sábado 6  de  julio 2024
OPINIÓN

La primera duda

En esa segunda mitad de los años 60 mi calle se estaba quedando vacía, ya se habían escapado el ingeniero y su hijita, el abogado del tercer piso y ahora perderíamos a Rafaelito y Canducho, los hermanos del frente con quienes tantos cumpleaños y juegos habíamos compartido

Diario las Américas | CAMILO LORET DE MOLA
Por CAMILO LORET DE MOLA

Todos los balcones daban al jardín interior del edificio que, en forma de C, obligaba a los vecinos a perder parte de su intimidad. Esa estructura de condominio de los años 50 me permitió satisfacer la curiosidad infantil y escondido tras la ventana de la terraza, ser testigo de la partida definitiva de la familia de enfrente. De repente se habían transformado en gusanos, por decisión propia se habían bajado del “tren revolucionario”. Para mí más bien eran incorpóreos porque no los podíamos mirar, ni jugar con ellos y mucho menos visitarlos.

La única que les tocó la puerta por esos días fue Martha “la del comité” así le decían a la presidenta del CDR del barrio, llegó a advertirles que les estaba vigilando y que como los sorprendiera sacando algo de la casa, aunque fuera un cubo de agua, les tumbaba el viaje a los Estados Unidos. Martha en persona se lo contó con detalles a cada vecino, como si narrará una hazaña, de paso les dejaba una amenaza velada para que nadie se acercara.

En esa segunda mitad de los años 60 mi calle se estaba quedando vacía, ya se habían escapado el ingeniero y su hijita, el abogado del tercer piso y ahora perderíamos a Rafaelito y Canducho, los hermanos del frente con quienes tantos cumpleaños y juegos habíamos compartido. Sus padres se habían pasado al bando de los malos y ellos, en plena adolescencia, habían aceptado traicionar.

De su paso por el barrio solo quedaría el letrero con faltas de ortografía que habían pintado en el muro del solar de al lado. “Campamento Apawache” habían escrito con tinta negra y grandes letras, tratando de darle identidad a la loma de piedras donde jugaban a indios y vaqueros.

Su infancia era de otro momento, de Bat Masterson o El Llanero Solitario en televisión, su perro se llamaba Rintintín y no capitán o comandante. Eso sí, gozaban de más libertad que nosotros: su tía Ofelia los dejaba jugar en el solar o darle la vuelta a la manzana solos.

Por fin bajaron y con sus maletas enrumbaron hacia la calle, pero Canducho se resistía, estaba llorando, desesperado, no quería dejar a su perro, a Rintintín. Lo tironeaban, me parecía que abusaban, al tiempo que Eloína, otra vecina, le juraba que se quedaba con el animal y lo cuidaría hasta que él volviera.

La escena de la partida me dejó confundido, esa tarde cuando mi madre llegó le pregunte si los malos también lloraban o si quizás Canducho era un niño bueno al que su familia se estaba robando.

Eloína cuidó al perro hasta que murió, nunca volvieron por él. Años después alguien le contó a mi familia que el triste destino de Rafaelito fue ser carnicero en Miami, creo que lo contaba con desdén, como confirmación de la metida de pata de esa familia.

Yo quedé condenado: se me movía el piso de la historia oficial cada vez que desde la ventana de mi cuarto veía las letras del campamento y recordaba a Canducho llorando.

Llevo más de veinte años en el exilio, ensayando que decirles si un día me reencuentro con ellos. Me gustaría contarles que vi envejecer al perro, o que los hijos de Martha “la del comité” viven en Miami, aunque, a diferencia de ellos, nunca perdieron la casa ni el cubo de agua. Y que a mí también, mucho tiempo después, una niña me vigiló detrás del cristal mientras escapaba, sin perros y sin hija, pero arrastrando en lo más profundo de mis recuerdos aquella primera duda, tatuada con tinta negra y faltas de ortografía.

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