León XIV antes de abordar la cuestión de la técnica y su dominio, y recordar la grandeza de la persona humana “ante las promesas de la IA”, resume en su encíclica al desarrollo humano integral apelando a San Pablo VI y a su encíclica Populorum Progressio. Afirma, así, que su autenticidad ha lugar sólo si es “integral”, es decir, si está dirigido a “promover a todos los hombres y a todo el hombre”; lo que, actualizándolo y en su relectura con vistas a las nuevas cosas o los tiempos nuevos, dice, por una parte, que es en el desarrollo integral donde adquieren su concreción histórica los fundamentos y principios de la doctrina social mencionados. Por la otra, que se trata, éste, de un proceso inclusivo de la persona y de toda persona sin descartes, como actora de su propia maduración y perfectibilidad, en todas sus expresiones y para alcanzar calidad de vida no sólo biológica sino humana. En “sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa Común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir”, reza Magnifica Humanitas.
El desarrollo humano integral implica, así, una visión que innova, pues ha de encontrar su verificación en los tiempos nuevos y en - así la llama - la “ecología integral”, a saber, la que muestra y permite medir su capacidad para mantener unidas, sin separarlas, “la justicia hacia las personas” - vida digna, acceso a los bienes, relaciones sociales justas” - y la “custodia de la Casa Común”, sin olvidar en modo alguno “a las generaciones futuras”. Es la medida que pone a prueba la utilidad o no de las instituciones.
En su encuentro reciente del 8 de junio de 2026 con los miembros del Parlamento español, en la sede del Congreso de Diputados, haciendo referencia a su citada encíclica, León XIV les muestra caminos y experiencias para que puedan ser operacionalizados los varios fundamentos y principios de la doctrina social de la Iglesia, releídos por Magnifica Humanitas.
Lo primero que les señala es que el parlamento, donde en teoría han de armonizarse las diferencias sociales y ordenarse hasta convertirlas en decisión compartida, es donde encuentra su “forma jurídica” la convivencia social. En efecto, cumple su elevado cometido democrático, y único que puede darle legitimidad a sus pronunciamientos normativos, cuando más allá de los sacramentos constitucionales, los representantes del pueblo tienen claridad sobre “qué concepción de la persona humana inspira las leyes”; además, sobre “qué tipo de sociedad construyen esas leyes”. ¿Las anima el desarrollo humano integral, según los términos antes enunciados?, se pregunta.
El Obispo de Roma, al discernir al respecto precisa ante su audiencia de Madrid que “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana” y ella, de suyo, así como “precede a toda concepción del Estado”, jamás puede subordinarse “a consensos sociales mudables”.
No huelga recordar que este principio ordenador e invariable, deprimido durante las dos grandes guerras mundiales y bajo los totalitarismos del siglo XX, insurgió para volver a situarse como el eje vertebrador no sólo de la Carta de San Francisco de 1945, que le da vida a Naciones Unidas, sino del propio ordenamiento constitucional de la derrotada Alemania. La Constitución que esta se da en 1949 proclama que: “La dignidad humana es intangible. Respetarla y protegerla es obligación de todo poder público. El pueblo alemán, por ello, reconoce los derechos humanos inviolables e inalienables como fundamento de toda comunidad humana, de la paz y de la justicia en el mundo”.
Desde los años ’60 favoreció la ONU, sensiblemente, con su regreso al territorio del realismo político, la sobreposición de la soberanía e independencia de los Estados relegando al principio integrador e imperativo de respeto y garantía universales de los derechos humanos, que es de orden público e imperativo. No por azar, se ha dicho y los hemos señalado en otras circunstancias - apelando a las afirmaciones del actual secretario de la Organización, que esta “se encuentra al borde del abismo.
Todo ordenamiento jurídico positivo, lo dice León XIV ante el Congreso de Diputados, debe estar orientado por “la dignidad inviolable de la persona humana”. En la práctica le recuerda lo que probablemente haya olvidado ese poder del Estado, a saber, que los derechos humanos se desprenden de dicha dignidad y pertenecen al hombre y a todos los hombres por ser lo que son, dada su igual naturaleza, “por el hecho mismo de existir”. La razón humana puede reconocerlos como “exigencia inscrita en la verdad del hombre”, precisa el Pontífice. La dignidad humana no es un derecho en sí mismo, sino el fundamento último de todos los derechos humanos, por inherentes a la persona, lo ha reconocido la Corte Interamericana de Derechos Humanos.
El bien común, por consiguiente, como lo reitera León XIV ante el Congreso español, “es la forma social de la dignidad humana” y ordenarla, así se lo recuerda, es una “grave responsabilidad” de los legisladores. No es aquella, lo reitera a tenor de lo ya explicitado en su encíclica, una suma de intereses. Es “el conjunto de condiciones de la vida social que hacen posible a las asociaciones y a cada uno de sus miembros el logro más pleno y fácil de la propia perfección”, sostiene el Papa, apoyándose en Gaudium et Spes.
Espacio y tiempo, ante lo virtual e instantáneo
“Se necesita una política más presente, capaz de ralentizar donde todo acelera y de proteger los espacios en los que las comunidades pueden seguir participando e interrogándose” a propósito de la revolución digital, recuerda Magnifica Humanitas. Con ello ilumina caminos, sobre todo aquellos concretos en los que la afirmación de la dignidad humana ha de dejar de ser una cuestión abstracta. Se trata, desde nuestra perspectiva, de acompasarnos a las cosas nuevas sobre un espacio en el que las raíces propias se sigan afirmando con el paso del tiempo, en modo de que su dinámica no nos transforme en hojas secas que el viento arrastra a su paso y luego las dispersa.
El Cardenal Bergoglio, quien más tarde conocemos como Francisco, decía bien que “Los pueblos, al integrarse al diálogo global, aportan los valores de su cultura y han de defenderlos de toda absorción desmedida o síntesis de laboratorio que los diluya en lo común, lo global”, era la prédica del Cardenal Jorge Mario Bergoglio (La nación por construir, 2005).
Ante la deconstrucción que inevitablemente propicia el fenómeno global en boga, para que su edificio mantenga estabilidad - el de las plataformas de la inteligencia - sin que implosione, la doctrina social de la Iglesia le ofrece como columna de sustentación, en primer término, a la familia, “realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad”, según Magnifica Humanitas. Esta es “escuela de humanidad”, sitio o lugar en el que fragua “la gramática elemental de la convivencia: recibir la vida, cuidar al otro, perdonar, servir y pertenecer”, adquiere su significación como experiencia en la valoración igual o superior del tiempo - el tiempo es superior al espacio, predicaba Francisco - y en la misma medida en la que “entrelaza generaciones” y trasmite una memoria viva que da continuidad interior a la sociedad”, explica León XIV. La sociedad como nación y en su contenido trascendente, que luego modela a su imagen, a la plaza pública o la res publica, es justamente obra de la memoria.
El otro sitio en el que madura la personalidad de cada hombre, varón o mujer, y en el que se entrelazan lo lugareño con lo temporal, es la escuela, lo recuerda el Papa ante el Congreso de los Diputados una vez como recuerda la importancia de que los padres “puedan elegir el tipo de educación y de formación que reciben sus hijos”, otra vez sustentando el valor de la familia como odre - piedra angular - y su prolongación intergeneracional a través del tiempo y de su valoración en el espacio.
Dado el coetáneo fenómeno global de las migraciones, que rompen el sentido del espacio, vuelve a recordar León XIV que en y desde las fronteras se “vulnera gravemente el principio universal de la igual dignidad de todos los seres humanos”. Lo que reclama no es un enfoque económico o estadístico o relacionado con la gestión de los flujos, sino otro, moral y jurídico, dice. Además, lo ve como desafío que “ninguna nación puede afrontar por si sola”.
Poniendo su mirada sobre el horizonte del siglo XXI, y retomando el camino que inaugurase una centuria atrás su predecesor, León XIII, se refiere León XIV al lugar, al único lugar en donde puede germinar “una sociedad verdaderamente democrática”, como proceso que exige del “diálogo como camino paciente hacia acuerdos justos y duraderos”. “Se requiere de una palabra pública que respete a quien piensa distinto, instituciones puestas al servicio del encuentro, una memoria histórica que busque la verdad y la reconciliación, y una vida social capaz de sostener la amistad cívica”, son sus palabras admonitorias.
Tutelar el ámbito íntimo de cada persona, “su libertad de pensamiento, de conciencia, y de religión”, es la clave de lo anterior. Lo que “no significa únicamente estar libre de coacciones o disponer de muchas posibilidades de elección: significa poder reconocer el bien y adherir a él responsablemente”. Este bien encuentra su síntesis, insiste, en los fundamentos y principios ordenadores de la doctrina social de la Iglesia enunciados. De donde el Estado contemporáneo, si pretende ser la expresión de una sociedad verdaderamente democrática, “requiere también una justa delimitación del poder público”.
En nuestra más reciente relectura sobre El derecho humano a la paz (2023), a cuyo tenor observábamos que, habiendo cedido tras quiebre epocal 40.000 años de una historia en la que rige, unas veces, la explotación del hombre por el hombre a propósito de la materia y de su acumulación, y otras, la explotación del hombre por el colectivo con vistas a la misma materia y su redistribución autoritaria por el Estado; esa dialéctica milenaria que reditúa ideologías llegada la modernidad — liberales, capitalistas, socialistas, o marxistas — y asimismo formas de concebir el mando, sea para el sostenimiento de la convivencia doméstica o la internacional, hoy ha perdido su sustento. La hora, en suma, es otra. De momento es anomia. He aquí, pues, el hondo sentido, ni qué dudarlo, de Magnifica Humanitas y del renovado magisterio de León XIV.
Una respuesta al complejo problema que plantean los derechos humanos como contenidos de la democracia y ésta como exigencia sin la cual aquellos carecen de las garantías del Estado constitucional de Derecho, bajo una fuerte fragmentación social y desestatización de la política, no la tenemos. Enhorabuena, purgando los dogmatismos, León XIV sitúa la cuestión a la manera del dilema del ancla que puede moverse dentro de unos límites, sin alejarse de su eje (Laurence Whitehead, Teoría y experiencia de la democratización, 2011). Destaca que “el modo concreto de vivir las relaciones sociales a la luz del Evangelio no está establecido de una vez para siempre”, y es consciente de que el paradigma tecnocrático en el que estamos inmersos, potenciado por la revolución digital y la IA, puede hacer parecer “justa y normal una visión antihumana”. Pero el ser humano, como lo revela la experiencia y lo demuestra la Encíclica, tras verse desgradado y hollada su dignidad inmanente, reivindica y alcanza volver sobre la senda de su naturaleza como criatura, imagen de su Creador.