Durante toda su vida, mientras vivió su hermano —o medio hermano—, Raúl Castro fue un segundón del Orador Orate. Fidel Castro, aunque era un sujeto con evidentes taras psicológicas, fue siempre muy astuto y embaucador.
La monarquía totalitaria fue usurpada de un hermano a otro. El débil se cobró décadas de humillación
Durante toda su vida, mientras vivió su hermano —o medio hermano—, Raúl Castro fue un segundón del Orador Orate. Fidel Castro, aunque era un sujeto con evidentes taras psicológicas, fue siempre muy astuto y embaucador.
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También era un tipo apuesto, alto, imponente. La única vez que tuve la desgracia de encontrarme con él en persona, casi me convence de la sarta de estupideces que estaba diciendo. Por suerte reaccioné a tiempo; traigo la sangre de mi abuelo.
El Orador Orate era, como el esposo de una prima a la que quiero mucho, un truhan capaz de venderte la torre Eiffel y lograr que le entregues el primer pago con alegría y confianza. Un psicópata, pero efectivo en lograr lo que quería.
Imaginen a Raúl Castro, un enano al lado del Orate, sin barba ni estatura, ni dicción, ni locuacidad, ni carisma. Una presencia visible solo gracias a su hermano, o medio hermano. Cuántos complejos habrá tenido —o tendrá— durante su larga y nefasta vida.
Tantas décadas aguantando los desplantes del barbudo Orate. Ni siquiera sus hijos podían relacionarse con sus misteriosos primos. Imaginen el rencor acumulado, como el que ahora me he enterado de que tenía —o tiene— mi hermano hacia mí. Cosas de hermanos.
La primera venganza del más lampiño de los Castro llegó en 1989, cuando logró desarmar el maléfico y eficiente Ministerio del Interior, organismo que siempre había dejado en la sombra a su Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias.
Recuerdo que, cuando yo estaba en el preuniversitario, donde estudiaban muchos “hijos de papá”, se decía que un coronel del Minint equivalía a un general del Minfar. Incluso los uniformes de los primeros lucían mejor que los de los segundos. Ya lo conté hace unos días, cuando hablamos de la pistola del que llaman el Cangrejo.
El hermano era jefe de la plaza: locuaz, popular, carismático. En 1989, el pequeño acomplejado logró destrozar a la tropa del Orate y ocupó con su gente todo el aparato militar. Llenó al Minint de leales a su grupo y le quitó, para bien de nosotros, los libres, una buena parte de sus capacidades militares.
La extracción de Maduro y compañía, y los treinta y dos paquetes de picadillo, son la viva expresión de esa degradación. Los libres se lo agradecemos.
Luego, después de que los escoltas del Orate, bajo el mando del hermanito segundón, permitieran que se cayera de un escalón inofensivo y se destrozara una rodilla —iniciando así su camino hacia la piedra donde hoy pernocta—, limpió ese cártel que se autodenomina Gobierno de Cuba de cualquier vestigio de personal y de protegidos del que por entonces solo escribía unas seniles “Reflexiones”.
Barrió con todos. Imagino que disfrutó su venganza.
Hoy los hijos del Orate son figuras nulas dentro de esa Junta Militar de Barrigones que desgobierna lo que queda de Cuba.
La monarquía totalitaria fue usurpada de un hermano a otro. El débil se cobró décadas de humillación. Según Juan Almeida —quien vivió en su casa—, respondía a cada episodio denigrante con crisis de depresión alcohólica y encierros abochornados.
Hace unos días volvimos a ver a Raúl Castro tambaleándose cuando lo sacaron de la tumba para el “homenaje” a los paquetes de picadillo enviados desde Venezuela. Los barridos por los chicos de la 160th eran gente de él: muchos ya mayores, otros más jóvenes, todos sin entrenamiento para enfrentar un conflicto real.
Y en ese homenaje, como les dije, pudimos ver a su nieto, conocido como el Cangrejo —aunque más parece un cromañón—, portando una pistola, en uniforme táctico del Minint, y en pose de superhéroe de Marvel.*
“Postalita”, decían en mi época: alardeando de algo que no son. “Postalitas” fueron las treinta y dos raciones de picadillo humano que les regresó Delcy Rodríguez.
El Cangrejo —o el Cromañón, como prefieran— es la prueba fehaciente de que la Junta Militar de Barrigones es un conglomerado mafioso. Es el Michael Corleone que heredó a don Vito.
Mientras los hijos del Orate se dedican a fotografiarse o a vender su apellido a cambio de placeres materiales, este esperpento se la pasa viajando entre La Habana y Panamá en un jet privado, trasegando los frutos de mantener en la miseria a los cubanos de la isla y esquilmando los dólares de los libres del exilio.
Este crustáceo caníbal no se ha graduado en ninguna academia militar ni ha combatido en guerra alguna, pero, recibiendo paquetes de carne molida, aparece en uniforme militar, con pistola semiautomática en la cintura, ostentando un poder heredado.
Es nieto del Castro lampiño, y su tío —hijo del que en ese homenaje apenas podía sostenerse en pie— es también coronel o general de ese Ejército que solo sirve para reprimir.
Ese hijo de Raúl Castro es tan inútil que hasta perdió un ojo por no saber manejar un arma de fuego. El ojo sobreviviente, eso sí, se ganó los grados, por focalizarse en robar y espiar.
Son una dinastía de asesinos, ineptos, ladrones y fabricantes de pobreza. Una dinastía expuesta, descarada, sin decencia.
Los Barrigones número 1 y 2, cabezas visibles de esa Junta Militar, son, como les he dicho, fusibles desechables. Díaz-Canel, hace unos días, después de acarrear a unos miles de borregos a la tribuna del llanto, no lograba coordinar dos frases seguidas. Parecía a punto de llorar, como esos niños de primaria que gimotean: “Mamá, mira lo que me hizo fulanito”.
El Cangrejo Cromañón, el Tuerto Siniestro y ahora el otro sobrino nieto —que metieron de calzo por encima de Díaz-Canel y del Marrano— son el tronco principal de esa sierpe maligna que es el totalitarismo que asfixia, reprime y mantiene a los cubanos de la isla en la ignominia y la miseria.
No están ahí por elecciones ni por mérito alguno dentro de la dinámica de esa Junta Militar. Están ahí porque pertenecen al clan de Raúl Castro. Están ahí porque son familia.
En fin, el pequeño mequetrefe se cobró su venganza contra su hermano locuaz y abusador.
Lo malo de todo esto, para nosotros los libres, es que si Trump de verdad está conversando para acabar con sesenta y siete años de desgracia, lo está haciendo con estos hijos de puta. Así lo hizo —y lo hace— en Venezuela.
No es algo que nos llene de esperanza, la verdad. Pero, como con los castillos de naipes, basta mover una carta para que toda la estructura colapse.
Y la de estos ineptos está más que carcomida por su propio fracaso. Así que, como sea, me sigue oliendo a libertad. No digo que fácil, pero al menos ya se percibe.
Trump no estaría conversando si los cautivos de la isla estuvieran en la calle, como los iraníes o los nepaleses. Pero no soy quién para incitarlos a eso. No vivo su realidad; solo la observo.
Un paso a la vez.
Lo que sí les digo es que me jode profundamente que el lampiño acomplejado también se vaya al infierno, como su barbudo hermano, sin haber enfrentado la justicia de sus víctimas.
Al parecer morirá en su cómoda cama, tranquilo de dejar a sus vástagos al frente del manicomio miserable, mientras conversan con Trump.
Otro más que nos gana.
*El cangrejito lombrosiano usa el mismo uniforme de su tío abuelo Fidel Castro, el del Minint, más cool que el acartonado disfraz soviético que su abuelo Raúl Castro implantó en su ejército tras el regaño soviético de mediados de los años setenta.
