Michelle Obama es la mujer de más empuje en la vida de Estados Unidos. Si durante casi dos décadas Hillary Clinton encabezó la lista, la autora de Becoming, el libro de memorias más vendido de la historia, redimensionó la ecuación en 2018 para alcanzar la cima social del país.

Su familia, los Obama, parece una máquina de acuñar dinero. La editora Penguin Random House se apresuró, una vez dejaron la Casa Blanca, a ofrecerles 65 millones de dólares por sus memorias. Superando a George W. Bush que obtuvo 10 millones por Decision Points, y a Bill Clinton, quien en su momento estableció un record de 15 millones con My life, gracias, sobre todo, a las reminiscencias del furor desatado por sus relaciones con la becaria de la Casa Blanca Monica Lewinsky.

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Netflix es un santuario para Michelle y Barack. Acogió el documental de Higher Ground Productions, American Factory, y presenta este 6 de mayo un resumen de los principales momentos del lanzamiento de Becoming. Si House of Cards le dio al dueño de Netflix, Reed Hasting, dos Globos de Oro y tres premios Emmy, Michelle y Barack le obsequiaron la tercera estatuilla documental del tío Oscar con American Factory (2019).

Durante una entrevista con CBS Pittsburgh, Joe Biden definió a Michelle Obama como la vicepresidenta perfecta para las elecciones del 3 de noviembre. Aunque se barajan candidatas como Elizabeth Warren, Michelle Lujan Grisham, Tammy Duckworth, Catherine Cortez Masto y Kamala D. Harris –opción interesante por su simbiosis hindú-afroamericana–, Michelle Obama es el as del partido demócrata. Y la única capaz de desequilibrar la candidatura de Donald Trump en un escenario presidencial sui-generis que, como analizaré más adelante, ralentiza el comportamiento de algunas variables políticas.

Ella manifestó que prefiere mantenerse alejada del protagonismo electoral. Siendo este un momento estratégico para su inserción, pudiendo los demócratas capitalizar un comportamiento análogo al de las elecciones de 2008 –eclipsadas por la Obamanía– cuando la controversial Sarah Palin desplazó la imagen de John McCain. Al analizar la inserción de la exprimera dama prefiero hacerlo en interrelación con Trump, Biden y las dinámicas del escenario de campaña en EEUU.

En una columna publicada el 21 de mayo de 2019, Trump y los riesgos de una economía entre curvas, analicé la situación de Estados Unidos en ese momento. Estábamos en el vértice de la parábola macroeconómica, inclinándose las variables políticas, a todas luces, a favor del partido republicano.

Postular a Michelle Obama como vicepresidenta sería una jugada maestra para Biden. Completaría la fórmula con una mujer, teniendo el camino expedito para capitalizar el voto afroamericano y femenino, máxime cuando Tara Reade, quien trabajó con él en una oficina del Senado, hizo irrumpir la dirty politics en el actual escenario al acusar al candidato de acoso sexual en 1993, un matiz interesante en las primeras elecciones de la era #MeToo –campaña de las mujeres contra los abusos sexuales–. Súmele que, según sus abogados, existen dos mujeres más dispuestas a arremeter contra Biden con nuevas acusaciones.

El espectro ideológico estadounidense no admite análisis que trasciendan la polaridad demócrata-republicana. Si hurgamos en la principal razón que sitúa a los votantes republicanos a favor de Donald Trump, es porque no es un demócrata. Su estilo transgresor y poco convencional en el manejo de la campaña electoral de 2016 hizo que desplazara, primero, a los principales adversarios políticos de su partido –Ted Cruz, John Kasich– y, después, a Hillary Clinton.

Desde un raigal pragmatismo demostró la eficacia de su estrategia al convertirse en el presidente 45 de los EEUU, dejando estupefactos a quienes se mofaban de su estilo discursivo, o lo percibieron como un outsider en las propias filas republicanas. Su proyección era definida como egocéntrica, ríspida, atrevida, polémica, superponiendo, por momentos, los intereses individuales a los partidistas. Su oratoria, apegada a la política del insulto, atrapó en sus redes a oponentes como la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi.

La campaña de reelección de Donald Trump se inició con ventajas comparativas. Es el actual presidente, el hombre a derrotar, unido a unas primarias demócratas eclipsadas por un rosario de candidatos de poco brillo, a excepción de Pete Buttigieg o Amy Klobuchar. Fueron tan deslucidas que, Bernie Sanders, portador de propuestas subversoras, atrajo toda la atención, siendo desplazado por una coalición en su contra, unido a la idea de que entronizaba el comunismo –socialismo democrático– en EEUU. Buttigieg resumió la visión del senador de Vermont así: “Sanders cree en una revolución inflexible que deja fuera a la mayoría de los demócratas y, no digamos, a la mayoría de los estadounidenses”.

Donald Trump y Joe Biden deberían contender el 3 noviembre. Barack Obama –el activista por excelencia de los demócratas– resumió la misión de Biden en una frase: "Joe tiene el carácter y la experiencia para guiarnos en uno de nuestros tiempos más oscuros y sanarnos en una larga recuperación y sé que él se rodeará con buenas personas".

En materia electoral es difícil establecer un análisis objetivo del actual estado de situación. Pero intentaré diseccionar las variables que pueden influir en las venideras elecciones e incluyen la lealtad política, el voto económico, el voto personalizado, el voto de ira o movido por la inercia.

  • La lealtad política es una fortaleza de Trump: es tradición que las filas republicanas se cohesionen.
  • La economía se mantiene aún como fortaleza, pues el país transitaba por un momento de esplendor cuando comenzó la crisis sanitaria desatada por el COVID-19 y el imaginario pervive en la mente de los votantes.

Las encuestas comienzan a arrojar críticas al Presidente en el manejo de la pandemia. Y aun cuando las muertes superan las 68.000, y 30 millones de personas aplican para recibir beneficios de desempleo, el impacto en los electores no condiciona una reversión de su voto, pues se responsabiliza de la actual situación al COVID-19, China y la Organización Mundial de la Salud (OMS). Súmese que, si lo traducimos a la luz de la Teoría de los Sistemas, en el votante aún no existe una percepción de crisis, solo de fallas sociales.

La inercia en el voto es una categoría construida apelando a la física.

  • Nos podemos encontrar en medio de la crisis y, por anárquico que sea el comportamiento del sistema, es difícil que exista una visión congruente de las causas reales, por tanto, la tendencia es a que prime la inercia del pensamiento.

La victoria de los demócratas en las elecciones presidenciales dependerá, grosso modo, del comportamiento de estas variables. Existiendo poco tiempo para que el votante pueda distanciarse del objeto de análisis y cambiar su punto de vista. Si hoy los demócratas ganaran las elecciones, obedecería, no a una victoria de Biden, sino a una derrota de Trump.

Joe Biden tuvo su mejor momento en las elecciones del 2016, pero no se presentó en ellas por la muerte de cáncer de su hijo mayor un año antes. Sin embargo, su actual imagen no parece impactar como antaño, se vio indeciso en las primarias, olvidando ideas y llegando a dejar frases inconclusas.

Algunas encuestas sitúan a Donald Trump y Joe Biden empatados o evidencian superioridad demócrata. Llegando Quinnipiac University a vaticinar una victoria de Biden en el estado de la Florida 46 a 42%. Para los demócratas, la carrera política de Donald Trump está acabada. Pero su base electoral lo sitúa junto a Washington, Lincoln, Jefferson, Reagan, Ted y Franklin D. Roosevelt, como uno de los near great presidents en la historia de EEUU. No faltan historiadores como Max Boot que lo relegan a la zaga con James Buchanan, Franklin Pierce y Warren Harding.

Si analizamos los resultados electorales de presidentes que fueron a reelegirse en tiempos de crisis: James Madison la obtuvo en 1812 en medio de la guerra; Martin Van Buren perdió en 1840, resultado de la depresión económica; Abraham Lincoln venció en sus segundas elecciones de 1864 estando en plena Guerra Civil; Herbert Hoover perdió en 1932 impactado por la Gran Depresión frente a Franklin Delano Roosevelt, ganador, sucesivamente, en 1932, 1936, 1940 y 1944; James Carter fue derrotado por Ronald Reagan en 1980, entre otros factores, por la lenta recuperación económica de los años 70.

Las elecciones de 2020 serán históricas, en medio de los sucesos que se atraviesan. Quizás, parecerán más cercanas a la old politics del siglo XIX que a la new politics, inaugurada por Mark Hanna en 1896 y encumbrada por el marketing político de la era Eisenhower. Serán las primeras convenciones virtuales de la era digital huérfanas de besos, abrazos y fuertes apretones de manos. En ellas Trump tiene fe en que el voto de confianza de sus electores lo mantendrá al frente de la Casa Blanca, mientras Biden pudiera beneficiarse de los efectos devastadores del COVID-19.

El reto de ambos es conquistar la voluntad de los hombres. Un enigma que intenta encontrar respuesta desde las monumentales obras de Aristóteles –Retórica–, Quinto Tulio Cicerón –Breviario de campaña electoral– y los escritos de Quintiliano hasta la actualidad.

A solo seis meses de las elecciones 2020 estoy convencido de que si Michelle Obama se une a la fórmula presidencial de Joe Biden la dinamizaría, sobre todo, por la imagen de una mujer empoderada, de experiencia política, coparticipe de la estrategia para subvertir la crisis económica del 2008.

Vivimos tiempos en los que, si me pidieran establecer una analogía histórica, urge imponer el espíritu de unidad nacional que primó tras la Guerra de 1812, definido por Benjamin Russell desde el Boston Federalista (1817) como Era de los buenos sentimientos.

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