Los cubanos dentro y fuera de la isla, los que siguen estando y los que nunca nos fuimos del todo, hemos sentido ese poquito de orgullo que se cristaliza cuando de alguna manera se vuelve a hacer más internacional el tema Cuba desde todas sus aristas.

Por encima de políticos o políticas, habita un pueblo lleno de gente que con entereza y templanza ha sobrevivido el aislamiento, personas de carne y hueso a las que se les ha impedido competir con el mundo o saber cuáles son las luces y las sombras que el universo irradia. Y este es, créanme: un crimen de lesa humanidad.

Por eso para cada uno de los cubanos la posibilidad de destacarse o de estar en espacios que para los demás habitantes del planeta son habituales, es algo que hoy produce sonrojo y orgullo, aunque la repartición de los protagonismos nunca haya sido para nada justa.

Después de tantos años pareciera que Cuba lo único que tiene para mostrar al mundo es su abultada lista reguetoneros, en su mayoría inmensamente mediocres.

Y es justo en este punto cuando uno se pregunta por qué tanta gente ha dejado de lado lo fácilmente comprensible. En qué minuto de distracción la estupidez asaltó de manera definitiva nuestros periódicos y redes sociales.

La dimensión que esta última semana ha alcanzado el escándalo de un reguetonero cubano apodado Chocolate, es un señal inequívoca de las consecuencias generadas cada vez que ensalzamos idiotas o malvados, dispuestos a mancillar nuestro ánimo y a ser referente de lo que no somos.

Si en los últimos días se hubiese hecho un sondeo de opinión para buscar mediáticamente cuales son los temas acuciantes de los cubanos dentro y fuera de la isla hoy, los resultados habrían arrojado que el caso Chocolate es la primera prioridad de un país que se ha quedado sin prioridades.

Esta es una consecuencia directa de lo que genera la sociedad cuando se hace caso omiso de sus precariedades. El “Guachineo” con el perdón del inspirado poeta de las celdas, es la musicalidad salida del hartazgo de la gente. Duele ver a cientos y miles de enajenados que solo pueden saciar su sed bailando igualmente “El palón divino”, mientras evocan una libertad que nunca alcanzarán porque no la conocen. Es una rara mezcla que trabajan full time enmarañando el presente y restándole importancia al futuro.

Algo tendremos que hacer juntos para impedir se manipulen nuestros estados de ánimo con vulgaridades volátiles, con delitos comunes, con irresponsabilidades públicas. Alguien tiene que decirle a quienes difunden como pólvora estas excentricidades que los papagayos son quienes en el reino animal carecen de filtro y por eso reproducen los sonidos sin importar de donde vengan. De alguna manera habrá que denotar que no estamos en la sociedad primitiva y que la sociedad moderna también tiene determinadas normas de ética, leyes y mandamientos.

Hace falta poner de moda la inteligencia, el respeto y el carácter por encima de los coros “urbanos”, esa etiqueta que le ha salvado la vida a tanta música despreciable. Hay que demostrar que los sacerdotes del éxito son hoy como los falsos profetas de las partituras.

Tendrán que regresar los días en los que la inteligencia pueda desbrozar todos los asuntos para quitar del camino a lo superfluo y detenerse en lo esencial. No significa para nada que depongamos nuestras alegrías, significa exactamente que las diversifiquemos .

En medio del espeso bosque y el acceso de todos a los caminos de la información no podemos dejar camino por vereda ni decencia por reguetón barato.

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