domingo 27  de  septiembre 2026
Opinión

«Mucho camisón pa' Petra»: Crónica de una comitiva en Nueva York

El espectáculo lamentable de cómo la llamada cancillería y sus «fundas de máquina de escribir Olivetti» han manejado la visita de la presidenta encargada a Nueva York, en el marco de la ONU, es un manual perfecto de todo lo que jamás debe hacer la comitiva de un mandatario

Por Leocenis García. Publicado originalmente en El Nacional

«Aquí viene una revolución», dijo antes de que apareciera. «Aquí viene un golpe», antes de que lo dieran. Se le atravesó varias veces a Chávez en un carro para darle unos apuntes; ahí lo conoce y luego la envían con una delegación de lo que llamaron «víctimas del golpe» a Washington. Trabajó en contrainteligencia —así como leen—, encargada por Roy Chaderton y enlazada con Otaiza, jefe del espionaje político.

«No vamos a resistir este cerco económico», le definió a Nicolás. «Y hay que hacer una reforma».

Todo se cumplió.

¿Cuál fue el error más grave de esta mujer desde el 3 de enero? Podría decir que el error fue de puesta en escena, y de quienes debían articular esa escena.

Hace algún tiempo me dijo Steven Camargo, quien me ayuda en asuntos internacionales:

—Vamos a buscar una reunión con María Elvira Salazar.

Le dije:

—No.

—Pero es que ella está manejando la agenda —insistió.

Le dije que no. Y volví a las mismas razones por las que nunca, en mis periplos en Washington, busqué una reunión con Rubio.

Ellos en Washington no son un poder, son un cargo. Son detalles de la política real que uno va aprendiendo con los años. En la vida pública hay que tener el sentido común de saber adónde ir y adónde no ir.

El espectáculo lamentable de cómo la llamada cancillería y sus «fundas de máquina de escribir Olivetti» han manejado la visita de la presidenta encargada a Nueva York, en el marco de la ONU, es un manual perfecto de todo lo que jamás debe hacer la comitiva de un mandatario.

Hay un libro que a mí me gusta, se llama Las 48 leyes del poder. Una de sus leyes dice: «Nunca le haga sombra a su jefe, no vaya a ser que busque cambiarlo» y «nunca traiga malas noticias, no vaya a ser que al verlo lo relacionen con la tragedia».

Un día me dijo mi amigo, el empresario estadounidense Harry Sanger: «Hay gente que por hablar español cree que entiende a Venezuela», refiriéndose a algunos conciudadanos suyos. Y vale lo mismo para quienes creen que hablar inglés los hace entender a Washington. Y digo Washington y no Nueva York, porque con lo que estaban lidiando era con la política y la lógica comunicacional de Washington en medio de la ONU. La ONU, para el Gobierno de Venezuela, era un accesorio.

¡Qué papelón!

Y ahí empezó el desastre. La presidenta interina se baja de un carro —una camioneta nada pensada, casi de Uber— y nadie la espera al bajar; camina en solitario mientras la prensa la llama por su nombre a secas, de forma hostil. Entra al edificio de la ONU, donde quienes debieron esperarla en la escalinata del carro la aguardaban adentro, dejando que la interina cruzara en solitario el muro acusatorio, dando la impresión de desorden y vendiendo todo menos poder.

Luego, lo peor estaba por llegar: se arregla un saludo con el jefe del gobierno español, y se nota que la presidenta ha recibido un mensaje de «todo está listo», porque lleva el teléfono en la mano y atraviesa el salón para ir al encuentro. Pero al llegar, nada está listo; el señor está sentado hablando por teléfono. La presidenta, una vez más, tiene que hacer lo que deberían hacer sus «fundas de máquina de escribir Olivetti» (inútiles, puestas ahí solo para hacer bulto): se echa para atrás. Y quien fungió de recadero solo fue corriendo, pero no informó bien; ahora miraba la escena paralizado, con un gesto de absoluto desconcierto... ¡Qué papelón!

Sánchez saludó y se sentó inmediatamente. Nadie del equipo tuvo el criterio ni el reflejo de manejar la escena para evitar que a quien deben lealtad quedara expuesta en semejante bochorno.

Y así transcurrió todo. Quienes deben servir a la majestad del Estado venezolano no llegan ni a bufones de corte, convirtiendo la visita de la presidenta en la de una suerte de alcaldesa que va acompañada de dos jefes de asuntos municipales por los pasillos de la ONU.

Y ya todo está hecho añicos. Solo quedaba el discurso, pero ya el daño estaba hecho. Antes fue la foto con Trump, donde el joven asesor se tomó una foto aparte con quien realmente admira, el presidente de EEUU, supongo que previa venia de su jefa, la Dra. Delcy Rodríguez.

Y luego, la foto pública.

El poder es el poder; y en la alta política no solo hay que serlo, sino parecerlo.

Durante el discurso de la jefa del Estado, a quien la cancillería vendió como una alcaldesa, el rostro de sus acompañantes era un poema.

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