Nadie sabe cuál es el origen del virus a ciencia cierta, excepto el científico Nicolás Maduro, a la sazón dictador venezolano, que ya ha dicho que el coronavirus es un arma biológica creada contra China. Misteriosa aportación que ha obtenido, supongo, tras torturar a la familia de los coronaviridae en el Helicoide. El coronavirus tiene muy mal carácter pero si le haces cosquillas en los pies, canta. Eso lo saben los chinos.

El célebre profesor Maduro, el mayor experto del mundo en coronavirus, junto a Homer Simpson, también nos ha gratificado con su consejo de oro para evitar la propagación: “dejar los besitos y la besuqueadera”. No está mal. En España, el Gobierno solo recomienda una y otra vez que nos lavemos las manos, aunque tal vez sea una metáfora política, o un guiño a Pilatos, que sin duda hoy sería vicepresidente de Sánchez.

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El portavoz español en la crisis sanitaria es un tipo muy simpático que tiene cara de virus, y está bien, porque ya te pone en situación antes de abrir la boca, y porque además así ya sabemos de qué lado está el Gobierno. No querría estar en la piel de este hombre, pero me temo que él tampoco querría estar en su piel. Comparece unas trescientas veces a la hora, y es tal su colapso que en la última rueda de prensa confirmó un nuevo fallecido en medio de un embarazoso ataque de risa, lo que me ha llevado a imaginar que en el Ministerio de Sanidad celebran cada nuevo caso de coronavirus regándose unos a otros con champán y haciendo la conga por las dependencias ministeriales. No es seguro que esto sea una actitud responsable pero es el mejor camino si lo que se pretende es despistar al enemigo que, por otra parte, si ha viajado de Wuhan a Madrid buscando piso ya debe estar bastante despistado.

Como sea, todo resulta confuso en torno a esta crisis. Cifras y expertos se desmienten mutuamente. Mientras, el coronavirus infecta ya por tontería, por el placer del liarla, por aburrimiento. Lo que no infecta por lo sanitario, lo infecta por lo social, porque ese pequeño bicho ha logrado ya más cuota de pantalla que todas las demás enfermedades del mundo juntas. Y no es para menos. Procede de los chinos, la gente muere, tenemos cien versiones sobre su origen, y nadie sensato se cree nada de lo que diga una dictadura comunista. Las autoridades recomiendan mantener la calma. De modo que mi consejo es que mantengamos la calma e, inmediatamente después, comencemos a chillar como locos. Particularmente, he pensado en plastificarme.

La histeria sin precedentes siempre tiene un precedente: la última histeria. Ahora las cosas se arreglan con un tuit, pero antaño las crisis sanitarias se resolvían por la vía de la inmolación de altos cargos. En 1966, el ministro de Turismo de España, Manuel Fraga, se calzó el traje de baño y se lanzó al mar frente a las cámaras de la prensa en el lugar donde dos meses antes se había producido un accidente nuclear. Pretendía terminar con el pánico colectivo. No sé si logró calmar a la gente pero sí al menos entretenerla: todo el mundo se pasó meses hablando del modo tan prudente en que Fraga se tapaba hasta un palmo sobre el ombligo con el traje de baño, y de su notable sobrepeso. Fraga, tal vez enaltecido por la radiación nuclear, disfrutó durante el resto de su vida de una salud de hierro. Qué carácter. Si Fraga levantase la cabeza, el coronavirus se refugiaría de nuevo en los pangolines.

Por ahora no hemos visto a autoridades bañándose en piscinas infectadas o compartiendo cuchara con los enfermos de coronavirus, pero sí hemos sufrido los vídeos de líderes iraníes lamiendo los barrotes de los templos islámicos de Qom, epicentro del brote en la república islámica, con el objetivo de demostrar que el coronavirus es solo para los infieles, supongo. Al fin, en el cristiano Occidente, estas imágenes en plena coronahisteria nos sirven para recordar que, si bien Dios lo puede todo, no es necesario tentar su habilidad por el mero placer de morir joven; que nuestro Dios salva antes a un pecador arrepentido que a un idiota contumaz.

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