Todos miraban y quedaron anonadados y orgullosos, lo habían visto en muchas películas hollywoodenses, el joven guerrero libertador de las injusticias y aunque en el fondo de todo su ser poseía algo que aterrorizaba a la gente, no hicieron caso; porque con su figura cinematográfica y las palabras embriagadoras a los oyentes corrieron en masa a recibirlo y satisfechos lo abrazaron sin poder separarse de su imagen y su nombre, Sobek el Castrino.
Sobek el Castrino cubano no solo impactó en el vulgo sino en muchísimas personalidades foráneas, que vieron levantarse la añorada antítesis de Superman.
Un traje elegante verde e impenetrable cubría todo su cuerpo, que sin agotamiento paseaba bajo los fuertes rayos solares tropicales, junto a su poderosa y fanática guardia pretoriana, se vanagloriaba de muchos intentos de magnicidios y no usar chaleco protector; incluso un día expuso su pálido pecho, también protegido por el oso salvaje de una potencia extranjera.
Sobek, con todo ese poder, le hizo creer a la gente que era invencible, un duro hueso de roer. Así les robó las esperanzas de elecciones libres y el pan ganado con el sudor de la frente, a pesar de su racionamiento y dependencia paternal, aún mucho lo seguían adorando como el rey de una isla pequeña, que en sus fantasías mentales, había magnificado y convertido en el ombligo del mundo, la cual llamaron El Caimán Verde caribeño.
El rey del caimán verde, admirado por todos sus fanáticos, se convirtió y actuó como un poderoso dios, a veces de sol y otras de halcón, y le hizo creer a mucho la presencia del paraíso en la tierra. Estos por disfrutar un pedacito delicioso del edén cumplieron sus promesas de guerrear por todo el mundo para liberar a la humanidad; sin embargo, implantaron su máximo símbolo de la hoz y el martillo.
Los habitantes del embalse contentos con el rey dijeron: mi madriguera es tuya; y las ínfulas siguieron aumentando y toda propiedad pasó a posesión del reino. Hasta quiso secar una parte pantanosa llena de vida y más arrogancia había en él, sus súbditos le manifestaron su incondicionalidad y cargaron con todo el engendro maligno de sus manos malditas y en su frenesí, transmutado de su personalidad por el adoctrinamiento y el miedo, vociferaron y repitieron hasta el infinito: yo soy Sobek.
El tiempo acaba con todo y el hombre dios sintió la acción natural de las leyes en su cuerpo y sus palabras ya no embriagaban como antaño y nunca llegó la realidad paradisíaca al embalse. Muchos despertaron de tan barato y malvado sueño y hubo alegrías por las renuncias, que huyeron en masa al lugar prohibido del cercano norte.
Las aguas del embalse evolucionaron de cristalinas a turbias y mortecinas, contaminando con los desechos al páramo. Era la viva imagen de su creador malévolo a pesar de continuar repitiendo su nombre y empezaron a recoger los frutos de sus obras y sus complicidades. Tal fue así que hasta el rey Sobek reconoció públicamente que su modelo no funcionaba para ellos, en una evocación al Estado fallido.
Sobek, con su carapacho impenetrable a nuevas ideas y como hueso duro de roer, legó a sus continuadores de cambiar todo lo que pudieran de las reglas del hábitat, sin transformar lo esencial de su proyecto y encontró los más fidedignos fanáticos, que han mantenido esas instrucciones sin importarles la situación de los habitantes del fracasado y moribundo embalse.
Muchos todavía creen que los sobekistas siguen siendo un hueso duro de roer, aunque nunca lo fueron, únicamente lo aparentaban con sus verborreas y al amparo del oso, con quien amenazaban con sus camadas a sus colegas de armas y durante muchos años ocultaron que no contaban con las potentes garras osunas. Hoy están más abandonados como nunca jamás.
Tremenda alegría de los desterrados del embalse caribeño, inclusive, de sus habitantes; el rey del norte se ha levantado milagrosamente, conocedor del dolor innecesario de sus convecinos y anhela poner en orden su casa y su vecindario; porque el juicio es contra todos los dioses y luchará por expulsar a los dos osos y sus secuaces que buscan imponer la tiranía mundial.
En realidad, a los sobekistas castrinos solo les queda una sociedad decadente en el inmovilismo más severo, que se asocia a las mentes maliciosas del pasado y unos huesos en desuso y descalcificados, como si fueran huesos de cristal, fáciles de descomponer ante un persistente brote libertario e irresistible a la luminosa espada de libertad.