Cuando yo era un niño, allá por los años setenta del siglo pasado, escuchaba decir cosas como que para el año 2000 ya se habría encontrado la cura del cáncer, que habría autos voladores o que para entonces todos los cubanos podrían tomar leche.
La historia de Cuba durante los cincuenta y seis años que llevo en este planeta ha sido la de una constante espiral hacia la ruina.
Cuando yo era un niño, allá por los años setenta del siglo pasado, escuchaba decir cosas como que para el año 2000 ya se habría encontrado la cura del cáncer, que habría autos voladores o que para entonces todos los cubanos podrían tomar leche.
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Casi sesenta años después, el maldito cáncer se ha llevado a más de un amigo querido, los carros de hoy no vuelan y se manejan como un electrodoméstico, y, en lo que queda de Cuba, ni leche, ni comida, ni medicinas, ni dignidad.
La historia de Cuba durante los cincuenta y seis años que llevo en este planeta ha sido la de una constante espiral hacia la ruina. El inicio de este declive ya lo conté en mi libro Se acabó la diversión. Me resulta incomprensible que todavía haya gente, y mucha, que justifique o apoye un sistema que no solo es intrínsecamente represivo, sino verdaderamente empobrecedor.
Escapé del manicomio insular relativamente joven, justo cuando terminaba lo que considero su primera etapa completa. Me refiero a las tres décadas que transcurrieron entre 1959 y 1989, en las que Fidel Castro, el Orador Orate, pudo hacer todo tipo de locuras, tanto en la isla como en el exterior, montado sobre los miles de millones de dólares de ayuda y subsidios que extraía de la Unión Soviética y otros aliados coyunturales.
El Orate había empezado prometiendo, antes de yo nacer, que después de confiscar todas las tierras, industrias y negocios del próspero país que los cubanos le entregaron, el desarrollo y la abundancia llegarían en pocos años.
Cuando nada de esto llegó, y les metió a los cubanos un riguroso racionamiento de alimentos, productos básicos y electricidad, continuó entonces con una retórica de “sacrificio”, “dignidad” y “soberanía”.
A cambio de que Moscú lo mantuviera, mandó cubanos a intervenir en países repartidos por todo el planeta. Desde Angola, Etiopía y Argelia hasta Nicaragua, Granada y Chile. Siempre en busca de perjudicar a Estados Unidos y a la democracia mientras alimentaba su insaciable ego.
En 1980, los cubanos, cansados, lo sorprendieron con el asalto y ocupación de la embajada del Perú en La Habana. Siguiendo su mantra de querer convertir un fracaso en victoria, dejó salir de su cautiva isla a más de cien mil cubanos, entre los que metió a varios miles de delincuentes que languidecían en sus atestadas cárceles.
En 1962 había pretendido desaparecer a Estados Unidos, y a media humanidad, con cohetes nucleares soviéticos. En 1980 agredió a su enemigo con una invasión humana.
Cuando el socialismo soviético implosionó, el Orate barbudo y su improductiva isla quedaron a la deriva. El sujeto era un genio, hay que reconocerlo, en el uso del lenguaje, y llamó a la crisis terminal que le sobrevino “período especial”. De especial no tenía nada: solo más hambre, enfermedades y apagones.
Como la prostituta que era, se entregó a quienes antaño despreciaba, al capital extranjero. Abrió las puertas, no a cualquiera, sino a capitalistas cómplices. Las tres décadas anteriores quedaron en la retórica y los recuerdos y, de la inalcanzable utopía socialista, pasó, como si nada, a un sistema híbrido de socialismo para los cubanos y capitalismo para el Orate, su pandilla y la élite militar.
Aún en la miseria y la orfandad de patrocinadores efectivos, nunca paró de joder en todo lo que podía a Estados Unidos y a la democracia. En 1994, los cubanos salieron a la calle, cansados de tanta miseria y represión. Los volvió a reprimir y organizó un nuevo éxodo, ahora en balsas.
Para bajar la presión en su manicomio y elevarla en su enemigo, volvió a agredir a Estados Unidos usando cubanos que huían como armas de esa guerra no declarada, pero real.
Diez años, entre 1990 y el 2000, se arrastró sobre ese desierto hasta que la caridad del Maligno, ayudada en mucho por sus efectivos servicios de inteligencia, le puso a Hugo Chávez en el camino.
En pocos años logró que su improductiva isla se convirtiera en metrópoli política e ideológica del país más rico de Latinoamérica. Nos hemos pasado la vida leyendo o escuchando sobre lo rapaces que fueron los conquistadores o sobre las “venas abiertas de América Latina”, despojadas de sus riquezas por los malvados imperialistas.
Pero nunca hemos leído, ni escuchado, sobre cómo una pequeña isla con un Orate a la cabeza pudo convertir a un gran país asentado en un lago de petróleo crudo en una dictadura empobrecida, de la que en dos décadas tuvieron que escapar casi diez millones de sus ciudadanos.
Su “imperialismo solidario” sobrevivió aun después de que los intestinos del Orador Orate le traicionaran y se lo llevaran a la sepultura mientras balbuceaba unas seniles “reflexiones”.
Lo sustituyó Raúl Castro, el eterno segundón, quien después de limpiar su cofradía de cualquier vestigio de personal allegado al difunto, se aburrió de la faena y delegó la operación del garito en la Junta Militar de Barrigones que desgobierna hoy lo que queda de Cuba.
Ni chupar petróleo venezolano, exportar médicos esclavos y exprimir las remesas de los millones de emigrados fueron suficientes para evitar llevar la isla y a sus cautivos habitantes a la catástrofe humanitaria que experimenta hoy.
Lo que empezó llamándose revolución se convirtió en un cáncer para la nación cubana. Un cáncer que, como aquel que me contaban de niño, pudo haberse curado en 1980, en 1994 o en 2014.
El petróleo lo revendían en vez de usarlo para iluminar a los cubanos y proveer de energía a su maltrecha economía; los médicos los exportaban mientras los hospitales se derrumbaban, y cuando los cubanos, el 11 de julio de 2021, salieron a pedir libertad, fueron reprimidos violentamente bajo la frase: “La orden de combate está dada”.
Genios del mal, después de las protestas —para bajar la presión interna y subir la de su enemigo, Estados Unidos, y así de paso aumentar las remesas que los enriquecían—, aprovecharon la debilidad del gobierno de Joe Biden e invadieron, una vez más, a Estados Unidos con un millón de cubanos a través de la frontera sur.
Para esto último contaron con la complicidad del nuevo gobierno mexicano en manos de Andrés Manuel López Obrador. Otro que no solo los ayudó en esta invasión, sino que se alió de lleno con todos los enemigos de Estados Unidos, desde los cárteles de narcotráfico hasta Rusia y China, pasando, con un lugar honorífico, por la Junta Militar cubana.
Y así llegamos a nuestros días. Unas cosas siguen constantes y otras han dado un vuelco de 180 grados. De las primeras está que los dictadores cubanos siguen siendo ricos, con miles de millones de dólares escondidos por todo el mundo; los cautivos de la isla siguen siendo más pobres y estando más desamparados; y el Gobierno de México, ahora formalmente en manos de Claudia Sheinbaum, sigue siendo cómplice de esos ineptos e improductivos dictadores.
Lo que ha cambiado es que quien despacha en la Oficina Oval de la Casa Blanca es un elefante en cristalería llamado Donald Trump, quien en su segundo y último turno al bate llegó dispuesto a enderezar muchas cosas que durante décadas afeaban su traspatio.
El 3 de enero de este año fueron por el fanfarrón de Nicolás Maduro, heredero de Hugo Chávez en la destrucción de Venezuela. Después de barrer fácilmente con su escolta cubana, dejaron en su lugar a Delcy Rodríguez, miembro del mismo cártel, pero ahora sumisa y al servicio del nuevo sheriff del continente.
Con esto se les acabó el negocio a los Panzones de La Habana. El poco petróleo que recibían de Caracas, del cual revendían oscuramente casi todo, dejó de llegar. Claudia Sheinbaum intentó tirarles un cabo y hace unos días ese mismo sheriff la paró en seco.
Más de seis décadas culpando de su fracaso a un inexistente “bloqueo”, ahora, que sí les llegó un bloqueo real, su tan gastado discurso será solo un eco lejano.
Hoy vemos a los verdaderos capos del clan negociando su salida, mientras las cabezas visibles de la Junta Militar se desgañitan plañideramente en contra de la supuesta agresión y ante su inminente colapso.
Como una fiera —en este caso flaca y débil—, consciente del fin cercano, enseñan sus dientes mientras el miedo se manifiesta en sus ojos. Sacan de sus carcomidas bodegas unos viejos tanques de guerra cuya humareda de diésel quemado se ve a diez millas, a unos soldados flacos corriendo con fusiles antiguos y a dos pescadores lanzando unas minas marinas de la Primera Guerra Mundial.
Ridículo absoluto.
Pudieron curar el cáncer totalitario en 1980, en 1994 o durante la victoria que les confirió Barack Obama en diciembre de 2014. No lo hicieron porque nunca quisieron. Sus defensores, cada vez más pocos, vuelven con la amenaza de que una crisis humanitaria desencadenará una nueva ola migratoria intentando ayudarlos.
No tendrán éxito.
Les llegó la metástasis terminal. Solo falta que les apliquen la eutanasia.
Ojalá que sea pronto.
Como dicen en México: muerto el perro, se acabó la rabia.
