El culto al cuerpo humano es tendencia en la historia de la humanidad desde épocas remotas. En la obra de Humberto Eco “La historia de la belleza” se asegura que, con Pitágoras, surge una visión estético-matemática del universo, donde su percepción del orden universal sienta las bases para la reflexión de Platón sobre el arte –no es fortuito que este último pagara tres minas de plata, una fortuna para la época, por algunos de sus escritos–, seguidas por las teorías de Fibonacci y de Leonardo da Vinci –rememoremos al Hombre de Vitrubio–.

A inicios del siglo XX Charles Atlas devino modelo de esa visión. La revista Physical Culture definió su cuerpo como el más perfecto del mundo en 1922. La fuerza de su imagen condicionó que muchos gimnasios cubanos, en los años '50 del pasado siglo, llevaran su nombre. Él se convirtió en referencia para infinidad de jóvenes. Entre ellos, aquel de piel negra que, sin ausentarse una sesión, frecuentaba todos los días el gimnasio Atlas, situado en su natal Pinar del Río, Cuba: Sergio Oliva.

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Oliva nació el 4 de julio de 1941. Su llegada al “reino de este mundo” coincidió con el Día de la Independencia de los Estados Unidos. Desde el primer momento, Berto Llanes, admiró la fuerza del muchacho que poseía talento natural para estos deportes. Berto “El Negro” –así lo llamaban– lo entrenó, junto a un grupo de jóvenes como Pepito Crespo, Sash Pérez o Roger González, quienes dedicaban horas a esculpir su figura, con el único objetivo de atraer la atención de las jóvenes pinareñas.

En 1960 sale desde Pinar del Río hacia La Habana y se asienta en el barrio de Guanabacoa. Sobresale en la práctica del levantamiento de pesas. Sus excelentes resultados deportivos le permiten integrar el equipo que representó a Cuba en los Juegos Centroamericanos y del Caribe que se desarrollaron en Kingston, Jamaica, en 1962. Allí pide asilo político en la embajada de Estados Unidos, junto a otros integrantes de la delegación.

Al aludir a esta etapa de su vida, su hijo, el también fisicoculturista Sergio Oliva Jr., dice: “Él nació en la pobreza en Cuba, sólo hizo hasta el tercer grado”. Sus primeros trabajos en este país fueron como técnico de televisión y estibador.

Después viajó a Chicago, donde estudió inglés en Wells High School. Sin embargo, no ceja en la búsqueda de su añorado sueño. Al ser fichado por Bob Gajda –fisicoculturista y pionero de este tipo de entrenamientos–, vislumbra una senda que lo conduzca al éxito. Junto a Gajda, aprendió las rutinas del fisicoculturismo.

En 1967 obtiene sus primeros éxitos y desde ese año eslabona una cadena de victorias: primero como Mr. Universo y después Mr. Olympia. Ganó tres años consecutivos: 1967, 1968 y 1969. En esa etapa recibe el calificativo que lo acompañó durante toda su vida: “El Dios de Ébano”. Aunque el escritor Rick Wayne prefirió llamarlo “El Mito”, pues lo concebía como el mayor fenómeno conocido en la llamada generación Weider. Su irrupción suplanta a una de las leyendas en la historia del fisicoculturismo: Larry Scott.

El cubano parecía invencible. Sólo Arnold Schwarzenegger podía interponerse en su camino, siendo una figura promovida por el propio Joe Weider, a quien ya había derrotado en 1969.

La sola presencia de “El Mito” sacudía a Arnold: inferior a un hombre que parecía poseído por Changó, Oggún y Orunlá. En el Mr. Olympia de 1970 la victoria de Oliva parecía inobjetable. Una semana antes Arnold quedó petrificado al encontrarse al cubano comiendo pizza y tomando Coca Cola. Sumido en un duelo épico, el cubano pierde el título. La votación fue de cuatro a tres y recibió la repulsa de los asistentes. Entonces, “El Dios de Ébano” dijo: Siento un enorme respeto por Arnold como atleta y por todos sus logros personales, pero la verdad es que él no me ganó en 1970 y tampoco en 1972. Me robaron el título.

En la competición alemana de 1972 las discrepancias vuelven a aflorar. Arnold derrotó a Oliva. Pero se asegura que en el último momento de la votación Joe Weider cambió los jueces. Según algunos, la decisión estuvo condicionada por el tema racial, para otros, por la visión empresarial de Weider. Arnold, como quedó demostrado, era una excelente fuente de ganancias. Aunque Oliva se encontraba en la mejor forma de su vida y fue tan cerrada la disputa, que, para algunos, la rivalidad sólo fue comparable con la segunda ocasión en que Larry Scott derrotó a Harold Poole en el Mr. Olympia.

Leí un artículo en el que se cita una biografía no autorizada de Schwarzenegger. Allí se reseña que, al explicarle Oliva a Arnold su sistema de entrenamiento, aseguró: “Por la mañana entreno, en la tarde trabajo en la fundición, y por la noche saco a mi mujer a bailar hasta la madrugada, como hacía desde que vivía en Cuba”. Haciendo gala de un profundo sentido del humor, quizás le recordaba que, mientras Arnold poseía un contrato con Weider para entrenar a tiempo completo, él debía entregarse doce horas al trabajo antes de entrar al gimnasio.

Las decepciones lo llevan por diversas organizaciones. En 1984 regresa a las competiciones por el Mr. Olympia. Oliva tenía entonces 43 años. Interviene durante dos años consecutivos y en ambas oportunidades se ubica en el octavo lugar, resultados evaluados como memorables. Antes de abandonar el mundo de los músculos hace cine. En él interpreta los filmes “Los Temibles” (1977) y “Poder Negro” (1973), este último junto al luchador mexicano Aarón Rodríguez Arellano. Sin embargo, el paso por el séptimo arte fue breve y transitó sin penas ni glorias.

En sus últimos años la vida de Sergio Oliva se concentró en la labor policial en la ciudad de Chicago. Allí debieron construirle un uniforme especial, pues sus dimensiones desafiaban los límites musculares humanos. Su esposa Arleen Garrett, en una trifulca matrimonial, impactó su cuerpo con cinco disparos en 1986. Sin embargo, las condiciones físicas de Oliva contribuyeron a que salvara la vida. En enero de 1999 fue incluido en el Hall de la Fama Joe Weider y en el 2007 fue publicada su biografía “Sergio Oliva: el mito”, escrita por Frank Marchante.

El 14 de noviembre de 2012 muere a consecuencia de un déficit renal. Había cumplido 71 años. Al conocer su deceso, Schwarzenegger escribió en su cuenta de Twitter: “Oliva es uno de los mejores fisicoculturistas de todos los tiempos, un competidor tenaz con una fuerte personalidad”. Al definir su grandeza sentenció: “Oliva casi lo atravesaba a uno con su mirada; su físico era tan perfecto, que cualquier persona podía dudar que a quien miraba era un ser humano”.

Mientras Lee Haney, uno de los grandes fisicoculturistas de la historia, lo definió así: “Pocos hombres podrían haber vivido con un apodo como “El Mito”, pero era perfectamente adecuado para Sergio. Era una leyenda y una parte de la historia, con una combinación de la masa y la forma que se situó décadas por delante de su tiempo”.

La historia de las más grandes figuras del fisicoculturismo sitúa, por sólo citar algunos, a este cubano junto a titanes como Ronie Coleman, Lee Haney, Lou Ferrino, Franco Columbu, Lee Labrada o Arnold Schwarzenegger. Sergio Oliva elevó hasta una altura inimaginable en su época la búsqueda de la perfección humana y, quizás, desde lo alto de la historia, el ídolo de su niñez suspiraba al contemplar al “Dios de Ébano”, quien todas las tardes salía, en su natal Pinar del Río, al encuentro de Berto “El Negro”, y al llegar al gimnasio, se detenía frente a la foto de Charles Atlas, con la certeza de que alcanzar su altura no era sólo un sueño.

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