No hay duda de que tanto aliados, como enemigos de Estados Unidos siguen atentamente los eventos recientes para descifrar cual será el curso de las elecciones presidenciales y quien tendrá mejores posibilidades de llegar a la Casa Blanca.
Visión analítica desde Washington DC, la capital del país, donde el poder y sus efectos tienen otras perspectivas
No hay duda de que tanto aliados, como enemigos de Estados Unidos siguen atentamente los eventos recientes para descifrar cual será el curso de las elecciones presidenciales y quien tendrá mejores posibilidades de llegar a la Casa Blanca.
Ahora que el presidente Joe Biden desistió de un segundo mandato, los demócratas esperan tener mejores oportunidades para que el republicano Donald Trump no sea electo. Una circunstancia que cambiaría radicalmente las reglas del juego nacional e internacional.
Y es que una segunda presidencia de Trump despierta ansiedad entre los aliados, para quienes la pregunta más apremiante es: ¿Seguirá Estados Unido participando activamente o dejará que otros salven al mundo de una guerra global?
Lo dicho por Trump parece sugerir que sigue siendo crítico de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que Taiwán debería gastar más para disuadir un ataque de China continental y que Ucrania debería ceder el territorio perdido a los invasores rusos a cambio de un alto el fuego y renunciar a cualquier ambición de unirse a la Alianza occidental.
A primera vista, si se llegara a implementar la visión trumpista representaría uno de los cambios más dramáticos en política exterior estadounidense en tiempos modernos.
Es cierto que Trump tiene un historial de giros inesperados; basta recordar su sorpresivo, aunque fallido encuentro con Kim Jong Un, el líder de Corea del Norte, cuando en una acción sin precedentes se convirtió en el primer presidente estadounidense, en funciones, en cruzar la línea de armisticio de 1953, que separa a Corea del Norte y Corea del Sur y reuniéndose con Kim por aproximadamente 50 minutos.
Sin embargo, el único tema en el que demostró total coherencia fue cuando exigió que los aliados “jueguen limpio” y gasten más en defensa. Aunque durante su primer mandato (2017 y 2021), pensaba principalmente en la OTAN, ahora está ampliando su mantra para abarcar a Taiwán, Corea del Sur, Japón y cualquier otro lugar donde se gasten dólares de los contribuyentes estadounidenses, para disuadir la agresión de adversarios regionales.
Taiwán es un buen ejemplo.
En una reciente entrevista con Bloomberg, Trump dijo que era hora de que Taiwán gastara más para defenderse de la creciente amenaza que representa el Ejército Popular de Liberación de China (EPL), y que Taipéi debería reembolsar a Estados Unidos el enorme costo de mantener una presencia disuasoria en la región.
Cuando señaló que Taiwán estaba a 6.500 millas de Estados Unidos y a sólo 68 de China, se interpretó como que Estados Unidos no necesariamente debería salir en defensa de la isla si el EPL la invadiera.
Bajo el presidente Biden la ambigüedad estratégica, de larga data sobre la respuesta de Washington, si China ocupara Taiwán, fue algo menos vacilante dado que Biden aseguró la ayuda a Taiwán, presumiblemente teniendo en mente los portaaviones, los misiles antibuque y el Cuerpo de Marines de Estados Unidos.
Aunque si prometió intervenir, dado su enfoque anterior hacia China, en materia de comercio y los esfuerzos expansionistas del EPL en el Mar de China Meridional, parece poco probable que permita a Pekín apoderarse de Taiwán. Además, la jerarquía del Partido Republicano favorece a Taiwán.
Todo se reduce al dinero, es decir, si autorizara la defensa militar de Taiwán ante un eventual ataque chino, seguro esperará una retribución del costo.
Trump ha enviado el mismo mensaje a Corea del Sur y Japón, donde hay actualmente un total combinado de alrededor de 82.000 soldados estadounidenses para lo cual requiere más dinero para compensar la carga que supone la protección de estos aliados, frente a China y Corea del Norte.
Este mayor reparto tiene un precio más elevado para Europa.
En 2021 el viejo continente mostraba preocupación por la amenaza de Trump de sacar a Estados Unidos de la OTAN.
Si bien la alarma duró poco, Trump criticó a los miembros de la OTAN porque no habían contribuido con el 2% requerido considerando injusto que Estados Unidos, a pesar de ser una superpotencia militar, tuviera que gastar más, de hecho, mucho más que el resto de la Alianza en conjunto.
Según el secretario general Jens Stoltenberg, los miembros europeos de la OTAN invertirán ahora un total combinado de 380 mil millones de dólares en defensa, equivalente al 2% de su PIB, pero admitió que, “a pesar de los avances, algunos aliados todavía tienen mucho camino por recorrer”.
