busca su mejoría, ampliar su repertorio y darle más grados de libertad para vivir en su ambiente, y responde por ese objetivo ante estándares clínicos y éticos. El diseño de captación lo pone al servicio de otra cosa —retener, extraer atención, mover una métrica ajena al usuario—, no de mejorar la vida de quien mira la pantalla; cuando de ahí sale algún bien para él, suele ser un efecto colateral, no el propósito. La misma herramienta puede ampliar repertorios o capturar conductas. La diferencia no está solo en la técnica, sino en a quién sirve.

Y entonces volvemos a Lacie. Al principio veíamos a una mujer obsesionada con unas estrellas. Ahora podemos ver algo más preciso: señales que anuncian cuándo llegará la recompensa, reforzamiento social, castigo, una historia de aprendizaje, reglas que ella misma se repite, la elección constante entre unas fuentes de aprobación y otras, el valor de cada “me gusta” subiendo y bajando según su necesidad. La película sigue idéntica, fotograma a fotograma. No cambió la película. Cambió el espectador.

La tecnología de uno mismo

La industria tiene una respuesta preparada, y suena a libertad: no manipulamos a nadie; le damos a la gente lo que quiere. El argumento falla en un punto exacto: las arquitecturas basadas en el reforzamiento intermitente están diseñadas para elevar sin descanso la probabilidad de que la mano vuelva a la palanca. No es lo mismo darle a alguien lo que quiere que darle lo que no puede dejar de querer. Entre esas dos frases cabe toda la diferencia ética.

Queda una objeción, la más honda: si todo depende del ambiente, ¿dónde queda la libertad? Skinner no lo negó: se sumió en el análisis. El autocontrol —self -management—, dijo, también es conducta: consiste en modificar uno mismo su ambiente para cambiar la probabilidad de lo que hará después. Dejar el teléfono fuera del dormitorio, no traer dulces a casa, programar una transferencia automática a la cuenta de ahorro. Son tecnologías conductuales de uno mismo. Y encierran la vuelta de tuerca más hermosa de esta historia: el mismo saber que permite diseñar un ambiente para capturar nuestra conducta también sirve para rediseñarlo y recuperarla.

Lo que vale para una persona lo hace también para una sociedad: entender que el scroll infinito no es un contenido sino un mecanismo —diseñado con la lógica del reforzamiento intermitente— cambia hasta la forma de legislarlo, porque no se regula igual un mensaje que una contingencia. La primera defensa no es apagar el teléfono; es saber cómo funciona.

Existe todavía una escala considerada por Skinner tan real como las otras dos. En 1981 escribió que la selección por consecuencias opera en tres niveles: la selección natural elige qué organismos sobreviven; el condicionamiento operante, qué conductas del individuo; y la selección cultural, qué prácticas de un grupo. Mira ahora una red social. Alguien inventa un formato; tiene éxito; otros lo copian; se modifica; las variantes que consiguen más interacción se propagan; un meme nace, muta y desaparece.

Skinner murió antes de conocer la palabra viral. Pero pocas palabras describen mejor su tercera escala de selección. En una plataforma ese proceso sucede ante nuestros ojos, a una velocidad que ninguna sociedad anterior conoció.

Un niño que quiere agua

El análisis conductual es hoy una de las tradiciones de intervención más desarrolladas y estudiadas para enseñar habilidades y abordar conductas relevantes para la clínica en personas autistas. Con cada niño y cada familia llega una pregunta concreta.

Un niño quiere agua. No sabe pedirla. Grita. Ya lo vimos con Carr y Durand: ese grito cumple una función, y la salida no es arrancarlo, sino darle una manera mejor de conseguir lo que busca. Alguien le enseña un gesto, una imagen, una palabra. Agua. Y recibe agua. Otra vez. Agua. Otra vez. Hasta que, un día, una respuesta que antes no existía entra a formar parte de su repertorio.

Eso es, en el fondo, el análisis conductual aplicado: comprender qué función cumplía la conducta anterior, descomponer una meta enorme —hablar, pedir, relacionarse— en pasos diminutos y reforzar cada avance hasta convertirlo en habilidad. Pero una destreza que solo aparece frente al terapeuta no basta: el reto que heredamos de Baer, Wolf y Risley es que dure y se extienda, de la clínica a casa y a la palabra espontánea. Por eso el ABA contemporáneo se apoya cada vez más en el juego, las rutinas naturales y la formación de las familias. Aunque no es un territorio ajeno al debate.

Pero cuando alguien quiere impugnar una intervención conductual en la actualidad, suele regresar a los libros que Skinner escribió a mediados del siglo pasado. Se sigue juzgando el análisis de la conducta de 2026 con una fotografía de su fundador tomada en 1953.

El mundo de fuera renombró el conductismo. Sus herederos hicieron algo más arduo: lo corrigieron.

El regreso

Skinner murió en 1990. No conoció Facebook ni vio máquinas aprender de sus resultados. Quizá por eso sorprende encontrar hoy su lenguaje —transformado, discutido, corregido— en tantos lugares que él nunca conoció.

Pero su legado cobra otro sentido frente a un niño que todavía no puede pedir agua. Allí no importa quién ganó una discusión de la psicología del siglo XX. Importa algo mucho más pequeño y, a la vez, más grande: que el niño mire el vaso, aprenda una respuesta y, por primera vez, consiga que alguien lo entienda.

La hora de Skinner, tal vez, no llegó cuando descubrimos que las consecuencias cambian la conducta. Llegó cuando construimos un siglo entero alrededor de esa evidencia: máquinas que aprenden de resultados, plataformas que compiten por nuestras respuestas, terapias que investigan la función antes de intervenir y personas capaces de rediseñar su propio ambiente para cambiar lo que harán mañana.

Y una última incomodidad, la que suele quedar flotando: ¿no es inquietante que se nos condicione sin saberlo? La respuesta de esta ciencia es más incómoda aún: siempre lo estamos, aunque no lo notemos. No por un plan oscuro, sino porque así funciona cualquier organismo en su ambiente; la familia, la escuela, la ciudad y ahora la pantalla nos enseñan a cada hora, los llamemos contingencias o no. La pregunta, entonces, nunca fue condicionamiento o libertad. Fue otra, más difícil: quién moldea nuestra conducta, con qué método y para el bien de quién.

Skinner no lo explicó todo. Pero dejó una pregunta de la que aún no escapamos: ¿qué nos está enseñando, a cada instante, el mundo en el que vivimos?

Eduardo Mora Basart es ingeniero y analista de conducta certificado (BCBA), con un máster en Prevención e Intervención Psicológica en Problemas de Conducta por la Universidad Internacional de Valencia. Enseñó matemáticas en Miami Dade College y Tamiami School Center. Escribe sobre conducta, neurociencia y educación, y aborda los dilemas humanos de la medicina contemporánea.

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